Crónica de un celíaco: una odisea para salir a comer afuera

Un día te enterás de que todos tus problemas de salud tienen origen en una enfermedad autoinmune que no tiene cura, sino una estricta dieta sin gluten para toda tu vida. Los síntomas son muchísimos, pero el diagnóstico es el mismo: sos celíaco.

Escribe: Luciana Piva

Entonces comienzan los comentarios: “pero ahora viene de todo para ‘ustedes’”, “comé tranquilo que esto no tiene harina”, “probá un poquito, qué te va a hacer”, “si no sos ‘muy celíaco’ podés comerlo”… por citar algunos ejemplos, que evidencian otro aspecto de la inclusión que la sociedad dejó en el olvido.

Y la realidad es que un celíaco necesita su propia vajilla e instrumentos de cocina. No puede aceptar un mate en una ronda de amigos compartiendo bizcochitos. Ni comer unas papas, que no son harina, pero que deben estar fritas en aceite sin TACC, en una olla que no se utilice para freír milanesas o empanadas, la sal también debe ser apta, en ese sector de la mesa no puede haber gluten porque si cae una miga en el vaso o alguien utiliza su cuchillo para cortar un pan… le complica el día y muchos otros cuidados de lo que llamamos contaminación.

El gluten es una lipoproteína presente en el trigo, la avena, la cebada y el centeno (TACC) que, en una persona con la enfermedad celíaca, genera una intolerancia muy agresiva y un daño severo del intestino, que no logra absorber los nutrientes de los alimentos y deriva en anemias, lesiones, entre otras consecuencias.

La mitad de mi familia es celíaca. Somos 4. Mi hijo mayor y yo tenemos la enfermedad. En casa se cocina todo casero y libre de gluten, para evitar problemas. Pero un día trabajás como loco, se te hace tarde, tenés un evento y te desocupás cerca de las 22.00. Decís: vamos a salir a comer algo. Y suena tan fácil… pero, no.

Hay un restaurante muy bueno, pero tenés que avisar con anticipación que vas a ir a comer allí y que requerís del menú especial. No tenés tiempo para eso, esta es una salida espontánea.

Hay otro lugar que asegura tener menú sin TACC, pero me animé a ir 2 veces y terminé descompuesta. Descartado.

Vamos a un restobar, sabiendo que ahí tienen comidas sin TACC embolsadas herméticamente para recalentar en el microondas. No es rico, pero es una opción para salir. Llegás al lugar y justamente se les terminaron las bolsitas. Te sentís sumamente incómodo. Tenés hambre. Te vas y tu familia que sí puede comer lo que sea, te acompaña.

Nos dirigimos a la última opción, un lugar nuevo que dice tener menús aptos. Anuncias en la puerta para que te confirmen que vas a poder sentarte a comer. Te cuentan que ese día solamente les queda una de las opciones para ofrecerte. Aceptás lo que sea. Tenés cada vez más hambre y te da apuro por tu familia que te banca. Te sentás, piden para tomar y ordenan. Minutos después, el mozo se acerca: el chef manda a decir que solamente les queda una porción del menú sin TACC, que puede ofrecerles unas papas con cheddar, pero que la freidora es la misma que la de las empanadas… “no sé qué tan celíacos son”, dice. Te preguntás qué estará queriendo decirte con eso de “ser tan celíaco”, sos celíaco o no lo sos. Punto. Todos tienen hambre. Se hace tarde y ya está por salir lo que pidieron los demás. Le das prioridad a tu hijo, por supuesto, y le decís al mozo que le traiga la porción a él. Y pasás el resto de la noche con mucha hambre, la panza llena de agua, tu familia comiendo con culpa porque vos no podés y una sensación de angustia que te hace pensar “no vuelvo a salir”.

En Villa María y Villa Nueva hay una amplia oferta gastronómica, múltiples servicios para eventos y una escuela de chef. Pero soy testigo de la desinformación general sobre este asunto que no es menor en una sociedad que pretende ser inclusiva.

Los niños celíacos no pueden comer en un salón de cumpleaños y las mamás suelen optar por no llevarlos. Los adolescentes y jóvenes no pueden salir a cenar con amigos por falta de opciones. Los adultos tratamos de amoldarnos, vamos con nuestro tupper a todos lados o preferimos poner la casa. Esto provoca depresión, distanciamiento, empuja al aislamiento. Porque un adolescente no va a una juntada con su vianda, va a preferir no ir, ir y no comer o ir y comer lo mismo que los demás y aguantar las consecuencias. Ni qué decir de ir a una fiesta con tarjeta paga, en la que te encomendás a lo que sea en lo que creas para que el servicio realmente sepa los cuidados cuando te asegura que tienen comida para vos.

En la gran mayoría de los kioscos y en los supermercados cuentan con productos aptos claramente identificados. El sector gastronómico tiene una deuda con los celíacos. Es momento de incluirnos para dejar de sentirnos extraterrestres y que salir sea una opción para nosotros también.

Facebooktwitterlinkedinmail

1 comentario en “Crónica de un celíaco: una odisea para salir a comer afuera”

  1. Excelente. Una clara descripción de los avatares que debemos pasar los que tenemos esta condición. La frustración y decepción que ocurre cuando queremos formar parte de una salida o reunión. Muchas gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat