A 25 años del crimen de José Luis Cabezas

Cabezas fue había conseguido tomar una fotografía del empresario Alfredo Yabrán.  Fue asesinado con dos disparos en un crimen que sacudió a la sociedad y al mundo político.  

Se cumplen 25 años del crimen de José Luis Cabezas. El fotógrafo de la revista Noticias fue asesinado de dos disparos y su cuerpo calcinado dentro del auto que utilizaban para cubrir la temporada en Pinamar. Fue el crimen político y el mensaje mafioso más siniestro que se recuerde desde el regreso de la democracia. El entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, consideró que le habían “tirado un muerto” en plena pelea por la sucesión con el presidente Carlos Menem. Una trama a la que se sumaban intereses económicos que tenían como protagonista al empresario Alfredo Yabrán. La justicia, la verdad y la memoria fueron un permanente reclamo en estos 25 años aunque no siempre se dieron en el mismo momento.

Cómo fue el asesinato

Después de tres años de investigación, con todo tipo de maniobras tendientes a evitar que se pudiera llegar a la verdad, la Justicia llegaría con la sentencias del Tribunal de Dolores que condenó a cadena perpetua a los instigadores y autores materiales del crimen de Cabezas. En el juicio se pudo dictaminar que en la madrugada de aquel 25 de enero de 1997 José Luis Cabezas estaban cubriendo la fiesta de cumpleaños del empresario Oscar Andreani. Fuera, los asesinos merodeaban la zona y decidieron irse cuando fueron observados por unas vecinas. Ellas dieron avisó a los custodios de Andreani que llamaron a la comisaría de Pinamar para denunciar los movimientos sospechosos pero ningún patrullero se acercó a esa exclusiva zona de Pinamar Norte. A las 4, Michi decidió irse porque al día siguiente era su cumpleaños y unos amigos iban a visitarlo. Casi una hora después, Cabezas dejó el festejo de Andreani y se fue en el Ford Fiesta. En minutos llegó a su casa, ubicada en Rivadavia 1256. 

“Ahí está. Métanle caño y tráiganmelo”, ordenó el policía Gustavo Prellezo. Braga y González lo golpearon y lo subieron al auto de NoticiasBraga manejaba y González lo apuntaba con el arma. En el Fiat Uno, conducido por Prellezo, iban también los otros dos horneros, José Luis Auge y Miguel Retana. Mientras comenzaban a asomar los primeros rayos del sol, la caravana de dos autos tomaba por la ruta 11 hacia la ciudad de Buenos Aires. A los ocho kilómetros doblaron de golpe por un camino de tierra. Es un camino interminable de cinco kilómetros. Y ahí nomás estacionaron a un costado de la cava. Prellezo introdujo el auto de Noticias dentro de la cava. Hizo colocar a Cabezas, que había conseguido sacarle una foto a Yabrán, de rodillas en tierra al lado del asiento del acompañante. Ahí sonó el primer disparo. De inmediato, el segundo. Como una muestra de la premeditación del crimen, el policía Prellezo fue hasta su auto y tomó unos bidones con combustible y le ordenó a Braga que bajara. Con su arma le ordenó a Braga que rociara el auto con el combustible. En segundos, el fuego se apoderó del auto.

La responsabilidad de Alfredo Yabrán 

Conocer esta verdad llevó tres años de trabajo. Terminada la investigación se comprobó que Yabrán le dijo a su jefe de seguridad, Gregorio Ríos, que quería tener un verano tranquilo, sin periodistas ni fotógrafos molestos. También que el empresario se había reunido en diciembre con el policía con el mismo pedido. Se supo que Ríos contrató a Prellezo para sacarse de encima al equipo periodístico de Noticias con la complicidad de sus colegas uniformados Aníbal Luna (que marcó a los periodistas) y Sergio Cammarata (que ofreció la logística para ocultarlos en la costa). El comisario de Pinamar, Alberto “la Liebre” Gómez, liberó la zona. Prellezo contrató a Los Horneros para hacer el trabajo sucio.

 Para mayo de 1998, las pruebas que incriminaban a Yabrán como autor intelectual eran cada vez más evidentes. Cuando el juzgado ordenó su detención, se escapó. A los pocos días, cercado por la policía, se mató. Un escopetazo dentro de su boca estalló su cráneo (su rostro estaba casi intacto) y terminó con uno de los hombres más poderosos de esa Argentina de la corrupción y la impunidad. Aunque parecía inverosímil los estudios forenses y los testigos fueron concluyentes. Era Yabrán. Muerto el acusado se extinguió la causa en su contra. Porque a la Justicia no le interesa llegar a la verdad sino tan solo a la posibilidad de la condena. Y sin vida no hay condena. Pero tampoco verdad. Para su muerte, el sistema Excalibur había descubierto 122 llamadas entre Yabrán y su entorno con celulares de la SIDE que figuraban a nombre de Hugo Anzorreguy, el titular del organismo. También se encontraron llamadas entrantes y salientes con la Quinta de Olivos. Todas ellas en momentos claves de la causa Cabezas.

Con el suicidio y la posterior condena del resto de los imputados, todo parecía terminado. Pero cuando la mayoría de la sociedad bajó los brazos, llegó lo peor. Su familia, sus amigos y compañeros y sus abogados fueron los que dieron la voz de alarma. El 13 de noviembre de 2003, la Sala I de la Cámara de Casación bonaerense decidió recategorizar la figura del delito por el que se condenó a los asesinos de Cabezas y pasaron de “sustracción de persona agravada por la muerte de la víctima, en concurso ideal con homicidio simple con dolo eventual” a “privación ilegal con violencia en concurso real con homicidio”. En los dos casos se hablaba de un secuestro y un asesinato. Pero estos cambios de palabras redujeron las condenas de los imputados a entre 18 y 27 años de cárcel, algo muy diferente a una cadena perpetua. Sólo Prellezo quedó afuera de este beneficio porque sus abogados hicieron tarde la presentación. La verdad seguía ahí en el expediente pero la Justicia se escurría entre palabras difíciles de entender y compromisos políticos ocultos. Y de a poco los culpables, los asesinos, iban recuperando la libertad.

La herencia de Yabrán sigue viva como siempre. Entre empresas que quedaron en poder de su mujer y sus hijos y una cadena de testaferros y abogados comandados por quien fuera la mano derecha de don Alfredo, Héctor Colella. Mientras, Norma y José, los padres de José Luis, dejaron su vida buscando Justicia. Cristina, su viuda, y Candela, su pequeña hija, tuvieron que irse del país para emprender una nueva vida. En esas asimetrías la memoria, la verdad y la Justicia no siempre van de la mano. Pero es nuestra obligación tratar de mantenerlas unidas. 

Fuente: Página 12

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