[Historias de vida] Doña Lina, 92 años de trabajo, militancia y “señorita maestra”

Lina Cleofe Casas de Borejko cumplió 92 años hace dos meses, y esta vez, por la pandemia, fue la primera vez que no fue a votar. Se casó en el 54, tuvo un hijo y cuando enviudó, nunca volvió a formar pareja. Un repaso por la vida de una vecina de la ciudad de Villa Nueva.

Escribe: Carolina Durand

Cuando me apersoné en su casa, Loli, su acompañante desde hace 8 años, abrió la pequeña ventanita en la puerta y me hizo pasar. Tomé asiento en uno de los amplios sillones y desde el fondo de la cocina, pasando por el comedor hasta llegar al living, se trasladaba doña Lina con su andador, con paso lento, pero firme. Tomó asiento en una silla al lado de la biblioteca y se peinó un poco.

Me miró y exclamó “¡Acá estoy!”, con una gran sonrisa, ojos brillantes y sin entender demasiado mi visita.

En principio íbamos a hablar sobre su apego al radicalismo desde siempre y su compromiso con el deber cívico: este año fue la primera vez que no pudo ejercerlo por la pandemia. Desde marzo del 2020 no sale de su casa.

Cuando empezó su narración, se puso cómoda y yo la acompañé. Acerqué el sillón que estaba a unos dos metros para escucharla mejor y, enseguida advertí que sería una extensa charla. Lo que serían 20 minutos terminaron siendo dos horas y media.

Su infancia transcurrió en Colonia Marina, una colonia de piamonteses a 40 kilómetros de San Francisco. A los 7 años se fue a vivir al campo en Las Rosas, Santa Fe.

Lina fue militante radical en su juventud. Este año no votó por la pandemia.

“Fuimos humildes, pero felices. La comida nunca faltó”

“Mi padre era español y sabía hacer de todo. Mi madre me enseñó a coser, a tejer, a cocinar y a hacer el pan. Hemos sido pobres y humildes, pero nunca pasamos hambre. Caminábamos dos cuadras para conseguir agua dulce porque en el campo había agua salada, pero, nunca nos quejamos”, comenzó a relatar.

“A fuerza de esfuerzos tenía mi uniforme limpio, mis zapatillas blancas y a mí me gustaba mucho estudiar; terminé a los 12 años la escuela con el segundo promedio más alto y trabajé en la biblioteca de la escuela”, agregó.

La mujer hizo un parate mirando hacia el piso y esbozó: “Fue una linda época, pese a la década infame que vivía el país”.

Antes de mudarse a San Francisco, donde trabajaría 6 años en una fábrica de zapatos y conocería a su esposo, Lina fue convocada en la localidad donde transcurrió parte de su adolescencia para ser fiscal. “Yo no sabía nada del sistema, pero me enseñaron y presté servicio a los radicales. Fui la primera mujer fiscal por entonces. En esa época, también votaban hasta los muertos”.

Doña Lina se fue a los 19 a casa de una prima en San Francisco a vivir y a trabajar. En aquel entonces, la ciudad cordobesa estaba en pleno auge industrial, con focos de fábricas de máquinas de coser, de zapatos y zapatillas, y de bicicletas.

“Gracias al novio de mi prima entré en una fábrica de zapatos. Eran todos peronistas y los delegados nos obligaban a escuchar al Gral. Perón por la radio. Yo hacía mi trabajo y guardaba silencio, yo era radical y eran tiempos complicados para la política y las mujeres”, relataba mientras miraba la lejanía.

Delegada radical en un mundo peronista

De repente me miró, como si reviviera el momento y con picardía y tesón prosiguió: “Una delegada, peronista, se iba a casar y mis compañeras me pidieron que sea delegada aun siendo radical. Nadie lo sabía, solo mi grupo más cercano, y así fue, representé nuestros derechos en la medida que nos dejaban y alzaba nuestras voces ante las injusticias de los superiores y los malos tratos”.

En ese entonces, las mujeres se reunían en grupos e iban a los bailes de los clubes. A la hora de hablar del amor en la vida de Lina, ella se puso pensativa, se acomodó en su silla y prosiguió su relato: “Su nombre era Wenceslao Basilio Borejko, polaco. Presenció la guerra alemana y vio morir a su padre en su casa delante de los ojos de su familia. Era Técnico Electromecánico y trabajaba en la empresa AMPER”.

Wenceslao era vecino de Lina, de patios lindantes desde hacía unos años. Él solía decirle “Señorita maestra”, porque ella daba clases de catequesis a los niños del barrio, ya que siempre fue muy creyente.

“Una noche fui a un baile, él se acercó, me dio la mano y me invitó a bailar. Hablamos, me contó parte de su vida en Polonia y en medio de la conversación me preguntó: ‘¿Usted se casaría conmigo?’”.

“Sonreí y me desconcertó. No supe qué contestar. Seguimos charlando y me preguntó dónde iría el domingo, a lo que le contesté que todas las mañanas iba a la iglesia Cristo Redentor y, él con un paso atrás me afirmó: “Yo no soy creyente, perdí a mi familia y vi cosas espantosas en la guerra. Me crié en un orfanato”. Lina entendió por qué su alejamiento de Dios.

El amor dobla los robles

“Por todo lo que me contó en el baile, fue una gran sorpresa para mí, salir de la iglesia al otro día y verlo allí, esperándome”.

Wenceslao y Lina se comprometieron en agosto y cuatro meses después se casaron. “Me casé en dos años, el 31 de diciembre del 53 por civil y el 1 de enero del 54 por iglesia”, recordó con una gran sonrisa. En medio de su relato, el humor siempre estuvo presente acompañado de suspiros, silencios y su voz con altibajos.

Tenía 25 años cuando se casó y emprendieron viaje a Villa Nueva, barrio Parque, donde viviría hasta la actualidad.

Su marido viajaba permanentemente por trabajo montando estructuras y haciendo mantenimientos. Ella se abocó a la casa y la crianza de su único hijo, Isidoro Carlos.

“Mi hijo era muy simpático e inteligente. Cursó su jardín en el Belgrano, 1° y 2° en el Inmaculada Concepción y termino la primaria en el Mitre. Luego, la secundaria la hizo en Villa María en el colegio Rivadavia”.

Doña Lina fue tesorera de la Cooperadora del colegio Bartolomé Mitre y tomó la iniciativa de conseguir leche y azúcar para todos los niños. “Querían darle solo a los más humildes y eso iba a significarles una burla, así que salimos a pedir a la Nestlé la leche y a Baudino 5 kilos de azúcar por semana y, de esa manera, la leche por la mañana y la tarde, era para todos por igual”.

Trabajo incesante por los niños

En la década del 80, la Casa de la Cultura brindaba talleres culturales de cocina, baile, tejido crochet, a 2 y 3 agujas, corte y confección y Lina dictaba el de bordado.

La Casa de la Cultura villanovense, donde Doña Lina dictaba talleres.

Otra iniciativa junto a un par de docentes, fue la que actualmente se conoce como Escuela de Modalidad Especial, Pablo VI.

“Advertimos que había niños que tenían inconvenientes para seguir el ritmo de algunas clases. Por eso decidimos junto a otras maestras, brindar clases extra de apoyo hasta que los niños nivelaran su aprendizaje y pudieran reincorporarse a las demás escuelas primarias”, comentó.

Y agregó: “Nos pusimos en campaña para conseguir sillas, bancos, ventiladores, calefactores y, conseguimos un lugar al lado del colegio de Las Monjas. Luego nos enviaron atrás de la iglesia, de allí al barrio Malvinas, hasta que el gobierno de (José) De La Sota toma el proyecto y construye el actual Pablo VI, incorporándolo al sistema educativo oficial”.

Además, fue militante y concejal suplente en la lista con Carlos Zanotti en el 83.

Por su parte, su hijo, Isidoro Carlos, estudió medicina en Córdoba, fue médico generalista, alergista y cirujano. “Transcurrí muchos años entre Villa Nueva y el complejo de estudiantes de Córdoba donde vivía mi hijo cuando cursaba la carrera. Eran 27 departamentos de muchachos y yo era la única madre. Siempre alguno me golpeaba la puerta preguntando cómo lavar un pantalón, cómo hacer alguna comida, eran buenos chicos”, rememoró.

Mi hijo, el doctor

“Cuando mi esposo falleció de un infarto, luego del velorio volvimos al complejo con Isidoro Carlos y los muchachos estaban ese día en un festejo de guitarreada. Cuando nos vieron entrar, uno paró la música y dijo que se terminaba la fiesta, por respeto a mí y a mi hijo, y no sonó una sola cuerda en esos días”.

Cuando falleció el Sr. Borejko, Isidoro estaba a tres materias de terminar la carrera, una de esas materias era cardiología y estaba a negado a rendirla.

Lina entre nostalgia y algo de picardía, detalló que habló con su profesor a escondidas y le explicó por qué su hijo no quería rendir esa materia y logró que entendiera el momento que atravesaba su hijo.

El profesor citó a su alumno y le hizo entender que: “Aunque al momento del fallecimiento hubieras tenido el título y tenido toda la aparatología del momento hay cosas que exceden incluso a quienes velamos por la salud de los otros”.

El joven rindió con excelentes notas en toda su carrera, prestando servicio hasta su último momento. Falleció en el año 1999, pocos años después de su casamiento. El esposo de Lina este año cumpliría 102 años.

Familia y amigos

La mujer nunca volvió a tener pareja. Tuvo la oportunidad de recorrer Suiza, Polonia, España, e incluso metió sus pies en el Mar Muerto.

En Villa Nueva, doña Lina no tiene familia sanguínea, pero sí ha cosechado muchos nietos del corazón que la visitan para saber cómo está o si necesita algo.

Dolores (Loli), la acompaña hace 8 años, cuidándola y ocupándose incondicionalmente. A Lina le siguen gustando las plantas y aún hace bordados en su casa. Aunque, tiene algunos inconvenientes en los riñones y padece una arritmia, sigue con una gran lucidez y se podría hablar con ella repasando sus historias y viajes durante horas.

Será hasta la próxima.

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