El derecho a morir…

Escribe: Miguel Andreis

No se vive una sola muerte. No existe solamente un hombre dentro del mismo hombre, sino muchos. Antonio, no era la excepción y él siempre lo supo. Le había prometido a María Esther, la “Nena” que volvería a Villa María apenas lograra estabilizar sus cosas.

No había quedado bien después de la muerte de Adela. Treinta y dos años de matrimonio y una relación que les dejó una hija. Jamás pudo entender que alguien sufriera de depresión.

¡Carajo que es jodida! Se dijo entre dientes mientras revolvía varias pastillas en la gaseosa. Sostenía en su mano el telegrama y una vieja birome.

Cuando cerraron la oleaginosa (o aceitera) en la ciudad, fue uno de los tantos que se quedaron sin trabajo. Nunca se olvidó de don Álvaro Alsogaray, que fue uno de los accionistas. Hicieron una gran estafa. Por eso tal vez sentía repulsión cada vez que en las pantallas aparecía la imagen del almirante.

No era un tipo de putear, pero a él lo puteaba. Debió salir a buscar otros rumbos. La villa no mostraba grandes perspectivas laborales. Le ofrecieron un puesto de guardiacárcel, no aceptó, ni aún bajo las presiones de Adela y sus familiares. “En ese laburo todos están presos”. No querían que se fueran. Igualmente partieron.

 De aquello pasaron más de 25 años. Aquella Córdoba de los sesenta-setenta, con su nuevo perfil industrial sumaba mano de obra que llegaba del interior. Ingresó en Kaiser, que más tarde se transformaría en IKA-Renault.

La piba, María Esther, comenzó la primaria. El nunca metía menos de diez horas diarias, sobre el torno. Se había recibido en la Escuela de Artes y Oficios – la del Trabajo-. Primero alquilaron una casita saliendo para Carlos Paz, más tarde les tocó una vivienda de un plan del Banco Hipotecario, en barrio Pilar.

Desde entonces todos los días caminaba dos cuadras hasta la plaza que está sobre  la calle Tres Arroyos. Allí a las 5.15 tomaba el colectivo. Le costó acostumbrarse a ese movimiento, en Villa María siempre se manejó en la  Zanella-Cecatto. Todo quedaba cerca.

Allá era distinto. Los horarios, el madrugar para viajar cuarenta minutos de ida y otro tanto de vuelta. Dormitando contra el vidrio como para ganarle algún tiempo al sueño ya crónico. Vinieron momentos duros. Movimientos gremiales, luchas sindicales, enfrentamientos sociales. Gente despedida. Antonio entre ellos. Tampoco le hizo caso a Adela cuando le insistía en que fuera a trabajar, “Total vos no sos delegado, qué querés, que te echen. Pensá en tu familia, en tu hija…”- le recordaba-.

Estaba convencido de que los reclamos eran justos. “De hambre no nos vamos a morir. Sé hacer cualquier cosa” -respondía. Sin embargo en su interior un miedo muy singular le iba quitando el sueño… cada vez se agigantaba más. Era consciente de que cada hombre muere más de una vez.

María Esther terminó la secundaria y siguió medicina. El sueño de todos. Iba a ser “doctora”. Para Antonio los domingos figuraban como feriados sólo en el almanaque. Pedía horas extras. No quería que a la nena le faltase nada.

No ocultó su orgullo cuando luego de mucho tiempo volvió a comprarse un traje para el acto de colación de grado, y bailó con María Esther, y no sintió vergüenza de mostrar sus manos astilladas y percudidas con grasa de años. Lloró.

Uno de los objetivos que le costó invertir gran parte de la vida ya estaba cumplido. El temor lo envolvía y de eso no podía hablar. En cada hombre hay cientos de hombres conviviendo. La nena regresó a Villa María, además de tener un buen campo en su especialidad, estaban los abuelos, los tíos y, Roberto, con quien cursaron juntos la carrera.

Antonio volvió a ponerse el mismo traje para el casamiento. El hombre fuerte volvió a llorar. La industria computarizó todas las maquinarias. Sobraba personal. Una tardecita el cartero le deja el telegrama. Le pagaron la indemnización y algo sintió que se quebraba. Estaba a punto de cumplir los 64. Dos meses después le ofrecen ser portero en una embotelladora de gaseosas. ¡Yo portero, con todo lo que sé hacer! -se replanteó en voz baja-, pero aceptó.

Se había quedado sin mutual y Adela comenzó con unos síntomas raros. Los vómitos y el dolor en la boca del estómago se sucedían achicando tiempos. ¿Era a eso que le tenía miedo? ¿Un presentimiento? Varios estudios y un diagnóstico irreversible. María Esther lo supo enseguida. Fue ella quien le dio el cuadro de situación. Cuatro meses después la pesadilla de gritos y olores mezclados llegaba a su fin. Curiosamente casi no lloró.

María Esther le ofreció venirse para Villa María. No respondió. Le pesaba la palabra sexagenario. ¿Quién mierda la habrá inventado? Se preguntaba. Todavía podría arreglarse solo. Tenía los aportes para jubilarse a los 65.

Desde aquella noche en que a la cama grande le sobraba espacio, comenzó a dormir con la luz encendida. Le espantaba la vejez que se la llevó por delante sin darse cuenta. Odiaba los fines de semana, perdió las ganas de venir para Villa María. La Nena, cada vez con más trabajo no tenía demasiado tiempo para dedicarle. Primero iba cada quince días, luego una vez al mes.

Observaba como nunca antes a los viejos sentados al sol, caminando despacio, le espantaba esos que llegaban resquebrajados a pedir “algo” a la fábrica. Le dolía el invierno. La vejez era una de las condiciones más perversas por la que debe atravesar un ser humano, se decía. La ausencia de Adela se acrecentaba. Y le era inevitable asociar jubilación con vejez, y vejez con hombre inútil.

Esa tardecita volvió a pasar el cartero. Ya no tenía duda de qué se trataba. Desde hacía dos años todas las noches se preparaba, el sándwich de milanesa al horno, con algo de mayonesa -muy poco porque el hígado ya no aguantaba-, tres rodajas de tomate y dos huevos duros. En el termo, café con leche. Abrió el sobre y leyó despacio. Era el momento.

Bebió la gaseosa de fondo espeso. Tomó una lapicera y escribió debajo del informe de la Caja de Jubilaciones. Dos días después ingresaba la policía judicial con María Esther. Tenía el papel en la mano hecho un bollo. La Nena lo abrió y leyó que se le “otorgaban los beneficios de la jubilación”.

Antonio, de impecable letra, le había agregado abajo una frase que lo marcó para siempre: “Hay que morirse joven lo más tarde posible”.

Y le agregó “Es tarde  y ya comencé a no sentirme joven…”.

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