[Historias de un vicepresidente distinto] Quién fue Elpidio González

Escribe: Miguel Andreis

Su duda tenía que ver con el cuánto sabemos o conocemos de una historia no muy lejana. Con los hombres olvidados. Diariamente con su perro recorrían la costanera.  Como él cientos en el mismo desafío.  

Miró el cartel nomenclador cerca del Anfiteatro y se animó a detener primero a dos mujeres, más tarde a un hombre de entrada edad que se movían rápidamente.

Sonrió y les preguntó: «Disculpen, ¿saben ustedes quién fue Elpidio González… el hombre por el cual esta avenida lleva su nombre?».

Se sorprendieron con la interpelación. Levantaron los hombros, respondieron que no y continuaron corriendo. Le hubiese gustado contarles la historia de esa persona. No muchos lo saben…

Ramón Columba, eximio caricaturista y excelente recopilador de anécdotas, especialmente aquellas ligadas al plano gubernativo, cuenta lo ocurrido entre los años veinte y cuarenta en la Legislatura Nacional, titulando la obra «El Congreso que yo he visto».

En dicho texto avanzó sobre la singular vida del dirigente radical Elpidio González, quien naciera finalizando el 1800, y ocupara varios cargos públicos: diputado nacional, ministro de Guerra y vicepresidente en el segundo mandato de Hipólito Yrigoyen, entre otros.

De lento caminar, desgarbado y larga barba blanca, siempre ensobrado en un sacón rústico, austero sin disimulos y modesto en sus hábitos, eran algunas de las características del referente.

Al retirarse del cargo de vicepresidente, acumulaba deudas por 70 mil pesos

Don Elpidio al asumir como vice de Yrigoyen, hizo una declaración jurada sobre sus bienes, la cifra alcanzaba los 750.000 pesos de entonces; al retirarse del cargo no sólo que ya no contaba con esos valores, sino que acumulaba deudas por 70 mil pesos.

El golpe militar del ´30 lo aleja de su función, y es llevado junto con Yrigoyen a la Isla Martín García.

González junto con Hipólito Yrigoyen (a la izquierda del entonces presidente).

De regreso a la vida civil, casi en la absoluta miseria, para ganarse la vida comenzó a trabajar como corredor mercantil, ya lo había hecho antes, más precisamente consiguió conchabo como viajante de anilinas de la famosa marca Colibrí.

Visita desde ferreterías hasta pequeños y medianos comercios. Su movilidad, subtes o tranvías, hecho que lo contactaba con la gente en forma permanente. Su inconfundible imagen de larga barba blanca, hacía que todos lo reconocieran instantáneamente, varias manos estrechaban la suya a cada paso.

No había chofer o guardas en ninguno de los medios que le cobraran el pasaje. “Atención de la empresa” decían. En más de una ocasión los ciudadanos comunes no lo dejaban abonar el café: «es un honor para nosotros poder invitarlo don Elpidio».

No había chofer o guardas en ninguno de los medios que le cobraran el pasaje

El fallecimiento de su madre, con quien vivía, lo lleva a trasladarse a un viejo hotel de quinta categoría. El presidente Juan B. Justo, autor del golpe y quien lo enviara entre rejas, se entera que el hotel ubicado en la calle 9 de Julio (a punto de ser transformada en avenida), donde vivía González, iba a ser demolido. Todos los que allí paraban serían trasladados al hotel de los inmigrantes, lugar donde los pobres encontraban un techo.

El primer mandatario suponiendo que al tomar conocimiento la gente común sobre lo que pasaría con el vicepresidente, le dio órdenes estrictas a su secretario. La misiva para el exfuncionario era clara. Esa mañana el desalojo era inevitable, la obra estaba en marcha. Muchos huéspedes se oponían al traslado. No querían ir a una ratonera.

En un cuartucho estaba Elpidio, silencioso, sin prisas, preparando sus pocas pertenencias cuando siente golpear la puerta. Allí estaba el emisario presidencial, quien lo saludo cortésmente diciéndole… «Sírvase, esto se lo envía el presidente Justo para usted, quien además le hace llegar sus más sinceros afectos», aprieta la mano, inclina la cabeza y se despide.

El exvice corta el pesado sobre de papel madera y gran cantidad de billetes de mil pesos aparecieron en sus manos. No supo cuántos, no atinó a contarlos. Sin dudarlo un instante salió corriendo detrás del funcionario y cuando el mismo terminaba de bajar los últimos escalones de la desvencijada escalera, lo alcanza y con voz firme le indica…

«Tome, tome, devuélvale esto al señor Presidente y dígale que le agradezco la intención, pero otra actitud de ofensa como la presente y jamás volverá a recibir el mínimo saludo mío».

Dio media vuelta, molesto y sin mediar otra palabra volvió a trepar los peldaños. Esa noche durmió plácidamente en un cuchitril desolador, plagado de inquietas cucarachas, pero tranquilo, muy tranquilo con su conciencia.

Aquel dinero rechazado -luego se supo- habría alcanzado para comprar una confortable mansión en cualquier lugar de Buenos Aires. A la mañana siguiente pasó un plumero por el maltrecho maletín y partió, como todos los días, a ganarse la subsistencia.

Aquella contingencia, entre otras, fue el detonante para que el Congreso Nacional dictase una ley que les permitiría a todos quienes pasaron por cargos del Ejecutivo beneficiarse con una importante remuneración jubilatoria.

Ni Elpidio González ni Hipólito Yrigoyen, aceptaron la misma. ¿mística?, ¿moral?, ¿ética?…

Para no pocos dirigente Elpidio González fue un ser sin ambiciones, sin perspectivas de la vida, sin previsión. Para otros, un ejemplo de conducta en la función pública…

Ya anciano y con un difícil pasar financiero, falleció una mañana de otoño, pobre, pero honrando la profesión de político que fue su gran pasión.

Para no pocos dirigente Elpidio González fue un ser sin ambiciones, sin perspectivas de la vida, sin previsión. Para otros, un ejemplo de conducta en la función pública…

El exvicepresidente terminó sus días como vendedor ambulante.

Miró nuevamente el cartel azul con letras blancas y tuvo el deseo de seguir preguntando si sabían quién era Elpidio González. Desistió.

Esa noche escribiría sobre él. La gente tiene que conocer porqué esa arteria lleva su nombre…

Hay tantas calles con nombres inmerecidos, tantos, se dijo…

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