Becho (y su violín), Zitarroza y Sterling…

Ballesteros y sus viernes

No sé por qué estas fechas suelen pegarme distinto en esta necesidad de recuerdos aferrados a la nostalgia.  Posiblemente se me dispararon las remembranzas porque en la radio sonaba en la voz de Alfredo Zitarroza, el conmovedor tema de “El violín de Becho”, quizás porque el tiempo rasguña el cuero desde adentro, o porque siempre existe una necesidad de añoranza sobre un tiempo que ya no volverá… Magnífico tiempo, visceral e irreversible.

Como en la película de Cinema Paradiso me fueron apareciendo en fetas las imágenes de una época de filosofar con aires de gratuidad entre vinos, fernets espumosos de coca helada, cervezas y costillares que se tostaban bajos los influjos de las milongas que rasgaba el querido Mario Nicosia o tangos que se amuchaban en las teclas del bandoneón de Leonelo Bertello. O voces de musiqueros y cantores que iban llegando. Desfilaban los comensales y potenciales intérpretes. Era viernes a la noche… cita con el desenfado.

Durante casi 20 años, con un entrañable amigo, Aldo Straini, luego se sumó su hijo Fabio… el doctor ahora, teníamos en Ballesteros una convocatoria impostergable e imprescindible, cuasi religiosa de santos huidos, para navegar el océano de la música, de los sueños. Generalmente el encuentro era en el Club Gimnasia y Tiro… allí estarían el Cocoma Mac Corma, el Negro Jorge Gallo; Rolando Bustos -recitador-; Saúl López, Cocho Latino; Julio Messana; Carlos Latino; Julio Quevedo; El gordo Zinna, Cacho Giordano (el de las asombrosas vivencias en la selva amazónica del Perú, o las anécdotas sin fronteras, de entre rejas, junto a los de Sendero Luminoso); Rosendo Ceballos. Nelso Cesare, Capicúa; El flaco Davicco. Mamerto Penarrieta, alias Peña, Gustavo -el sapo- Re, en ocasiones el Negro Rubén Juárez sin su blanco bandoneón.  Seguramente me estoy olvidando de algunos nombres. (Pido disculpas)

En ocasiones, cuando el calor pintaba perezoso para retirarse a la noche, sabíamos que el edicto sentenciaba nos encontraríamos en el río, pegado al puente, allí pegado a las aguas del Ctalamochita, se encontraba la quinta del Cachi Bauk. Hombre de los afectos colectivos.

Sterling, el uruguayo  

Fue en ese lugar donde lo descubrí. Ya me habían hablado mucho y bien de este “charrúa”, que llegó a estos pagos convocados por la familia Daneo para laburar en la enorme estancia que tenían. Hombre bajito, pelo oscuro, de escasa carne y piel fritada de soles y tintos. Su color era borravino. Se había teñido por dentro.  Técnico en inseminación artificial.  Por estos pagos, esa materia de especialización recién comenzaba a conocerse. Acostumbrado a dormir a la intemperie ningún rocío lo humedecía. Apenas unos mordiscos ya lo llenaban. No así con el líquido espinal que brota de la uva.

Marito (Nicosia), ciego desde los 12 años, se prendía en largas charlas donde el combustible etílico se compartía como un rictus de amistad intemporal, pero lo iba mezclando con un repertorio interminable de temas. Muchos de su autoría.

Unos rasguidos del guitarrero y apareció, infaltablemente, “El violín de Becho”, quizás uno de las versiones emblemáticas del talentoso Zitarroza. Hizo un alto dialéctico el inseminador y apuntó el oído hacia las cuerdas como para no perder detalles. Allí también habitaba la evocación.

El apellido del coterráneo del cantor era Sterling. La pronunciación pasaba por “Estirlin”. Daba lo mismo, sabíamos a quienes nos referíamos. Luego supe que era hijo de un general renombrado en aquel país. Vino para Argentina casi huyendo de una realidad de la que nunca hablaba. ¿Acercamiento a los Tupas?  Escuchó con atención y habló de Becho. Lo conocía de largas noches compartidas en fondas de mala muerte, en tabernas de pisos de madera y mujeres que espantaban la soledad. Habitúes de madrugadas y soles escondidos… Se pasó los dedos por la boca como para secar los labios y describió: “Gran tipo Becho, Eizemndi de apellido. Hijo de un peluquero y una maestra.  De pibe nomás mostró el talento para la música. Ya adolescente viajaba a Treinta y Tres con el fin de perfeccionarse en violín. Al recibirse sus padres decidieron radicarse en Montevideo, donde comenzó a estudiar Derecho. Pichón todavía (17 años), cuando dio su primer concierto. A los 21 lo llaman para integrar la orquesta sinfónica de SODRE. Para todos era simplemente Becho…” y agregó detalles, como su apetencia por las bellas damas o sus viajes al exterior:  Hamburgo; París; Múnich, La Habana… solicitado por sinfónicas de todo el mundo: Maracaibo… Describía la historia del violinista casi con devoción. “Se casó con una colega, que tocaba el oboe, Ana Corti.  Carlos Julio “Becho” Eizmendi, fallece joven, a los 53 años en Montevideo.

Zitarroza tenía profunda admiración por él. Ocurre que Becho, apenas terminaba las presentaciones en los teatros más bacanales, siempre tenía un amigo con quien salir a “recorrer” los tugurios de vinos económicos y mortecinas luces para hacer sonar su caja de madera con clavijas sonorizadas. De allí nace el tema de “El violín de Becho” … 

Pasó el tiempo y supe que Sterling, ese morocho uruguayo de piel borravino, había fallecido… Muchos de aquellos compañeros de los viernes que tanto nos enseñaron,  ya no están… Recordar a Becho es encontrarme con el inseminador  y sus memorándums  llenos de vivencias… Es regresar hacia esos repertorios de música y voces sin tiempo, es saber que esos viernes ya nunca más volverán; que Marito Nicosía también se fue …  Por allí presiento que Becho, Zitarroza y Sterling deambularán desnudos de materia, para que la reminiscencia nunca deje de visitarnos…

Porque a Becho le duelen violines
Que son como su amor chiquilines
Becho quiere un violín que sea hombre
Que al dolor y al amor no los nombre
Becho tiene un violín que no ama
Pero siente que el violín lo llama
Por las noches como arrepentido
Vuelve a amar ese triste sonido

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