De la Sota, a dos años de su muerte: de eterno candidato a líder político

Este 15 de septiembre se cumplió dos años de la trágica muerte del líder político cordobés. En esta nota, repasamos sus tropiezas, su ascenso y la consagración.

Escribe: Germán Giacchero

Su gran sueño era ser presidente. Ya lo había tenido todo como funcionario. No le quedaba otra. Algunas batallas perdidas no le iban a quitar las ganas. De perder ya sabía demasiado. Nunca se había dejado vencer hasta lograr lo que quería. Una brusca partida le impidió cumplir su ilusión. La muerte se llevó a la eternidad a uno de los grandes líderes de la política cordobesa.

Un cuatro de copas, hasta para sus propios compañeros, que se convirtió en el as de espadas del peronismo cordobés y hegemonizó la política provincial durante los últimos 20 años. Ese fue el “Gallego” José Manuel de la Sota. Un político nato, un dirigente polifuncional, un estratega consumado y un arquitecto del poder que conoció como pocos la cara y cruz de una actividad no siempre grata, pero siempre vapuleada por propios y extraños.

Casi como pocos, conoció el paladar cáustico de la derrota electoral en tantas ocasiones que cualquier otro postulante hubiera desistido para siempre de volver a intentarlo. Pero, también como pocos, saboreó el elixir tardío de la victoria que lo llevó a liderar el peronismo en el poder durante las últimas dos décadas. En forma inversa a muchos otros funcionarios condenados al olvido o a la jubilación sin papeles, su trayectoria, lejos de opacarse con los años, acrecentó su figura política, aun retirado de las primeras planas.

Como en tiempos anteriores, el sueño presidencial era el camino a seguir. Un nuevo intento en un país sacudido y agrietado y en un peronismo convulsionado y dividido. De la Sota quería sembrar la semilla de la unidad y confiaba en su capacidad dialoguista –remarcada por amigos y adversarios tras su muerte- para encolumnar el movimiento fundado por Juan Domingo Perón. No era tarea fácil, pero nada en su vida le había costado poco.

Perdedor redimido

Referente de la “renovación peronista”, secretario de gobierno municipal de Córdoba a los 24 años, diputado y senador nacional, embajador en Brasil y tres veces gobernador de Córdoba, el “Gallego” selló con su nombre un total de 14 candidaturas entre el retorno de la democracia y su consagración como primer mandatario provincial en 1999.  Sus postulaciones a intendente y gobernador de Córdoba, como las candidaturas internas, entre ellas la de vicepresidente acompañando a Antonio Cafiero para enfrentar la fórmula Menem-Duhalde, cayeron en saco roto.

El estigma de “eterno perdedor” lo acompañó durante largos años. Gran parte del peronismo mediterráneo y el capitaneado desde el Sillón de Rivadavia le dio la espalda. Tanto, que en 1995 el elegido para encabezar la lista a la gobernación fue un invento partidario. El juez Guillermo Johnson, un desconocido incluso para el pueblo peronista, lo desplazó de la marquesina electoral. Y una vez más, el peronismo se hundió en el barro del fracaso.

“Abraham Lincoln perdió muchas elecciones antes de ser presidente de los Estados Unidos. En política nunca hay derrotas ni victorias permanentes”, fue una de sus frases lanzada alguna vez tras una nueva paliza electoral. No se daría por vencido.

Antes de ganarle la contienda a Ramón Mestre padre cuatro años después, su nombre resultaba resistido por algunos sectores. Llegaron a barajarse otros apellidos, entre ellos el de Roberto Urquía, en un escenario que parecía en principio complicado para el PJ. Pero, De la Sota ganó la pulseada y relegó a Mestre al segundo puesto. El peronismo, acompañado por otras fuerzas menores, alcanzaba la cima.

Tal como había ocurrido en otra época con su antecesor en el cargo Eduardo Angeloz, el nuevo hombre fuerte del justicialismo diseñará el esquema de poder para la monopolización política en la provincia desde los primeros años del siglo 21 hasta la actualidad. Para eso, sería decisivo el éxito de la sociedad política con el “Gringo” Juan Schiaretti, su compañero y amigo de siempre.

Schiaretti, Vigo, Nazario y Natalia De la Sota, en el velatorio del dirigente.

Las paradojas

Este abogado y docente al que se lo ubicó en temprana edad cercano al isabelismo y se lo vinculó al peronismo más oscuro, también padeció el rigor de la dictadura: permaneció detenido de manera clandestina hasta que se blanqueó su situación, según él, por gestiones del actual Papa Francisco.

A lo largo de su carrera, cosechó elogios y críticas, fue amado y odiado, desacreditado y ensalzado por su pasado o por su potencial futuro, por sus obras y decisiones, por lo que hizo o por lo que omitió hacer. Los dardos no siempre vinieron desde las trincheras adversarias; las hostilidades tuvieron como protagonistas también a figuras y grupos internos en la lucha por el poder. Algo nada extraño en el universo político en general, y en el heterogéneo movimiento peronista en particular.

Dicen que su trayecto político fue tan intenso como su vida personal. Casado en terceras nupcias con Adriana Nazario, con quien convivía en Río Cuarto, era padre de tres hijas, una de las cuales, Agustina, falleció a los 5 años de manera trágica. Fue lo peor que le pasó. “Este dolor insoportable me enseñó a distinguir lo verdaderamente importante de lo que no lo es”, escribió en su autobiografía.

A celebrar el cumpleaños de Natalia, quien había seguido sus pasos en la política, se dirigía presuroso en el atardecer del sábado 15 de septiembre de 2018. No pudo llegar. La muerte se le presentó tras un tremendo impacto en la autovía de la ruta 36. A poca distancia venía en otro vehículo su pareja, quien fue una de las primeras en ver el siniestro.

Paradojas del destino, quizás, la vida se le fue en la misma ruta que él había impulsado a construir para evitar más accidentes. Muy cerca de allí, también había fallecido Arnaldo,  su padre, en un accidente de tránsito. A los 68 años, como él.

“Los padres tienen que morirse antes que los hijos”, sostuvo en su libro. No pudo ser, una vez más.

Su mamá, Adelia Moriconi, de 98 años, lo abrazó en la Casa de Gobierno. Iba camino a la eternidad.

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