¿El regreso a los pueblos? Se multiplicaron consultas para vivir en el interior

En los últimos meses “creció 10 veces” el número de inscriptos en una ONG que promueve el repoblamiento rural y advierten que “cambió el perfil del comprador”. Una nota muy interesante sobre la temática se destacó días pasados desde Télam y nos pareció un tema interesante para compartir desde nuestro sitio.

La cuarentena por el coronavirus, que en las grandes ciudades es sinónimo de un espacio vital reducido a cuatro paredes pero también de teletrabajo, generó que algunas personas terminen de madurar la decisión de mudarse a pequeños pueblos y en los últimos meses se multiplicó por 10 el número de inscriptos en una ONG que promueve el repoblamiento rural.

La tendencia se confirma en las inmobiliarias porteñas, donde advierten que “cambió el perfil del comprador”, que hoy sacrifica comodidades internas y cercanía, por un balcón o patio y contacto con la naturaleza.

“Aumentó mucho la consulta por propiedades retiradas de las grandes urbes porque también varió el perfil del comprador, que hoy prefiere más un lugar con esparcimiento que la comodidad dentro del hogar, algo impensado antes”, dijo a Télam Alejandro Bennazar, presidente de la Cámara Inmobiliaria Argentina.

Bennazar explicó que “si es departamento, la condición es que tenga un balcón o amenities; y si es casa, están dispuestos a alejarse de la ciudad para mejorar la calidad de vida con un mayor contacto con la naturaleza, siempre que haya buena conectividad”.

Para el titular de la cámara, el cambio es consecuencia de la cuarentena más que de la situación económica, que por un lado implicó “un cambio radical de vida” con mucha permanencia dentro de los hogares y, por otro, demostró la potencialidad del “home office”.

Teletrabajo, otra razón que disparó las ganas de vivir en el interior

En tanto, la directora ejecutiva de la Fundación Es Vicis, Cintia Jaime, aseguró que el número de personas interesadas en repoblar pueblos del interior “creció 10 veces en relación a marzo” y “siguen en alza” las consultas realizadas a esta ONG cuyo objetivo es contribuir a revertir la constante migración a las ciudades.

“Sin haber hecho una nueva convocatoria, siete pueblos por semana que levantan la mano para recibir migrantes y 300 familias nos dicen que quieren salir de la ciudad con nuestro programa ‘Bienvenidos a mi pueblo’”, agregó.

Esta iniciativa tuvo su prueba piloto en la pequeña localidad santafesina de Colonia Belgrano, donde 20 familias lograron insertarse con el apoyo de esta organización que, en asociación con el Gobierno provincial y la embajada de Suiza ofreció capacitaciones y articuló con los diferentes niveles del Estado para hacer “sustentable” la mudanza.

“Reforzadas las evidencias de que no hace falta poner el cuerpo para ser eficientes, muchos no quieren volver al trabajo presencial y otros no quieren estar más entre cuatro paredes y se van a los pueblos, donde había casas que no se vendían y hoy salen como pan caliente”, dijo.

Jaime explicó que este movimiento que invierte la lógica imperante los últimos dos siglos, “es una tendencia instalada a la hay que dar una respuesta” porque “si no hay plan, hay caos”.

En ese sentido, dijo “los pilares de sostenibilidad de cualquier migración” son tres, que son también los del programa: bienvenida garantizada para las familias en la sociedad de recepción, trabajo asegurado e infraestructura adecuada, lo que incluye la vivienda pero también la disponibilidad de escuelas, centros de salud, comercios, servicios, caminos, conectividad “y todo lo que implica el habitar”.

Básicamente, el programa consiste en “matchear” pueblos del interior que se anotan para recibir migrantes, cumplen con “los tres pilares” y requieren determinados tipos de emprendimientos o servicios profesionales; con personas dispuestas a migrar que tengan la preparación necesaria o el proyecto de negocio demandado.

“Quien migra con nuestro programa, lo hace con trabajo y está garantizada la satisfacción de necesidades tanto para el pueblo como para el migrante porque se necesitan mutuamente”, señaló.

Jaime recordó que las ciudades ocupan “sólo el 2% del (territorio del) planeta” pero concentran más de la mitad de la población mundial y Argentina es uno de los países con más alta urbanización, con un 92%.

Tras una primera experiencia exitosa en el pueblo santafesino de 1.300 habitantes, el programa entró en “una fase de escala” con la idea de replicarla en otros 20 pueblos de todo el país.

Entre los porteños que decidieron mudarse a pequeñas localidades del interior bonaerense, se cuenta la periodista Candelaria Schamun (38), quien hace dos años cerró para siempre la puerta del PH que alquilaba en Parque Avellaneda para irse a vivir con su perro y su gata a un pueblo bonaerense de 523 habitantes y calles de tierra, a 120 kilómetros de Capital.

Junto a un colega que hizo el mismo proceso, creó desde allá el portal “Somos Arraigo”, un “proyecto periodístico narrativo sobre el interior” al que ahora se dedica, donde ambos cuentan “historias de emprendedores, personajes e iniciativas solidarias” con “la apuesta por cumplir los deseos” como común denominador.

“Yo trabajaba como productora televisiva y tenía un sueldo que me permitía tener una vida apacible económicamente; pero todos los días cuando me quedaba en la barrera esperando infinitamente que pasara el tren, pensaba que a pesar de estos privilegios no era feliz porque estaba gastando años de vida a un ritmo que no podía seguir“, contó Schamun a Télam.

Cuando empezó a buscar un lugar para “agarrar las cosas” e irse, dentro de sus “prioridades” estaba la “cercanía con Capital” y “una buena conectividad”, porque “no quería perder el contacto con mis afectos ni tampoco con cosas de Buenos Aires que me encantan, como ir al cine o caminar por Corrientes”, pero que ahora hace como “turista”.

“Con mis ahorros compré un lote y mi mamá me ayudó a construir la casa, que en ese momento era la primera de la cuadra donde hoy hay seis y tres más en construcción”, contó.

Lo que a ella le hacía un ruido durante sus últimos años en la Ciudad de Buenos Aires, resuena con más fuerza en tiempos de coronavirus, que “nos expuso sin escapatoria a la vida que llevamos”, opinó.

“La pandemia funciona como una espejo para medir dónde estamos y si estamos porque queremos o estamos obligados y nos queremos ir, y hay un montón de gente que se está replanteando irse”, dijo.

Además, “muchas pibas y pibes que se fueron a Buenos Aires y vivieron años allá, ahora están volviendo”.

“Pero para que haya una repoblación del país hace falta un acompañamiento del Estado con políticas públicas que garantice conectividad, telefonía celular, medios de transporte, actividades culturales y universidades en los pueblos del interior”, concluyó.

“Nos quedamos a vivir en el pueblo porque nos dimos cuenta que ya vivíamos en cuarentena”
A Virginia Medina y su esposo Julio Garín, dos profesionales porteños, la pandemia les hizo descubrir que su casa de fin de semana en un pequeño pueblo a 100 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires “era su lugar” y decidieron quedarse a vivir allí “porque ya hacía un tiempo largo que vivíamos en una cuarentena” autoimpuesta, lejos de las aglomeraciones y más en contacto con sí mismos y el entorno natural.

“Hace más de 15 años que empezamos a venir con mis hijos para estos pueblos de la provincia de Buenos Aires en vacaciones de invierno y verano, acompañando a mi esposo que es químico biológico y venía a hacer asesorías a laboratorios de la zona”, contó Virginia desde Duggan.

Y fue a partir de estas visitas que “nació por primera vez el deseo de cambiar de vida”, que para esta docente y psicoanalista de 56 años implica “cambiar de sitio y de lugar”, categorías que “no son lo mismo” porque mientras el “sitio hace referencia a un espacio sin más, el lugar habla de un llamado, de una pertenencia a ese espacio que se habita”.

“Nosotros veníamos sintiendo que teníamos que reformular las dos cosas: encontrar un sitio y un lugar en el mundo que ya no era Buenos Aires, porque se nos había vuelto cada vez más ajeno a medida que la urbanización fue avanzando, la trama social se fue agujereando y nos fuimos quedando sin tiempo para la charla, para el café o para detenerse a observar lo que te circunda”, dijo.

En esa búsqueda apareció Duggan, un pueblo de mil habitantes rodeado de campo sobre la ruta 8, donde terminaron de construir su casa en 2015, porque “hay algo de la escala de lo humano que nos ha hecho lugar en este pueblo”.

“Veníamos los fines de semana primero y como cada vez nos costaba más irnos, llegábamos los jueves y nos íbamos los lunes. Yo después empecé a trabajar por la zona y la cuarentena fue el empujón que necesitábamos”, aseguró a Télam.

No obstante, Virginia aclaró que con su esposo y su hija de 18 años, la menor, no se quedaron para “protegerse” de la pandemia, “sino porque nos dimos cuenta que era nuestro lugar y ya hacía un tiempo largo que vivíamos en cuarentena”, con “momentos de soledad y silencio” elegidos.

“Hay gente que le encanta la ciudad y no se trata de que algo es mejor que otro, sino que se trata de dónde logra cada uno recuperar esas categorías de lo humano que son el tiempo, el lugar, el lenguaje y un colectivo que no necesite ser masa”, dijo.

“Pero esto lo digo después de haber tenido experiencia de transitar oportunidades culturales, de formación y laborales que me dio Buenos Aires; con otra edad y un gran recorrido hecho que nos dio un sostén que nos permite ahora detener el tiempo, entre trabajar y plantar un naranjo”, finalizó.

Fuente: Télam

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