[Historias] Crónica del martirio de un padre primerizo (para tomarlo con humor)

La llegada de un hijo deseado es algo maravilloso. Pero, ser padres no es fácil. Y ser padres primerizos, peor. Es una experiencia única, claro. Si podemos sobrevivir a eso, vamos a poder salir de cualquier trance en la vida.

Escribe: Germán Giacchero

El problema comienza desde el momento mismo del Evatest. No hay mayor estrés en la vida que el que se amontona en esos tres o cinco minutos que parecen una eternidad. Y pensás que todo se termina cuando ves las dos rayitas.

¡Pero no! Ahí  recién comienza la cuestión. Te faltan unos ocho meses de ataques de ansiedad y pánico, ecografías rogando que todo marche bien, antojos y caprichos maternales, más una catarata de frases como “no importa el sexo, con tal de que sea sanito”, que tanto te taladran la cabeza cuando te lo dicen, que lo terminás repitiendo cuando te preguntan por vez número 325.653: “¿ya saben si es nena o varón?”.

Y cuando sabés el sexo, ahí comienza otro drama. Es un embole que todo se reduzca  a rosa o celeste. Nuestros hijos están condenados a andar por la vida uniformados como Teletubbies en tonos pasteles.

Encima, hay poca variedad de ropas con diversidad de colores y diseños, y nada de precios cuidados. Algunas marcas te hacen un “Mimo” o le dicen “Cheeky” a tu bebé, pero tenés que ser hijo de Pérez Companc para vestirlos con lo que cuestan esas prendas.

Además, las marcas de moda te obligan a vestirlos como si fueran mayores. Pensar que antes tenías tu primer jeans cuando entrabas en la edad del pavo y ahora a los mocosos estos les cortan el cordón umbilical y ya les ponen un chupín.

Estrías y estrés

Como sabés poco y nada del asunto, tomás una drástica decisión: pelás billetera y la kiosquera te mira como si hubiera visto a un médico sin barbijo cuando comprás todas las revistas disponibles que supuestamente tienen las recetas para ser padres hoy. Y te las devorás de punta a punta en un par de horas, pero al final terminás más aturdido que antes.

Antes de eso, por supuesto, naufragaste en los millones de páginas web y portales que visitaste para saber qué hacer ante la llegada de este nuevo ser a tu vida.

Pero, te defraudan. Vos no lo sabés todavía, pero lo vas a experimentar pronto. No solo porque no vas a poder tener nunca ese cochecito de puta madre que parece una Mercedes Benz descapotable, sino porque ahí te muestran a mamás, papás y bebés rubios, seductores y felices todo el tiempo; sin cansancio, sin lágrimas, sin estrías ni estrés, todo color de rosa (o celeste).

Pero nada te muestran de las noches de insomnio, de los pañales cagados, de los llantos desgarradores, de las puteadas por lo bajo; de la peregrinación por las clínicas para encontrar un pediatra; de los sustos por cualquier cosa, de vivir con el corazón en la boca por ese angelito que no ves la hora que crezca un poco, pero tampoco tanto…

Los picasesos…

Pero, la verdad, no sabés qué es peor. Si el inflado optimismo de las revistas maternales o los insufribles consejos y advertencias de la fauna familiar & Cía., que engloba a futuros abuelos y tíos, suegros, amigos, compañeros, comadres, vecinos, jefes, porteros de edificios, embarazadas en salas de espera y padres de toda calaña que ya pasaron por este trance. La sartenada de preguntas y advertencias te pueden llegar a trastornar, te lo aseguro.

Antes del parto, te anticipan sus verdades con caras de Dalai Lama, como si se les fuera toda la sabiduría del mundo en eso, pero con cierto aire de revancha.

¿Quién no escuchó alguna vez dicho con cierta malicia “Aprovechá a dormir ahora, que después no vas a poder”? Si hubiera sabido lo que me esperaba, los habría mandado a la mierda en ese mismo momento. Que son tipos y minas jodidos, son jodidos.

Una vez nacido, llegan los: “¡Felicitaciones, es hermoso!”. Y ahí nomás disparan: “¿Duerme de noche?”. No, estas ojeras las tengo porque me encanta parecer un vampiro a las diez de la mañana. ¡Claro que no duerme de noche! ¡Yo tampoco!

“Mirá que, si te cambió la noche por el día, fuiste”. ¡No me digas! No serás adivino vos, ¿no?

Y después, los sabelotodo te hacen dudar con sus diagnósticos científicos tipo: “¡Qué chiquito!”. “¡Qué grandote!”. “Está medio amarillito”. “Seguro, está ojeado”. “Tiene mañas”. “¿Toma teta? Uh, no te agarra la mamadera nunca más”. “A mí el pediatra me dijo que eso no se hace”. “¿Te agarró el chupete? Mirá que si no”. ¿Por qué no se van un poco al carajo con la buena onda muchachos?

Como si no bastara, tienen el descaro de plantear preguntas poco inteligentes en medio de una crisis de nervios de los padres, porque el bebé está a punto de entrar al libro Guinnes ya que hace tres horas seguidas que no para de llorar y lleva dos meses clavados que duerme un par de horitas por madrugada.

En ese momento, no sabés qué es peor, que tu equipo se vaya directo al descenso o pierda la final de las finales, o te pregunten “¿Para cuándo el hermanito?”.

Ahí estás a punto de cometer un homicidio, pero pensás que no todo está mal, que gracias a Dios existen el Factor AG y el Termofren y que justo tu vecina es pediatra.  Que, vaya casualidad, tiene algunas diferencias de criterio con sus colegas. Algunos de los cuales prefieren que el bebé llore cuando le duele algo. Y ahí terminás más mareado que inglés en el Mundial 86 y dudás entre invitar al doctor “naturista” a tu casa para que calme al primogénito o mandarlo a la madre que lo parió.

Mío, mío, mío…

No te podés olvidar de las mamás conocidas a las que les agarra un ataque de feminismo de ocasión y solos les falta inscribir a sus hijos en el Registro de la Propiedad: son las que creen que el chico es solo de ellas y relegan al padre a un segundo plano para que solo les alcancen los pañales, cada día más caros, o les armen el cochecito, también cada vez más inalcanzables.

Tampoco te olvidás de las que compiten con otras mamás y sus bebés. Que el mío nunca se paspó, que nunca le salió grasita en la cabeza, que me duerme toda la noche, que es un santo y solo llora cuando vemos una serie tristona en Netflix, que el gordo hace caca sin olor, que bajó los 30 kilos en un mes, que a los 10 días ya tenía sexo de nuevo…

Chicas y chicos, por favor. Un poco de sinceridad y cordura. ¿No ven que somos padres primerizos y lo peor de todo es que estamos condenados a repetir la historia con los futuros e ingenuos papás?

Será hasta la próxima. Y a esperar que venga el picasesos malondón que nunca falta y te advierte: “¿Te quejás ahora? Esperá a que crezca, ya vas a ver”.

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