El Mono Gatica: del éxito al fracaso, apenas unos almanaques

“Rajá, raja de acá, ya te dije que por estos lados no te queremos ni ver”. Indicó el dueño de una concesionaria de automóviles de alta gama. Al hombre despeinado de oscuro rostro se le hincharon los ojos, se le volvieron rojos felinos. Alguien le palmeó la espalda y le expresó su reconocimiento afectuoso. Salió caminando arrastrando una pierna, la izquierda.

Escribe: Miguel Andreis

Ya nada quedaba de aquel tipo que llenaba el Luna Park. El mimado de Juan Domingo Perón y Evita. El cabello renegrido brilloso de Glostora se volvía más grasiento cuando el flequillo escaso le caía sobre la frente. Tiró uno o dos cortos al aire como si estuviese sobre el ring. Visteando. Desanduvo las calles sin noción de las agujas del reloj.

Un niño desandaba la madrugada con un cajón de lustrar. Ni el alcohol le pudo impedir sentirse reflejado con lo que él había sido. Constitución fue uno de los barrios donde se lo veía con frecuencia chorrear la nariz ensangrentada.

Reconstruyó cuando se bajaron del tren con su madre y hermanos; y sintió, como entonces, un almidón en las vísceras estomacales. Eso que produce el hambre. Habían llegado desde San Luis. Helados. A los pocos días, un peluquero del barrio lo observó reñir con dos chicos. Semanas después en un improvisado ring lo hacía combatir por plata con los marineros que deambulaban por el lugar. Tenía trece años y se enfrentaba con hombres que lo duplicaban en edad y peso. Con eso le alcanzaba para que la vieja le pusiera carne a la sopa.

“Viva Perón gritaba”

Hacía frío. Odiaba el frío. La escasa alimentación le soldaba las manos. Era un julio muy gélido. Se dio cuenta de que lloraba. Sintió bronca por llorar. Los hombres no lloran por más que no los dejen entrar a un cabaret.

Le aparecieron las imágenes cuando debutó profesionalmente en el 45, el mismo año que ganó el general. Como una danza de imágenes eran centellas de fuego que de vez en cuando le aparecían. Se frotó los nudillos de las manos. El frío se los había vueltos negros y adoloridos. “Viva perón”, gritó en la desierta calle de adoquín. En Constitución todos lo conocían. Por momentos una voz multiplicada en todas las todas hacían eco en sus oídos… “Chau monito queridooo”. Sonreía.

Y murmuraba en voz alta: “El viejo va a volver, ya van a ver. Me lo dijo. Va a venir”.

Dos jóvenes bien vestidos se reían de él. Ignoraban quién era, quién fue. “Mierda, petiteros de mierda, los mato a los dos con una sola mano”, se sacaba.

El dolor de la pobreza

De pibe, la madre peleaba todos los días para llenar una olla que nunca alcanzaba. Siempre se preguntó quién inventó el invierno. Ahí la pobreza duele. Luego de la primera pelea en el Luna no podía creer que tanto dinero no le entrase en los bolsillos.  Le faltaban bolsillos al saco.  O cuando se compró el primer Impala descapotado. Las minas uhhh. Siempre lo jodieron. Y a quien la amó la jodió él.  Le costaba leer de corrido. 

Disfrutaba cuando desde la platea los ricos lo puteaban. Era todo un placer tanto como el escuchar a la popular bramando el “dale Mono… dale”. Inmutable evocó en silencio cuando en el Buick descapotado, con piel de leopardo en el tapizado y los asientos, en el techo, lo detenía siempre en los lugares más paquetes de Recoleta, las mesas en la vereda. Se paraba sobre el asiento, se bajaba lo pantalones y les mostraba el culo. Disfrutaba como un chico. Nunca dejó de serlo. Las caras de las damas se transformaban. Les hacía atragantar el té… “Lamelo vieja guacha. Pasale la lengua”. El frío. Le dolía el frío.

Perón lo invitaba a comer en la quinta de Olivos y él hacía el asado.

“Al general le encantaba medio jugoso”, contaba.  O cuando el expresidente le decía “¡¡Qué piñón le metió al negro Ike Williams, justo en el primer minuto del primer round!!”. Por anticipado el Mono le había dedicado el triunfo al General.  Una de las pocas veces que sintió vergüenza. No por la derrota sino por la dedicación. Se despertó en los camarines. Perón luego le diría, “Pibe, cómo le vas a poner la cara a uno de los mayores pegadores de todos los tiempos”. José María bajaba la cabeza.

Los dueños de siempre

Se detuvo frente a un poco de luz que movía el viento. Y estiraba las manos como golpeando las sombras. Qué lindo es escuchar los abucheos de la platea y el Ring Side, ya ni se acordaba cuántos combates fueron con Alfredo Prada, menos aún cuántos ganó. Rememoraba sus cuatro esposas y unos cuarenta autos. “Guachas me fumaron todo. El frío son púas que no se ven, solo se sienten”, afirmaba.

Sonrió al añorar cuando toda la prensa habló de lo que le dijo a Perón que estaba en el Luna, cuando se arcó al ring para saludarlo y él le repitió en voz alta: “Mi General, dos potencias se saludan”. Y las viejas con tapados gruesos y los chicos descalzos. Le costaba olvidar su niñez. Tenía frío y el alcohol se fue consumiendo sus vísceras.  Revisó los bolsillos y le alcanzaba justo para el colectivo. En la pensión ya no lo querían dejar entrar.

Esa solidaridad de platos vacíos

Plaza Constitución tenía los duendes de siempre, los que deambulaban esperando el sol. Le llamó la atención un pibe de unos diez años tirado sobre un banco. Intentaba dormir, pero el viento le llevaba los diarios con los que se tapaba. Temblaba. No paraba de temblar. Le dio las monedas que tenía. El pibe seguía temblando, caminó unos pasos y se volvió. Retrocedió a su niñez. Se sacó el sobretodo, una marca Spinetto, amarillento, lo más caro por entonces en la materia. Lo único que le quedaba de una época de esplendor. Y lo cubrió desde la cabeza a los pies. Era lo último que le quedaba de otros tiempos de glorias, éxitos y lujos. El pibe cerró los ojos.

Él siguió caminando y tirando uno dos a la noche como para entrar en calor. Arrastraba la pierna izquierda la misma que se le trabó el 12 de noviembre en 1963 cuando quiso subir a un colectivo en Barrancas. Iba a la cancha de Independiente a ganarse unos mangos vendiendo muñequitos de los rojos. Muy borracho como siempre. Lo reventaron las gomas de atrás. El Mono Gatica, era un viejo de 38 años amado y odiado por igual. Estaba en manga de camisa. Hacía calor. Mucho calor. Ya no sentiría más frío…

  • Mirá el video:
Una rivalidad eterna, Gatica versus Prada (TV Pública).
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