Una locura: amenazas, escraches y exabruptos en tiempos de pandemia

Gran parte de esta nota fue escrita poco después de desatada la pandemia e implementada la cuarentena. Cuando este portal de noticias era apenas un proyecto. Pero tiene plena vigencia. Es como si no hubiera pasado nada en estos cuatro meses. Como si no hubiésemos aprendido nada. Todo sigue igual. O peor.

Escribe: Germán Giacchero

Amenazas de muerte de vecinos contra otros vecinos. Insultos y acusaciones infundadas contra profesionales de la salud.

Disparatados pedidos para que médicos, enfermeros y farmacéuticos se busquen otro lugar para vivir.

Denuncias al borde de la injuria y la falta de humanidad contra supuestos infectados, como alguna vez fue contra los “sidosos”, o contra quienes simplemente salen de sus casas en tiempos de cuarentena.

Estigmatización de los enfermos por coronavirus. Discriminación a trabajadores de la salud. Incendio del auto de una médica. Asesinato de los perros de una enfermera.

Acusaciones infundadas y falsas contra comerciantes, trabajadores y vecinos comunes por el delito de moda: ser un caso positivo de la enfermedad que le pasó el trapo a todas las demás esta temporada invernal.

Ya no se habla de gripes, cáncer y demás patologías crónicas. Y si se habla de algunas, como la neumonía, es porque está directamente relacionada con las consecuencias del coronavirus en sangre.

No falta mucho para que la paranoia, el pánico y la crueldad humana estimulados por la pandemia, se cobre otra víctima más. Y no precisamente por obra y gracia del célebre virus. Del exabrupto al linchamiento hay un solo paso.

De los exabruptos verbales cara a cara o mediante carteles anónimos en ascensores, edificios y viviendas, se pasó a los atentados contra la propiedad. ¿Cuánto falta para que los exabruptos, cada vez más naturalizados y aceptados en nuestra sociedad, nos lleven a lamentar una golpiza o una muerte sin sentido? Si no condenamos los exabruptos de toda clase, faltará poco y nada.

Aunque esté dicho en voz baja, o escrito en un pedazo de papel, o voceado en un mensaje anónimo y cobarde, el exabrupto grita. Y los últimos gritos de la moda son los carteles, amenazas, escraches, audios, videos y atentados físicos y contra la propiedad relacionados con la pandemia.

También lo son los exabruptos patronales. Los que llegan en formato de despido en una época donde está prohibido hacerlo. O que podrían estar vinculados con intereses políticos y económicos. O por el motivo que sea.

Problema de todos

Esta peligrosa tendencia viene desde hace rato, la pedagogía del exabrupto hace escuela. Pero es la peor enseñanza que podemos tomar para construir ciudadanía, participación y una sociedad menos violenta.

El lenguaje grosero, la guarangada discursiva, el ataque verbal sin sentido se han transformado en hábitos comunes entre nuestra clase dirigente. Pero también ha hecho metástasis en hogares, calles y colegios.

Pero, con la pedagogía del exabrupto, de la violencia simbólica y concreta, del mal ejemplo, no vamos a aprender nada. Nadie puede justificar un exabrupto, haya argumentos más válidos o no para sostenerlo.

Ni siquiera se puede pensar que es un camino alentador para construir mejor ciudadanía y mayor institucionalidad en un país donde la calidad de sus actos ciudadanos y la fortaleza de sus instituciones no siempre se han caracterizado por su solidez.

Aceptar cualquier exabrupto, que la agresión verbal se convierta en una cuestión de rutina, es el primer paso para admitir mayores niveles de violencia que quedarán enquistados en nuestra vida cotidiana.

De ahí al linchamiento, al atentado contra la vida humana, no habrá más que un solo paso.

Y estamos muy cerca de darlo.

Foto: Página 12

          

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