[HISTORIAS] Marcelino Arballo: “Cuando el montañismo y la muerte se hermanan”

(In memorian de Marcelino)

Marcelino Arballo (81 por entonces), radicado desde hace varios años en Villa María, es uno de los pocos montañistas argentinos que logró ascender en cinco oportunidades al imponente Aconcagua. En una de ellas, participó en el equipo que llevó los bustos de Perón y Evita a la cima del cerro.

En 1997 se cumplió el centenario de la primera excursión exitosa a la montaña más alta del continente occidental. El pionero fue el suizo Mathías Zurbriggen en 1897, al frente de la expedición Fitz Gerald.

Arballo se conformó en un activo integrante de los primeros argentinos que hicieron cumbre en el lugar el 24 de enero de 1953. En la actividad, los riesgos se diversifican y el mínimo error se paga con la vida. Una de esas anécdotas nos la narra Marcelino en primera persona. Un hecho realmente conmovedor.

Escribe: Miguel Andreis

“¡Luca… Luca… Dávila… Dávila!  ¡Dios mío! La tormenta, el intenso viento ahogaba mis gritos… Lucaaa, no me escuchaban, me daba cuenta con lo que aún me quedaba de lucidez mental, si a eso se le podía llamar lucidez”.

“No podían escucharme, el aullido por momento lúgubre del viento también apagaba mis llamados sin destino. La oscuridad envolvía todo. Un inmenso vacío, ahí se iniciaba el cosmos, en mis propios pies, se extendía hacia el infinito, presumiblemente cerca del abismo de los paredones occidentales”.

“Lo irreal estaba presente, la nieve en remolinos helados semejaba una indescriptible telaraña blanca. Agitaba todo en derredor, lo empujaba vigorosamente, manotazos de ráfagas, hielo, oscuridad, locura, desesperación. Seguía gritando con escasa fuerza… ¿pero gritaba? Fui hasta el lugar donde habían quedado mis compañeros, estaban más arriba”.

A cincuenta años de la ascensión de Zurbriggen, en 1947, los alemanes Thomas Kopp Y Lothar Herold, llegan con fatigoso esfuerzo al pico S, distante entre ochocientos y mil metros de la cumbre. Peligrosa trepada en el Aconcagua.

“Personalmente dudo que alguien desee ambular por los callejones y canaletas de esos paredones; por allí estaría el cadáver de Elso Giraudo, muerto en 1951, un ex alumno mío de esquí.

Fue en 1953, en que se conformó la primera expedición argentina que alcanzara con éxito el pico Sur. Sabiendo ya lo del hielo en la cresta, utilizamos sogas y grampones para atravesarlo. Vimos bastante conservado el esqueleto de un guanaco. Con mucha piel. Nos preguntamos cómo llegó hasta allí. Posiblemente escapando del mayor depredador: el hombre”.

Ahora, un nuevo desafío

“Era yo el de mayor experiencia de los tres. Me avalaban cuatro ascensiones al cerro, de las cuales fueron al pico norte tres y una, el 29 de enero del ‘53, al pico sur. Hacía 16 años que practicaba el montañismo con pasión. Además, oficiaba como instructor de escalamiento sobre hielo y roca, en supervivencia, y en esquí. En alguna de estas especialidades logré competir a nivel nacional e internacional.

Con las últimas luces del primero de marzo de 1958, habíamos iniciado el ascenso Jorge A. Luca, Américo A. Dávila y yo. Los tres entrenados en altura que oscilaban entre los 4.800 y 5.000 metros. Desde el campamento base, llamado “Plaza de Mulas”, tomamos la ruta O, llamada normal o de los Refugios.

Por allí, hace más de cien años, transitó el pionero en subir por esa montaña. Por momentos y en silencio, mientras hacían ruidos los botines contra el piso, o alguna piedra que rodaba, miraba hacía el Océano Pacífico, fácilmente ubicable a unos 280 kilómetros.

Insistentemente observábamos si aparecía alguna nubecita, no podíamos descuidarnos, ella nos indicaría si podríamos retroceder o avanzar. Anduvimos la canaleta final, trepamos la cresta que une a ambas cumbres, transitamos por ella en dirección sur. Pocos minutos pasaron y vimos nuevamente las nubes.

Dios, otra vez las nubes –nos dijimos-.

Esas señales que históricamente han hecho retroceder a los cautos. ¡Alto, miren!, no hubo necesidad de mirar hacia dónde y qué. Luca y Dávila ya habían acordado secretamente que esta vez no regresarían por más tormenta que hubiera. De tal manera y al unísono se opusieron a retornar. Discutimos, ellos contra mi decisión de abortar la expedición al pico Sur.

Firmes en su actitud, no aceptaban dar la vuelta. No bajamos –expresaron convencidos-, ¡estamos cerca y tenemos tiempo de ir y volver! ¡No hubo manera de que escucharan razones, no tenían la intención de aceptar lo que se le indicaba!

Algo frío y que no provenía del clima, recorrió mi cuerpo. Me pregunté qué hacer. Probablemente si regresaba solo, estaría sin dudas a salvo. Ambos se habían sentado a descansar, o en todo caso, en una sentada como diciendo de aquí nadie nos mueve. De aquello ya ocurrió más de cuarenta años, varias veces me lo pregunté, qué habría pasado si los dejaba y echaba a andar. Hubiéramos tenido que subir luego a buscarlos, cuando el factor meteorológico lo permitiese. De eso estoy seguro, por lo que sobrevino después…”.

Fifí, la perrita enterrada en la cumbre

“Cuando comienza el viento helado, con borbotones de nieve, tiñendo todo lo que encuentra a su paso, ya estábamos en la misma cumbre Sur.

Ahí estaba el libro que yo había dejado cinco años antes, en una pequeña caja el busto del Libertador, el General José de San Martín, nuestra máxima figura. Se trataba de un premio que había obtenido en una competencia internacional en lanzamiento del disco”.

“Por su parte en el pico Norte, tapada con rocas, sin ser vista por quienes visitan el lugar, yace la perrita “Fifí”, animal que perteneciera a Juan J. Link, muerto en ocasión de un temporal desatado durante la trágica expedición de 1944, en la que perdieron la vida, además, Adriana Vance, Hans Kneil, el profesor Schiller.

Pienso que, a partir de ese secreto, de la perrita, quienes hagan cumbre seguirán sacando piedras para ver lo que quedan de esos huesitos que estaban al sotavento de las temibles ráfagas del Pacífico. El día que la encontré habían pasado once años de su muerte.

El lugar era bien visible, sólo que ese día la cumbre emergía como para hacer un picnic. Allí estuve más de dos   horas, lo peor, sin cámara fotográfica.

En todas las cumbres se dejan comprobantes de las llegadas, la hora, el estado del tiempo, los componentes, etcétera. En una etiqueta de cigarrillos, habían escrito dos nombres de chilenos, en el cerro Banderita Sur. En unos cartones de cajas de arroz, figuraban tres nombres del Club Andino de Buenos Aires y la fecha de llegada”.

Una marcha llena de peligros

“Seguimos con lo nuestro. Cuando se arma la tormenta en el pico Sur, eran las 14.39 horas, del 2 de marzo del ´58, apuramos para regresar. Nada de fotos. Queríamos bajar, huir, escapar a las fuerzas ya desatadas. Se hacía difícil el tránsito, la falta de visión, las piedras tapadas por la nieve nos obligaban a movernos con máxima cautela, el viento con sus manotazos y a la derecha, tres mil metros a pique de vacío absoluto. Más de sesenta minutos nos esperaban de marcha para llegar a “La Puerta”, un estrecho pasaje para entrar a la canaleta. El tramo de hielo que está entre ambas cumbres nos permitió transitarlo por abajo, sin necesidad del uso de grampones y cuerdas, fue un alivio”.

“Aproximadamente debió cumplirse una hora de marcha para que nuestra visión se transformara totalmente en difusa y nubosa, es lo que denominan la ceguera blanca. Un túnel totalmente oscuro. Por momentos apenas veíamos nuestros pies, nos observábamos a nosotros mismos como fantasmas, como seres extraños de otros planetas. Grotescos, vacilantes, ahí se nos terminó la marcha, se nos acabó el piso… un paso más y el vacío.

¿Dónde está la salida, en todo caso, dónde estaba la entrada a la canaleta?

Retrocedimos sobre nuestros pasos, el drama tomaba otra variación. Las tres piquetas buscaban el suelo firme por donde descender unos treinta metros. No era simple. La piqueta toca el suelo a tientas, con cautela, siempre adelantado, golpeando y escuchando el rebote del ruido para poder seguir descendiendo. Era peligroso y lento, pero había que bajar, bajar se transformaba en la palabra seguir viviendo.

Por la dirección del viento no me doy cuenta que nos dirigíamos hacia los paredones occidentales del Aconcagua. Desde el campamento base Plaza de Mulas, se los ve tremendamente verticales y tenebroso. Allí permanecía seguramente el cadáver de Giraudo, perdido en 1951.

La nieve cobraba altura, ya nos llegaba a las rodillas, prueba suprema para nuestras piernas y pulmones. A medida que descendemos el terreno se vuelve más inclinado. Caminamos en forma transversal. Un cansancio alarmante se nos incrustaba dentro nuestro. La nieve era una tintura de roca y piedras de dudosa consistencia. Al tocarla con nuestras piquetas, salían disparadas como refucilos hacia abajo”.

Los até a la cuerda…

“Decido usar la cuerda, le doy un extremo de ella a Luca, comprendo que su estado era preocupante, parecía un zombi, me miró, al parecer sin darse cuenta de para qué era la cuerda, no la tomó, insisto en que se la ate… nada. Hice un lazo doble, uno se lo coloqué por el hombro como banda y otro como faja. Para hacer los nudos debí sacarme los guantes. Ya que estos solo tienen libres el dedo pulgar, debajo tenía otros de lana tejida. Hice lo mismo con Dávila.

El frío era terrible, espantoso, ahora me doy cuenta, estaba aterrorizado, yo no podía mover los dedos de ambas manos, se parecían a las de un muerto, los pulgares separados, abiertos. Sin hesitación, los enganché en el borde de la ropa del tronco y pegué ambas manos a la piel del pecho, no pude evitar un grito que brotó ronco de dolor.

Los segundos pudieron haber sido minutos, días, aquello parecía eterno, hasta que empecé a moverlos. Cuando se calientan el dolor es increíblemente intenso. Me brotaron lágrimas y mocos, más la nieve colada en la piel, la cara era una pasta.

Atado yo también, comenzamos a faldear la pared, el viento había amainado algo, no así la nevada, la visión mejoraba, veíamos entre cinco y diez metros. Comenzaba a oscurecer. El faldeo de la pared, siempre en descenso, debe haber sido de unos 120 metros. Ya por entonces la nieve nos llegaba a la ingle.

Nos desatamos intuyendo que allí no había glaciares, por lo tanto, tampoco grietas. Supuse algo menos de peligro.

Mientras envolvía la cuerda, les digo quédense aquí, iré en busca algún lugar para pasar la noche. Estén atentos y cuando los llame, bajen. No sé si fue error separarnos, pero estábamos tan agotados que prefería que ellos se repusieran descansando. Interiormente presentí ser el que de los tres estaba en mejores condiciones físicas, no obstante, mi voz sonaba entrecortada. Sin oxígeno, el frío y el cansancio te mordía por todos lados. Presagiaba una tragedia final…”.

“Respiraba con mucho esfuerzo y deseaba seguir la lucha… esto me trajo poco a poco un lacerante dolor en el pecho, eran los bronquios, que el aire helado había empezado a lastimar con tanto envío. También la mente se desgastaba y emergían percepciones irreales, alucinaciones.

Ante mí aparece algo enorme, oscuro, que me cerraba el paso; un paredón, extendí la mano y no toqué nada, seguí descendiendo y sí, ahora estaba ante un paredón que se perdía hacia arriba, justo fui a dar donde era vertical, extra plomo. La base me pareció aceptable para pasar la noche. Giro para dirigir los llamados donde estaban mis compañeros… Lucaaa, Dávila… solo el viento y la nieve. No sé los minutos que grité… y volví sobre mis pasos y subí con la nieve casi a la cintura, busqué referencias y muy lentamente intenté trepar”.

Parecían muertos

“Comienzo a subir en busca de los compañeros, ya las pilas de la linterna estaban como yo, fundidas, seguí llamando sin respuestas. Pasaron muchos años desde aquellos momentos vividos. Los andinistas, con sus propias leyes de juego, allí se pierde la noción del tiempo y del espacio, lo que sí sé es que nunca fui tan poca cosa como en aquellos instantes. Llegué, los vi acostados, inmóviles, me conmoví, los sacudí insistentemente, gritaba, pensé que estaban muertos. Se movieron. Insultaban… estaban vivos.

Descendimos con mis muertos vivos, Dávila se quedó unos metros y desviándose, conversamos, cavamos un hoyo con las manos, allí cerramos los ojos un rato, la nieve nos hizo desaparecer de la superficie. Nos dábamos calor con Luca y a cada rato nos hablábamos para evitar dormirnos los dos, recordé en esos instantes a otros que pasaron iguales situaciones y no volvieron más”.

El cuerpo rebotando entre las piedras

“El dolor en el pecho continuaba, era intenso, crecía, se extendía hasta los pulmones. Apareció la fiebre. Algo en mí no andaba bien. Supe que si respiraba hondo se reventarían. Amaneció y los chuchos de frío fueron creciendo. Con Luca nos dijimos qué será de Dávila, un ruido sordo, brutal, nos sobresaltó. Era un alud, empujé a Luca y rodamos contra una pared rocosa, tuve mejor suerte que él. Apenas algo de nieve me entró por la ropa. Moví las manos como remolinos hasta llegar donde se encontraba mi compañero. No nos tocó la peor parte.

Avanzar se nos tornaba complicadísimo, nos hundíamos, compactando la nieve como podíamos, para que no nos tapara, ingresamos en una garganta enorme, no hablamos por temor a que las vibraciones de la voz produjeran nuevos desprendimientos. Dávila emergió, casi no se veía, había que bajar una cuesta.

Ellos lo hacen por una soga mientras yo los sostengo, era mi turno, levanto un montoncito de nieve sobre una pequeña roca, le doy vueltas de soga. Intuí que eso no aguantaría demasiado. Les grito que esperen abajo, en el lugar donde hipotéticamente podía caer. Si no me atajaban, el vacío al que indefectiblemente me deslizaría, alcanzaba fácilmente los 500 metros.

La decisión no fue simple. Comienzo a descender, y enseguida la cuerda cedió, y al instante sentí mi cuerpo rebotando pesadamente entre la nieve y el hielo. La caída fue de varios metros. Ellos me trabaron para que no continuara rodando. Se sumaban más dolores. Insistí en continuar, caíamos, tropezábamos.

Distintos grupos habían subido a rescatarnos, todos los componentes de los distintos equipos, especialmente, estaban en nuestra búsqueda. En Mendoza, dos de los diarios más importantes titulaban “Una expedición al Aconcagua bloqueada por el temporal”.

Prepararon ambulancias y equipos especiales. Los vimos. Ya no nos respondían las piernas ni los brazos, las reacciones del pensamiento eran lentas. Los gritos de júbilo de la gente penetraban nuestros oídos. Nos abrazaron, y sentí un gran dolor en el pecho cuando me apretaban afectuosamente.

Luca, algo ciego, Dávila con los ojos cerrados. Nos subieron a unas mulas, todo parecía confuso, queríamos descansar. Nos informan que la cabalgata duraría dos horas. Nos embargaba la emoción.

A Luca y Dávila no los volví a ver, alguien me contó que a raíz de aquellos acontecimientos hubo en ellos un deterioro físico y moral. Mi suerte fue más benigna a pesar de haber tenido principio de congelamiento.

Debió pasar algunos meses, con un tratamiento especial, en el mismo año, con otro amigo, escalamos el cerro Chiquero (5.285 metros), virgen hasta nuestra visita…”.

(Narración: Marcelino Arballo)

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