2021: Reflexiones apuradas sobre el tiempo que vuela

Escribe: Germán Giacchero

Miro el reloj y hace horas celebramos el año nuevo. Otro más y van. “El tiempo vuela”, se ha convertido en la frase nuestra de cada día.

Insobornable y perpetuo, el tiempo resiste los embates de los liftings que prometen la eterna juventud y las tentaciones de apresarlo para siempre en las hojas de un almanaque o en las agujas de un reloj.

Desde sus albores, la humanidad creó los más diversos métodos para controlar el tiempo, para domesticarlo, para hacerlo suyo. Aunque en cierta forma el tiempo es una invención humana, el hombre no lo puede manejar a su antojo.

Y, en forma paradójica, a pesar de ser un permanente devenir, para el ser humano, el tiempo es un recurso no renovable.

La máxima “el tiempo es oro” expresa con acierto capitalista el costo en el mercado de cada minuto de nuestras vidas.

Resulta ser tan buen negocio que hasta nos permiten llevarlo atado en nuestras muñecas, desparramarlo en una mesita de luz y colgarlo en las paredes de nuestros hogares. Y, desde hace unos años también nos controla desde la pantalla del celular. Pero el problema es de nosotros, no del tiempo.

Yo tengo el poder

El tiempo tiene, quizás, dos dimensiones: una objetiva, que lo hace inasible, inabordable, eterno; la otra, más subjetiva, más personal, ligada a la cotidianidad de cada uno. Por eso el tiempo vuela y no representa lo mismo para un enfermo terminal, para un atleta que rompe récords, para el novio que en su espera desespera o para el niño explotado que trabaja de sol a sol.

Poder dominar el tiempo es el deseo de los hombres poderosos que anhelan acumular más poder. La máquina del tiempo es así la expresión superlativa de los vanos intentos humanos para someterlo.

Hoy, son los norteamericanos quienes rigen los destinos del globo terrestre con su propia “máquina del tiempo”: el reloj atómico de Washington, en el que se basa el resto de los relojes del planeta. Pero el poder también tiene grietas: ese prodigio tecnológico marcó 19.100 (luego de 1999) en vez de 2000, cuando comenzó ese año bisagra.

Pero antes, fueron otros. El imperio romano impuso de la mano de Julio César su propio calendario a los pueblos sometidos, hasta que con la expansión del cristianismo el Vaticano creó el calendario gregoriano para demostrar su poderío. Inglaterra y sus colonias vivieron durante casi dos siglos diez días adelantados que el resto de Europa. Como estos, sobran lo ejemplos.

Capricho universal

Que el año nuevo se celebre cada 1 de enero, ¿es un capricho humano? Sí. Porque amén de las disputas desatadas en torno a la verdadera fecha de nacimiento de Cristo (se dice que en verdad nació 4 años antes de Cristo), como en tantos otros temas, la humanidad no se ha puesto de acuerdo.

Para las culturas no cristianas, el 2021 ya fue o todavía no llegó.

La mayor parte de los aborígenes sudamericanos celebran el año nuevo entre el 21 y 24 de junio; los judíos viven en el 5781; los musulmanes andan por el 1442 y los budistas en el 2562. Para el gran ciclo de los mayas sería el año 5134, y los chinos con el calendario en la mano buscan, tal vez, crear consenso para su año del buey.

Quizás tenga razón la frase que celebra al atributo de volar que nosotros, pequeños y perecederos mortales, repetimos como el tic tac incansable de un reloj. Quizás sea verdad.

Pero a mí se me termina el tiempo y esta nota se termina acá.

P.D.: De todas formas, ¡Feliz año Nuevo!

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