Entre medialunas y “carasucias”: Las facturas de Colombo y de Farías

Escribe: Germán Giacchero

“El Huguito” casi siempre tenía dos facturas por mañana. Y pobre de él, algunos lo atacábamos a veces en los recreos, por no decir casi siempre, para garronearle un pedazo. En algunas oportunidades se negaba, y con razón.

Estábamos en la escuela primaria Miguel Rodríguez de la Torre, en Chazón y las “masas”, como las llamábamos, eran un privilegio de pocos, digamos.

La mayoría esperábamos el mate cocido de las diez, que venía acompañado con un bollo de pan, aunque, si ligabas, podían ser dos. En algunas ocasiones especiales, el menú matinal del Paicor podía incluir una factura o algún alfajor. Pero, eran las menos. Día del niño o del estudiante, quizás.

Personajes de la geografía escolar eran las porteras, que salían a realizar algunas compras y, de buena onda, a veces, hacían los mandados de algunos de los alumnos. Doña Ñata o Griselda recibían las instrucciones para la adquisición de “margaritas” con crema o con dulce, “carasucias” o tortitas negras, corderitos, rasquetas y bollitos con dulce de leche.

Las medialunas no eran entonces tan comunes en nuestro vocabulario gastronómico diario, como no lo fueron hasta un tiempo después en las góndolas locales.

En el pueblo había dos panaderías. La de Colombo y la de Farías. La primera permaneció durante muchos años; la segunda, aún continúa en actividad.

Las facturas o bizcochos que la Ñata o “la Griselda” compraban, y que eran el objeto del deseo de muchos de nosotros en los años de la primaria, pronto comenzaron a sufrir los embates, o por qué no decir las críticas, cuando ya habíamos crecido un poco.

El paladar reclamaba, ahora, alguna otra variedad. Por ahí se escuchaba, “pasan los años y ¡siempre las mismas facturas!”. Con el tiempo, a los clásicos alfajores de maicena, “corderitos” de grasa o margaritas, se les agregaron las medialunas.

Medialunas, una debilidad

Desde la adolescencia y en años posteriores pude disfrutar de muchas otras clases de facturas. Recuerdo los sacramentos con dulce de leche de la panadería “Vila” en Corral de Bustos; las que venían en versión mini de “La Aldea” en Río Cuarto, regadas por un reparador café con leche en pleno invierno universitario; las del inolvidable sabor de la Alemana de San Marcos Sierras; y las tortitas negras de unos pocos lugares de Villa María, que no se consiguen siempre o directamente no las hacen. 

Además de las “carasucias”, casi una especie en extinción, las medialunas o “croissant”, como las llaman los franceses, son una debilidad. La mía, como la de tantos otros.

Se dice que fue un invento de los vieneses, aunque los chilenos comentan que es un “pan argentino”. Es curioso. No solo que los hermanos trasandinos reconozcan algo que viene del otro lado de la Cordillera, sino el origen de esta delicia.

Los panaderos austríacos la habrían creado para levantar el ánimo de la población durante la invasión de los turcos. Esta exquisitez surgió entonces como una burla a su bandera, que llevaba estampada la medialuna musulmana. Y, a cococho de varios siglos, llegó hasta nuestros días y estómagos.

En ningún otro lado

Lo que es yo, me despanzurré a lo largo de mi vida varias unidades de este manjar (decir la cantidad exacta me daría vergüenza y estaría mintiendo porque no la recuerdo).

En algunos desayunos, que eran como el uso de los fondos reservados del estado, a discreción, le di rienda suelta a la tentadora acción de sumergirlas en la tibieza del café.

Práctica que repito cada vez que puedo, aun a sabiendas de que a otros no les agrada esa experiencia en vivo y en directo. ¡Pero si no hay nada más lindo que eso!

Aunque, en honor de la verdad, debo reconocer que, tantas delicias probadas en otros sitios, no pudieron opacar el gusto de esas facturas deseadas en los recreos de la infancia y luego dejadas de lado por el tiempo y la distancia.

Es que, sabores, aromas y recuerdos relacionados con ellos, permanecen inalterables a pesar de los años.

El “Huguito” quizás ni se acuerde de esos atentados en horas del colegio. A mí se me venían a la cabeza cada vez que volvía a Chazón y me daba una vuelta por la panadería de Colombo para probar esos inigualables bollitos con dulce de leche. O las medialunas de Farías.

Facturas que no se conseguían con facilidad si llegabas un poco tarde a la panadería. Eran los mismos sabores que siempre sentía necesidad de volver a probar.

Porque, a pesar de todo, aromas y sabores como esos, no los había podido encontrar en ningún otro lugar.

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