[Entre Café y Café] Edgardo Munch: Su adicción a la radio y las luces rojas

Escribe: Miguel Andreis

Jueves 23 de septiembre. Hora 12.21.  La voz sonaba quebrada. Como herida de muerte.  Era el tercer watsapp que recibía de él en la mañana. Finaliza diciendo “atendelo al comisario…, sácalo al aire…”, y cierra su relato con: “Miguel, ya no puedo respirar, me cuesta mucho…”.

Cortó abruptamente. Presentí el final.  No pasó demasiado tiempo para enterarme de dónde estaba, Terapia Intensiva de la Clínica de Especialidades, junto con su última frase, una enfermera le retiraba el celular.

Ese era el Edgardo. Ingresando en la fase final de su existencia, continuaba siguiendo la programación de la radio. Dando órdenes. Cuidando lo que se soltaba al aire.  Un verdadero “Animal de radio”. Un adicto al micrófono.

Todo en su vida se estrechaba con ese invento que ensambla una voz en el micrófono y los oídos acunando el receptor en otras partes. Allí, en miles de espacios diferentes donde la audiencia se invisibiliza y sus sones aletean el aire. En esas imaginarias ventanas su presencia de asonancias se adormilaba en el éter…

De enojos y reencuentros

Nuestra amistad se estableció, vaya a saber con certezas de tiempos, cuándo. Posiblemente más de 35 años. Tantas lunas como peleas y desencuentros tuvimos. Muchos. Luego llegaría la llamada telefónica de cualquiera y comenzaba todo de nuevo como si nada hubiese ocurrido.

A fines de los ochenta me piden que le realice una entrevista. A veces se vuelve incómodo el bucear en la intimidad de una persona sobre la que suponemos, conocemos todo.

Todo comenzó con su niñez y una carencia. Trastorno en el lenguaje se la define científicamente en la actualidad.

Arrastraba un peso que nunca lo imaginé. Era una de las mejores voces de la ciudad. Con identidad de color, matiz y profundidad. Lisa, sin arrugas, subyugante. Sin embargo…

Y ante la pregunta si le molestaba algún sobrenombre o apelativo no dudó: “Si, me jode lo de “Tarta”, ya no hiere tanto como en mi adolescencia, pero igual molesta, lastima ”. Disimulaba su contrariedad o desagrado.

“Entiendo que mi gran ayuda fue el micrófono. Con él me sentía un tipo normal, común, nadie notaba nada. Me protegía y pude mostrarme sin inquietud… Con el paso de los años comprendí la importancia que tuvo en mi personalidad la radio… cuando se enciende la luz roja, nada interrumpe mi pensamiento”.

Continuó hablando de los contrasentidos que nos habitan en los desafíos de cada quien. De los cantantes con tartamudez. La radiofonía se lo fue absorbiendo. Lo inundó de pasión.

Consciente o inconsciente lo transformó en un adicto o, en todo caso, en un animal de radio… La luz roja indicando “Aire”, un día, cuando apenas horas antes el almanaque le dictó los 78, le apagó la luz y el silencio le metió un mordiscón al “zurdo”.

Las pasiones del éter

Quedará por generaciones su inconfundible frecuencia de sonido en la oralidad… La identidad de su incansable lucha montado en esa pasión sin tiempos ni fronteras llamada Radiofonía.

Un animal de radio al que la vida le jugó una mala pasada con su fonética y él, la transformó en una brillante virtud. Vivir de la palabra sin interrupciones. Sin saberlo o, quizás, sin quererlo, se construyó en un gladiador que dejó un paradójico mensaje, sobre los trastornos del habla, la influencia de la radio y las luces rojas que te dan o quitan el aire, son medicinas sin etiquetas ni fechas de vencimiento. 

Eso fue el Edgardo… un maestro de convicciones que no le hizo concesiones a los infortunios.

Abro el celular. Busco su nombre. Entre otros me aparece su última comunicación de WhatsApp: “Miguel, ya no puedo respirar, me cuesta mucho…”.

No lo borraré. No, allí quedará.  Hay seres que nunca mueren…

1 comentario en “[Entre Café y Café] Edgardo Munch: Su adicción a la radio y las luces rojas”

  1. Adhiero totalmente con los conceptos vertidos en esta nota por mi amigo Miguel Andreis, respecto del estupendo y prodigioso trabajo radiofónico del desaparecido amigo Edgardo Munch, QEPD.

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