[Historias] Ballesteros Sud y su gran fútbol olvidado

Texto y fotos: Iván Wielikosielek

El tiempo no ha sido benévolo con el rostro de Dante Vittone. Porque en aquella fotografía coloreada (la única que se conserva del primer campeonato ganado por Unión de Ballesteros Sud en 1938) sus rasgos se han difuminado en un manchón blanco. Y como en un “retrato de Dorian Gray” maldito, se ha vuelto tan monstruoso como los dirigentes que lo abandonaron, entregándolo con las copas del club a la humedad de un trastero.

No. Hoy ya no queda testimonio alguno de aquel equipo que, invitado por la Liga Villamariense, ganara tres torneos de manera brillante (´38, ´39 y ´43) venciendo a Sarmiento, Unión Central y Alumni, los gigantes de la ciudad. Sin embargo, yo tuve pruebas anteriores a esta desolación actual. Fue una tarde del 2018 en que presencié, de pura casualidad, la demolición de Unión.

Un equipo que fue leyenda, el Unión de Ballesteros Sud del año 1938.

Había ido a Ballesteros Sud para hacer una nota en la escuela Julián Aguirre y al caminar por el pueblo, ya no vi su esquina emblemática; la habían reducida a escombros. Y casi como un símbolo de esa desidia, en el viejo escenario donde tocaran las orquestas los 24 de junio, estaba tirada (y acaso descuartizada) la vitrina sin trofeos. Como un testigo asesinado para no delatar el saqueo.

Cuatro años después (es decir, hace apenas unos días) aquella esquina seguía exactamente igual. Es decir, peor. Porque habían levantado todos los pisos del viejo salón de baile.

Paradójicamente, había ido al pueblo para entrevistar a los dos últimos referentes del fútbol de antaño. Así que, tras tomar unas desoladas fotografías a los escombros, enfilé hacia la casa del primero.

Trece medallas en una caja de té

Nacido en 1934, Eduardo “Lalo” Castillo nunca se fue del pueblo. Y lo que empezó siendo una bendición inmobiliaria terminó siendo una desgracia: vivir frente a la cancha.

“Vos no sabés cómo se ponía esto… Venía todo el pueblo a vernos, incluso la gente de la colonia… ¿Vos viste lo que es ahora? Ya no hay más ni club…”.

Y “Lalo” hace un breve silencio, como si quisiera escuchar con el oído de la memoria los ecos de una hinchada que sólo canta en su caracol interior.

“Debuté en la primera de Unión en 1950, con sólo 16 años. Por ese entonces nos juntábamos un montón de chicos a patear, porque en el pueblo no había otra cosa… Yo había empezado a trabajar en el almacén de don José García, que había sido presidente del club y a la tarde me entrenaba. Era wing izquierdo y jugué muchos campeonatos relámpagos y partidos amistosos, pero nunca competimos de manera oficial”.

“Los mejores tiempos del club ya habían pasado… Aunque todavía quedaban algunos de esos viejos campeones como el Dante Vittone, el “Boni” Díaz, Juárez, el “Tata” Sea y el Armando Ferreyra, que supo trabajar en el correo… Una vez, para una fiesta la escuela, jugamos contra Ballesteros nuevo, que en ese entonces era Tiro y Gimnasia. Me acuerdo que estaban el “Coco” y el “Negro” Martínez y nos ganaban 4 a 2 pero se lo empatamos 4 a 4 y ya no sabían a dónde tirar la pelota… Decí que el partido terminó así…”.

Eduardo “Lalo” Castillo y las medallas que conserva de épocas gloriosas.

“Para nosotros jugaba Bartolo Falco, que era el último de los campeones del ´43. También estaba el “Gallego” Guría que era el arquero y el “Negro” Manuel Nieto, que después jugó para Talleres…”.

“Una vez fuimos a jugar un campeonato a Alto Alegre en un camión sin acoplado. Cuando agarramos el camino de tierra temblaba todo, y a la vuelta se quebró la baranda. Pasamos todos de largo y uno me manoteó en la desesperación, así que nos caímos juntos… Por suerte, no nos hicimos nada… (risas)”.

“En el año ´55 jugué en Talleres de Ballesteros. Atajaba el “Tata” Díaz y atrás jugaba su hermano, el “Chuaira”. Después me vine para acá de nuevo… Una vez armaron un campeonato relámpago de veteranos en Ballesteros. Había de premio un cordero y lo ganamos. Otra vuelta, le ganamos acá a Gimnasia y yo metí dos goles. Ese día me dieron dos medallas, al mejor jugador y al goleador del torneo… Todavía las tengo… ¿Querés verlas?”.

Le digo que me encantaría. Y entonces “Lalo” me trae su reliquia más preciada; una latita de té “La Virginia” celeste con letras rojas, y el retrato de una belleza publicitaria en la tapa, carcomido por el óxido como la foto de Vittone.

Acto seguido, el hombre la abre como si pusiera en marcha una cajita musical de melodías y recuerdos. Y vaciándolas sobre la mesa, el cobre y el acero brillan a la fría luz de la mañana. Las cuento. Son exactamente trece. Luego, con precisión numismática, “Lalo” las acomoda por orden y fecha y me muestra aquellas dos obtenidas ese día frente a su casa. Leo en el reverso: “Al jugador que haga más goles”. Y en la otra, “Al jugador más destacado”; el balón y el botín de oro de aquellas tardes, me digo.

Medallas como reliquias, un pequeño tesoro en manos de Lalo.

“Cracks” entre los escombros

Entonces le pregunto a “Lalo” si, desde esos tiempos, ha seguido yendo al club.

“¡Claro! Porque después del fútbol me dediqué a las bochas. Siempre jugué para Unión y gané varias medallas también, pero a las de oro las vendí… Te lo puede decir ella, que me acompañaba siempre, ¿no, vieja?” Y su esposa, “Negrita” Laborie, que ya empezó a preparar la salsa para el estofado, le sonríe dándole la razón.

Le pregunto, entonces, qué pasó con las fotos y las copas del club.

“No sé qué pasó, pero un día desapareció todo… Y cuando voltearon la sede, sólo dejaron el escenario. Como tenía piso de madera, pude ver entre los huecos las bases de plástico de las copas… Pero no sé a dónde fueron a parar… Como quedaban algunas fotos en la sede, le pregunté al presidente Clemente si no me dejaba ponerlas en la cancha de bochas. Me dijo que sí, y entonces las llevé. Pero un día me retiré de “canchero” y no las vi más. Un muchacho Godoy, que estaba arreglando la sede del club, me dijo que tampoco los vio. Sólo pude rescatar algunas cuando demolieron el club y se las di a Bópolo. Le dije: “Mirá, Quico, a esto tenélo vos porque si no, se van a perder…”.

Y “Lalo” hace una pausa, como si hiciera un breve recuento del tiempo. Y entonces me dice que “el Quico, un chico Guerrero que está en Villa María y yo, somos de la clase ´34; y somos los últimos que vimos a esos jugadorazos… Tenés que ir a verlo al Quico… Vive acá a la vuelta…”.

En el nombre de Armando Ferreyra

Haciendo una “ele” y en la misma calle de la sede demolida, un hombre de sombrero está regando los árboles en la vereda. La falta de agua en Ballesteros Sud es tan tremenda como la falta de documentación en sus clubes; dos modos de sequía. Y ambas conspiran contra la conformación histórica y natural. Reconozco en la figura de aquel hombre pequeño, pero de una vitalidad increíble, al viejo comisario Julio Bópolo.

“Don Quico…”, le digo extendiéndole la mano. Y él, como si me estuviera esperando desde hace mucho, me da un abrazo… “Qué hacés, querido…”, me dice mientras la manguera sigue llenando el pozo de un altivo siempreverde.

“Vengo de la casa del Lalo… Me dijo que usted tiene fotos de aquel Unión del ´38…”.

Pero no necesito decir más nada porque, haciéndome una seña, don Julio me conduce al quincho. Allí, entre el asador y los trinchantes, guarda lo que para él es su mayor reliquia; tres fotografías enmarcadas de los campeones del ´38 y el ´43; y una tercera que, bajo el título de “Gran equipo de la década del ´40”, muestra una docena de futbolistas irreconocibles. Sus rostros, manchados de blanco por la humedad, parecen “contagiados” por la misma peste que borró la cara de Vittone.

Sin embargo, la cosa no termina con las fotos. Porque Julio me muestra un recorte del diario “El Tiempo” de Villa María, fechado el 20 de septiembre de 1941. Enmarcado en vidrio, se trata de un regalo que le hiciera don Armando Ferreyra, un excampeón de aquellos años. Y Bópolo lo conserva como un autógrafo de Messi.

“Leélo vos- me dice- para que veas que no te miento”. Y entonces, leo: “Para que el presente sea agregado a los recuerdos inolvidables de la historia de nuestro querido Unión. 30/8/66”. Y debajo de la dedicatoria, “Para Julio Bópolo de Armando Ferreyra”, rubricado con una elegante caligrafía de más de medio siglo.

Julio «Quico» Bópolo, con los cuadros que se salvaron del olvido.

Potencia futbolística y financiera

Titulado “Unión Foot-Ball Club de Ballesteros Sud es una de las instituciones más prósperas de la región” el copete rezaba así: “Su equipo de primera división es muy poderoso”. Entonces leo en el papel amarillento, algunos párrafos de aquel recorte.

“Desde su fundación, el 10 de abril de 1926 hasta la fecha, la institución ha marchado en constante progreso, y actualmente es considerada como una de las más poderosas, financiera y económicamente (…) En aquel tiempo, un grupo de personas entusiastas y capaces, decidieron constituir una entidad que, a la par de intensificar los deportes en general, sirviera para estrechar vínculos sociales. Así nació Unión y el propósito se ha visto ampliamente cumplido por el señor José García, su primer presidente, prolongándose su mandato por espacio de siete períodos consecutivos, seguido por el señor Arturo Sierra y por Pedro Caballero, para nuevamente ocupar el puesto el señor García (…)

Las sucesivas comisiones se han ocupado incesantemente por el progreso del club. Y de esta suerte, durante la primera presidencia del señor García se construyó un amplio salón donde frecuentemente se efectúan reuniones danzantes de carácter social, como así también la cancha de fútbol, una de tenis y varias de bochas. Al asumir el señor Caballero, se obtuvo la personería jurídica y se hicieron arreglos de importancia en el salón (…)

Llegado el año 1938, el equipo de fútbol intervino en el Campeonato Regional que se disputa en nuestra ciudad, y lo hizo con tan buen suceso que ganó invicto el Campeonato Preparación y luego el Regional, para repetir la performance al año siguiente. En 1940 obtuvo el segundo puesto y en el presente no tuvo mayor figuración por falta de algunos de sus titulares (…)

Su team, bastante homogéneo, está constituido de la manera siguiente: Sánchez; Caballero y Díaz; Muñoz, Zamudio y Ferreyra; Falco, Vittone, Zurita, Rodríguez y Españón (…) Entre sus mejores actuaciones, merece destacarse el hecho de que Unión Central, uno de los equipos más fuerte de Villa María, ha podido derrotarlo tan sólo en una oportunidad”.

Levanto la vista y distingo una mínima sonrisa en el rostro de Bópolo.

“Si no lo hubiera traído, esto también hubiera desaparecido como los trofeos… Estaban haciendo la cancha de bochas nueva y los cuadros estaban tirados ahí, llenos de cascotes… Yo dije, qué injusticia, qué desprecio… Y el Lalo me dijo: “llévatelos vos, porque acá se van a perder”… La verdad es que no sé lo que están por hacer en el club… Lo que sí te puedo decir, es que no ha quedado nada… Pero a esto lo guardé no sólo en el nombre del pueblo y del club, sino también en el nombre de don Armando Ferreyra, que era un señor…”.

Dársenas del Sur

Bópolo fue durante 25 años oficial de policía, y de chico nunca jugó a la pelota. Pero tiene el “copyright” de un maravilloso aporte para el fútbol de su pueblo, la creación de “Dock Sud”, el primer equipo de baby de Ballesteros Sud. Y así lo cuenta.

“Habrá sido a fines de los sesenta. Yo estaba prestando servicio en Ballesteros nuevo y había campeonato infantil. Y entonces, el encargado del correo se me acerca y pasándome el llavero en la cara me dice: “¿Y ustedes, en Ballesteros Sud, no tienen un equipo de Baby?” Yo no sabía a dónde meterme… “Sí, hay chicos que juegan –le dije- pero no tenemos un equipo” … Porque en ese tiempo, Unión no hacía inferiores…

Así que me quedé pensando toda la noche en lo bueno que sería armar un cuadro; y eso fue lo que le dije a mi compañero Tisera; “apenas llegue a mi pueblo, armo un equipo”. Al otro día me crucé a la canchita donde se juntaban los chicos y vi muchos que jugaban una barbaridad, especialmente el “Chueco” Gallardo… Si ese chico hubiera tenido otra clase de padre, capaz que hubiera jugado en River o en Boca, sin exagerar…

También había un arquerito muy bueno, un chico Salgado que a los pocos días se tiró de cabeza al río y se quebró el cuello. Quedó inválido y murió… Fue una tristeza tremenda para nosotros… Yo empecé a hablar a los chicos y les pregunté si querían que armáramos un equipo ¡Y se entusiasmaron todos! Les tuve que pedir el documento y el permiso a los padres; así que nos fuimos a Ballesteros nuevo con la esperanza de participar en un campeonato de baby por primera vez, pero también con la tristeza por la muerte del chico Salgado… En Ballesteros había equipos muy fuertes, como Mitre y San Roque… Pero al campeonato lo ganó Dock Sud…”.

El equipo de Unión en los años 40.

Entonces le pregunto a Bópolo sobre el nombre del equipo, y esto me dice:

“Fue unos días antes del torneo. Nos teníamos que inscribir y hablando con un chico Ingrasia, de Ballesteros, le dije que no le quería poner al cuadro River o Boca y él me dijo: “no hace falta… hay un montón de nombres raros en Buenos Aires… Excursionistas, Sacachispas, Dock Sud…”.

Y apenas escuché ese nombre, le dije “¡Pará! ¡Pará! ¡Nos vamos a llamar así!”. No sé por qué, pero ese nombre me sonaba increíble. Cómo será que esa noche, el doctor Maximiliano Bauk que era el médico de la policía me dijo: “lo quiero felicitar por dos motivos, por haber ganado el campeonato y por el nombre tan acertado que le han puesto al cuadro…” Y me dijo que en inglés, “dock” quería decir “río”, así que éramos “río del sur”.

No le digo nada a Bópolo ni quiero contradecir “pos-mortem” al doctor Bauk; pero sé que “dock” en inglés significa “muelle” o “dársena”, y que ese nombre traducido es “Dársena del Sur”, acaso mejor todavía que “South River”.

Porque eso implica un atracadero de barcos en la otra orilla, una actividad humana de comunicaciones y un puerto en la pampa. Y por cierto, implica aquella vieja pasarela roja que en mi infancia se hundía en las aguas marrones.

Tras mi pensamiento, Bópolo retoma su relato.

“No tengo fotos de Dock Sud, pero me han quedado un par de trofeos, como la copa Ford que ganamos una vez…”.

Y entonces “Quico” me cuenta la historia de ese trofeo maravilloso.

La copa y los cuadros con imágenes añejas del fútbol del más sureño de los Ballesteros.

En una copa de cobre

“Íbamos a hacer un campeonato entre los equipos de baby de la zona y necesitábamos una copa. Así que se me ocurrió escribirle a don Alberto “Jota” Armando, presidente de Boca Juniors; porque en esa época, además de ser policía, yo vendía rifas acá en la zona para Boca… La idea era recaudar dinero para la cooperadora del colegio de La Herradura. Yo no esperaba respuestas pero unos días después, me avisan que en la estación de Cárcano había una encomienda para nosotros. La fue a buscar Bayonza, la abrió y ahí estaba la copa… No entendía nada… Me dijo que era una hermosura, toda de cobre y que decía “Ford”…

Cómo será que la pasearon unos días por cada club con un cartel: “Próximamente a disputarse en La Herradura”… Yo no la había visto a la copa y no pude ir al campeonato porque estaba prestando servicio en Ordóñez. Pero los chicos fueron. No tenían camiseta ni nada, pero estaban anotados como Dock Sud. Así que los dejaron jugar… ¡Y ganaron!

Cuando yo volvía de Ordóñez, estaban todos en el bar de doña Emma, frente al club Unión. Y el “Mosquito” Vigani vino corriendo y me dijo “¡Mirá, Julio! ¡Trajimos la Ford!”… En el bar estaba el Ángel Vujevich, que había sido socio de Unión pero por algunas diferencias se había ido. Y también don Humberto Mercado, que había sido sumariante en la jefatura Bell Ville y estaba de carnicero en el pueblo.

Él, que era versado, redactó un acta. Agarró la lapicera y puso: “en la localidad de Ballesteros Sud, departamento Unión, a los tantos días del mes tanto, siendo las tantas horas y reunidos en el bar de Rosso-Farías, un grupo de personas constituido por los señores tal y tal han decidido crear oficialmente un club con el fin de practicar deportes, muy en especial, el fútbol. El club se llamará Dock Sud Cultural y Deportivo…”.

Me acuerdo que Don Natalio Primo sacó plata y la puso. La institución ya está en marcha, y esta donación, dijo. Y los que estábamos ahí no quisimos ser menos y pusimos todos (risas). Habíamos reunido como si te dijera cien mil pesos de ahora… Al poco tiempo compramos las camisetas, eran blancas con dos rayitas rojas de arriba abajo… Un espectáculo”.

Y don “Quico” me muestra aquella vieja copa con la marca “Ford”. Y yo casi que me imagino el cantito de aquellos chicos: “En una copa de cobre/ metí la mano y saqué/ los colores de el “Doque”/ que jamás olvidaré/ Dale campeón…/ Dale campeón…”.

Pero tampoco han olvidado “Quico” y “Lalo”. Como si tras un pacto firmado en silencio, en algún campito del pasado, se hubieran jurado “en nombre de los chicos de la clase ´34”, no ceder esas reliquias. Para que el olvido y la desidia nunca las tapen de escombros.

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