El marinero

Escribe: Cristina Pablos

El puerto era un lugar seguro. Porque en el puerto nadie pregunta. Todos esperan o despiden, pero nadie curiosea.

Allí nadie preguntaría por su origen, procedencia, actividad anterior o estado civil.

El marinero pasó toda una tarde buscando, pero, al acercarse la noche, ya había encontrado dónde alojarse. Cinco largos días estuvo, solo, sin salir de su guarida. La dueña de la pensión depositaba el plato de comida junto a la puerta y golpeaba tres veces con los nudillos; después de escuchar los pasos alejándose, él abría y retiraba su comida.

Las noches pasaban sin sobresaltos. Nunca escuchó más sirenas que las de los barcos, ni más gritos que los de los estibadores y changarines, ni más llanto que el de algún niño abandonado.

Tenía razón Tomás. Era seguro el puerto. Solamente era necesario acostumbrarse a ese olor pesado, a la humedad del cuarto y a las ratas hurgando desperdicios.

El sexto día amaneció lluvioso. Era el día ideal. Ya estaba todo decidido. Su amigo, el gitano, estaría esperándolo, agazapado en algún zaguán. Juntos empezarían una nueva vida. Ya él dejaría de ser el truhán tan buscado, disfrazado de marinero, y el gitano echaría raíces en algún lugar, al fin.

Cuando llegó la noche, el marinero, vestido como tal, abrió sigilosamente la puerta de su habitación. Miró hacia atrás como si en la mirada dejara su pasado. Bajó las oscuras escaleras y respiró hondo, como queriendo llenarse de aire nuevo los pulmones.

En la acera, frente a la pensión, aguardaban el patrullero y dos policías.

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