[Bitácora de Viaje] El camino del vino cordobés: Finca “Las Corzuelas”

En esta sección exploraremos juntos el camino del vino en la provincia de Córdoba de la mano de Kristela y Franco.

Escribe: Kristela Wielikosielek

Si hablamos de vino, nos vienen a la mente provincias como Mendoza, San Juan y La Rioja. Sin embargo, recorriendo nuestra Córdoba, descubrimos que existe otro “camino del vino”, uno que se revela entre espinillos y valles, y que es coronado por los cerros cordobeses.

En la localidad de La Cumbre llegamos a la Finca “Las Corzuelas” atendida por su propietario, el Sr. Carlos Montoto, quien nos recibe amablemente y nos cuenta con simplicidad los procesos desde la vendimia en marzo hasta el envasado del vino que realiza artesanalmente.

Carlos, es Ingeniero Químico ya retirado, y nos relata su paso por diferentes fábricas del país, Nogoyá, Córdoba, Mendoza, San Juan e incluso en el exterior, hasta su llegada a La Cumbre y la puesta en marcha de la finca en el espacio que correspondía antaño al garaje de la casa de su padre, el cual acondicionó con 3 tanques para fermentación y guarda de vino, una prensa francesa y una despalilladora.

Las corzuelas

El bien preciado inicia su cultivo en un viñedo ubicado en las cercanías de Charbonier, al nordeste de la provincia de Córdoba, rodeado por una belleza natural inigualable, y su productor menciona que tiene como norma indiscutible no emplear agroquímicos ni venenos para las plagas por lo que el vino obtenido es totalmente orgánico.

“¿Y cuáles son los insectos que afectan a las vides?”, le pregunto.

“Están las hormigas, e incluso aves como las loritas. A las primeras las controlamos con veneno para hormigas que se coloca solo en la tierra, es el único químico que usamos para el control de plagas, a las otras con la utilización de las mallas antigranizo, pero en el caso de las corzuelas he renegado bastante”.

Una corzuela y las vides de la bodega cordobesa.

En mi ignorancia le pregunto: “¿Qué es una corzuela?”.

“Es una especie de cabrita de monte. En los comienzos tuve muchas pérdidas de vides, no sabía cómo espantarlas”. “¿Y cómo lo solucionó?”. “Con pelo humano”.

Ante nuestra sorpresa nos aclara: “un ingeniero agrónomo me dio la solución, así que cada tanto voy al peluquero y le pido un poco de cabello, después pongo un poco en cada vid, las corzuelas sienten el olor a humano y no se acercan”.

Ingeniosa solución debemos reconocer.

Un estilo de vida

La conversación continúa ahora en el quincho de la vivienda, donde la temperatura es más cálida que en el sector de tanques. Nos ofrece tomar asiento y nos propone degustar el producto terminado, un bivarietal merlot-cabernet sauvignon y un malbec cosecha 2021.

En esta sencilla ceremonia, resultado final de mucha dedicación, Carlos nos revela sin rodeos la clave para conservar la salud mental y física: “La mayoría de mis amigos cuando se jubilaron dejaron de hacer cosas, de trabajar, y hoy, de ese grupo de diez, solo quedamos dos. Yo tengo este hobbie, me hace bien y me gusta. También hago travesías, viajo. Cosas que me mantienen ocupado”.

Carlos ha hecho de un pasatiempo un estilo de vida.

Luego, nos acompaña hacia la entrada y allí, bajo el calor del sol serrano charlamos sobre los cactus que adornan su jardín delantero, generosamente nos ofrece llevarnos unos gajos que acomoda en una caja de cartón, estrecha nuestras manos y nos despedimos agradeciendo el recorrido brindado.

De esta experiencia nos llevamos aprendizajes invaluables y la confirmación de que, en medio de las dificultades, la voluntad de salir adelante y de trabajar para perseguir un sueño es el motor de quien emprende un hobbie que se convertirá en un estilo de vida.

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