Historias de la Villa: Aquellos años que parecen ayer…

Por: Miguel Andreis

Sábado a la noche en la villa. La piba aseguró que saldría con las amigas. No estaba segura dónde irían. El Flaco y el Colorado habían lavado las motos durante toda la tarde. La Siambretta estándar 125 había quedado un chiche; la Gilera Sprint mejoraba la pinta. No era el Fiat Iawa que mataba, y mucho menos un Torino doble W. con estéreo a magazine; pero la moto empujaba para ganar al sexo opuesto. Por entonces “levantar” una mina no era una cuestión simple.

Cerca de las 9.30 comenzaba el proceso de darle lustre a la facha. Aquellos que usaban patillas la perfeccionaban con la Gillette azul, vaya a saber quién dijo que era más exacta a la hora de darle forma; otros se inclinaban por los bigotes mexicanos y los más osados, chivita. La recomendación a la vieja para que se esmerara con la plancha y que los Oxford piel durazno estuvieran impecables con la raya. Perfecta de cintura a zapatos. El saco largo y apretado, azul o negro y botones dorados.

La previa…

El viejo que puteaba porque no le desocupábamos el baño. La camisa floreada y fuera del cinto, para los que iban de sport-sport. El pulóver –todavía no se le decía suéter- para enroscarse al cuello.

Usar el pelo largo, escuchar a Los Beatles, Creedence, Bee Gees; Elvis, insumía más tiempo de estar echados sobre el espejo. Un chorro de colonia Gillette, o de Old Spice; las chicas se inclinaban por el 7 Brujas, o el Polyana… (555 con perfume francés).

Comer livianito porque rato después vendría la pizza del Edén Bar, con la singular atención de Rino o Mario Cena; o las de Antón, o las de Imperio… Cada una tenía sus virtudes. Si el bolsillo no estaba demasiado flaco, se podía elegir mesas para junar el paso de ellas: Cristal; el americano; Copetín al Paso; La Esperanza, La Madrileña, Clac. O el Maifito en la Galería Internacional.

Chac, el de mayor convocatoria

Y siempre alguno que largaba con: ¿Y, ¿dónde vamos? Siempre Chac era la primera respuesta; Kreo tenía una convocatoria casi más selecta. Allí se acumulaban las pibas más lindas- se decía. Mucha música en inglés. Claro que para el último dejábamos a El L´ibhou. Ahí se cerraba la noche. Cada uno con su gente. Con sus géneros musicales. “La vuelta al perro” era casi un precalentamiento. Cada vidriera servía de espejo.

Los petisos odiaban la moda. Ellas usaban tacos de maderas altos como escaleras. Y ni hablar cuando se impusieron aquellos peinados llamados Toca, Spray puro y quince centímetros más de altura. Incómodos y delatores peinados a la hora del apriete. Polleras minis, o los hot pang, tapados largos maxi y camisas de pocos botones, con botas hasta las rodillas.

Chac convocaba la llamada clase media; mientras que Kreo, la media alta. El L’ibhou, no tenía aspiraciones de clases. Todas venían bien. Claro que si estabas en pareja tenías el Kichatén en la General Paz al frente de la Plaza; o Templo en la Catamarca.

Los setenta fueron los últimos años de los domingos de Ronda Juvenil, en el salón del Central Argentino; bien familiar, donde la vieja arriaba las chicas vecinas y oficiaba de cuida con todas. Eran tiempos del cabezazo. Los rebotes dolían tanto como un pisotón… más tarde aparecería otro punto de convocatoria: el Club de Meister Burg en la ex sede del Club Sarmiento; (Buenos Aires al 1200) disc jockey y milonga de domingo tarde-noche.

Atrás habían quedado lugares bailables como El Lazo; El Grillo. Otros puntos de encuentros y “escapadas” fueron Emiliano a escasos metros del Anfiteatro; Miura; o el K33 al fondo de la Galería Goldberg; o Z, detrás del Sport casi tocando el río. Menú, para intimidad sin miradas de curiosos; El Bongó. Posteriormente, llegarían Kabranca, una de las más lindas de todos los tiempos que infortunadamente se incendiaría; o el Jet Set. Las milongas en los pueblos.

Cada gusto musical tenía sus propios referentes de las púas. Allí estaban desde los Bee Gees, pasando por Creedence; Los Beatles; Elvis, los Iracundos; Los Pasteles Verdes o los Ángeles Negros; Heleno o Leonardo Favio.

Sin dudas que el más popular que no ingresaba en las elites sociales era Palito Ortega quien disputaba su popularidad con Leo Dan. Algo más atrás en las ventas de discos vendrían Juan Ramón; Sandro; Bárbara y Dick, Donald…

La villa tenía sus lugares y sus códigos. A las tres y media, con alguna yapa aparecía en los boliches la voz del Topo Gigio con el “vamos a la cama que hay que descansar…” Eran los últimos enredos de manos.

Una postal de Kreo, el boliche que marcó una época.

Difíciles de levantar

Rebeldes para el regreso, antes pasaríamos por la Estación de Baudino o por La Perla para mezclar algún submarino con el último vodka con Crush de la noche.

No era fácil levantar una niña para intercambiar roces de piel. Los más osados escaparían hacia la Salta fuera de la ruta pesada. 5 pesos mediante podías tener afecto prestado de las chicas de la Paula o de la Selva.

Casi cancheros, y llenos de rock y twist volvíamos. ¡La pucha qué manera de joder! Es lo que diríamos al otro día.

Ya nada es igual, ni mejor ni peor, los setenta tuvo la impronta de Cortázar y las canciones de los “Oli”, para algunos, otros, Los Beatles; los ochenta se multiplicaron las ofertas musicales; y transitaban heridos el tango y el folclore…

En el 90 no sólo que perdimos las patillas sino el cabello también… la vida se nos había pasado rápido como un bostezo. Vaya a saber dónde fueron a parar las Siambrettas, las Gileras, Zanellas, Vespas o Pumas; los Iawa o los Torinos; los 600 y los Gordini, los 3 CV, los batidos de cabello como parvas de pelo, altura que mataba a los petisos… los tacones de madera o los pantalones Oxford…

Hoy somos todo eso, algunas grietas en la piel, dolores porfiados de recurrencias y borbollones de recuerdos. El pasado sábado, un huracán de gratificantes vivencias se nos cayó de golpe… el domingo, fútbol y siestas largas para a la tardecita, tratar de cruzar miradas en la vuelta del perro… otros tiempos.

Una cultura que se la llevó el tiempo…

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