Argentina, ese pobre país rico: las estadísticas que duelen

Escribe: Germán Giacchero

Del grosero error de no saber cuánta pobreza había en el país porque el gobierno de turno no la medía, con todas las consecuencias negativas en materia de políticas de estado para combatirla, pasamos a la promesa trasnochada de la “pobreza cero”.

De la falsa ilusión macrista que derivó en un incremento notable de pobres e indigentes, a este presente de 42% promedio de pobreza en el país, con indicadores aún más negativos entre niños y adolescentes (casi el 58%), pasó solo un año.

La pandemia aceleró el proceso de empobrecimiento, pero también debe buscarse la responsabilidad en la gestión que se realizó de esta peste universal.

Las ayudas, el asistencialismo, los beneficios momentáneos para personas y empresas no alcanzan para contener un fenómeno socioeconómico y cultural complejo, que responde a múltiples causas. Los resultados están a la vista.

Los defensores a ultranza de las políticas del kirchnerismo sostienen que el escenario social podría haber sido peor sin la presencia del estado. Por supuesto que sí. Pero, evidentemente, no alcanza, no es suficiente paliativo, no basta.

No podemos conformarnos con que las banderas de la justicia social resolverán todo por sí solas. Como no bastaba una tibia promesa electoral de llevar a cero una pobreza que se acrecentó con políticas planificadas como maquinarias para crear nuevos pobres.

Debe haber algo más que políticas efímeras y acciones aisladas para no seguir creando nuevos pobres y con la finalidad de dar batalla a la pobreza estructural. Esa que abraza a los pobres de siempre, los que ni con algún socorro monetario o alimentario estatal pueden dejar de saborear el trago amargo de la miseria.

Entre los recién nacidos y los jóvenes de hasta 14 años, el Índice de Pobreza alcanza al 57,7%.

Datos que duelen

Casi la mitad de la población se encuentra debajo de la línea de pobreza. Una proporción, 42%, que recuerda épocas de quimeras de déficit cero y muchos más déficits estomacales, luego de la crisis de 2001.

El segundo semestre de 2020 cerró, según el Indec, con 42% de pobreza, 6,5 puntos porcentuales por encima del 35,5% de igual período de 2019. De ese porcentaje, el 10,5% vive en la indigencia, que aumentó 2,5 puntos en relación a un año atrás.

En términos concretos, estas proporciones representan que 19,2 millones de personas se encuentran en situación de pobreza, y entre ellos 4,5 millones son indigentes. No les alcanza ni para la comida.

Las cifras son más fuleras entre niños y jóvenes. Entre los recién nacidos y los jóvenes de hasta 14 años, el Índice de Pobreza alcanza al 57,7%, y representa el 49,2% entre quienes tienen entre 15 y 29 años.

Los datos más recientes de pobreza e indigencia, según el Indec.

En Villa María aún no están disponibles los datos de la segunda mitad del año pasado. Pero, en los primeros seis meses de 2020 la pobreza alcanzó en territorio villamariense al 30,7% de las personas, mientras que la indigencia fue de 3,6%.

Pero, claro, la pobreza no pega de manera uniforme en los distintos sectores de la ciudad.

Mediciones anteriores del Centro Estadístico Municipal revelan que, al menos en cuatro barrios, la pobreza y la indigencia llegaban a duplicarse y a triplicarse en algunos casos, en relación con el promedio general.

Paradojas y contradicciones

Argentina es un país infectado de paradojas, fagocitado por contradicciones y plagado de dualidades.

Destila opulencia desde su mismo nombre, que significa plata, pero su historia está marcada por la escasez.

Es el reino de la abundancia y de las riquezas que desvelaron a conquistadores e inmigrantes europeos por igual, pero su destino parece trazado por la ausencia, la carencia y la necesidad.

En el “granero del mundo” que podría alimentar a buena parte de la población mundial, hay chicos que se mueren de hambre.

Argentina ocupa posiciones de privilegio como productor de semillas y sus praderas, cada vez más concentradas en menos manos, figuran entre las más fértiles del globo.

Pero los millones de hectáreas de soja sembradas no pueden saciar el hambre de su gente.

Se encuentra entre las naciones líderes como productor mundial de carnes y cuenta con millones de cabezas de ganado, pero la carne es casi inaccesible para bolsillos insolventes.

Genera miles de toneladas de lana cada año, pero abrigarse en invierno insume todo un presupuesto.

Sobran las contradicciones entre el país que quiso ser y el que es en realidad, la oposición entre su abundancia y escasez, su anhelo primermundista y su realidad de callejón.

Singularidades de un país que se creía condenado al éxito, que como Narciso terminó enamorado de su propia imagen falsa y que, debilitado de tanto espejismo, terminó dándose de lleno contra la implacable realidad.

Una realidad que, por fortuna, aún nos da márgenes para poderla cambiar.

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