Juana Rivera, infidelidad y muerte por una moneda

No es lo mismo perdonar que olvidar….

El hombre encorvado, de calvicie absoluta, arribó a la Redacción, preguntó por el Director y ya en charla lanzada se presentó. Había trabajado como una especie de secretario de uno de los abogados penalistas más conocidos de Villa María en los años cincuenta- sesenta, el Dr. Villegas, más comúnmente denominado el “Manco”. Profesional de fuste.

De un sobre papel madera tan ajado como añejo extrajo los escritos. Eran expedientes…

Escribe: Miguel Andreis

En su portada se leía “Juana Lucrecia Rivera- Muerte de etiología dudosa”.

Allí estaban tres casos que conmocionaron a Villa María en distintos años.  En dos se leía Poder Judicial, en la tercera “Municipio Tercero Abajo” y algo borroneado “Banco Provincia de Córdoba C/ Abundio Allende”.

Constaba en esas páginas, se trataba de una de las primeras estafas que se urgieron en perjuicio de la entidad crediticia en Villa María, a fines de 1890; el otro, más cercano en el tiempo, década del setenta, aludía a las hermanas Bermúdez, radicadas en calle Sabattini al 600.

Ambas mujeres, que superaban los ochenta años fueron encontradas en su vivienda comidas por los gusanos. Las imágenes patentizaban lo acontecido. Una ya fallecida y la otra con vida. Gusanos indolentes bebían su jugo. Estaban allí, escuálidas, casi perdidas en sus camas. Semanas sin comer, imposibilitadas de moverse. La menor fue internada en gravísimo estado. Murió días después. Daba escalofríos pensar en esa situación.

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Se apoyaba en un bastón de cañas. No demoró demasiado en explicar el motivo de su visita; “Son casos que supo llevar el doctor. Léalas sin apuro, les aseguro que son interesantes. Se las dejo”.  Y agregó apoyándose en su pierna tullida: “Yo era un pibe cuando pasó aquello. Todavía no le ayudaba al Dr. Villegas. Fue un caso muy comentado y controvertido. La gente le terminó echando la culpa al Polaco Votoriesky de lo sucedido… estuvo detenido unos días, pero…”. El Director abrió el expediente. Línea por línea. El visitante tenía memorizado el caso.

Juana Lucrecia Rivera.

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“Oreste Votoriesky, polaco de nacimiento, había llegado al país en 1938, junto con una de las empresas que iba a comenzar a construir la aludida Fábrica Militar.  Vino como ayudantede uno de los ingenieros de Khon-Rottwiell, firma alemana que llevó adelante la parte técnica. La contratación de mano de obra quedó a cargo de ´Colazzo Hnos´. Como él arribaron cientos de extranjeros en busca de trabajo”.

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Por una oferta inesperada le ofrecieron trabajar en el ferrocarril como foguista antes que la Fábrica se pusiera en marcha (1942). Acepta inmediatamente el sueldo, era el doble.

A Oreste le costaba bastante aprender el español. De a poco se las fue arreglando. Entendía y se hacía entender. La necesidad de supervivencia le fue delineando su escasa actitud para el idioma.  De fuerte contextura, rubio, hosco, avaro por historia y pisando los cuarenta le fueron otorgando un perfil de singular individuo solitario.

“Mercadería dura de vender” sostenían sus compañeros cuando aludían a posibilidades de encontrarle una dama que lo acompañara. Vivía en el legendario barrio Rivadavia, en la última calle que topaba contra las vías. Alquilaba pieza y baño”.

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Juana Lucrecia Rivera

El Director Interrumpe la lectura.  Se empantana en detalles que no son parte del expediente: “Será en un baile del San Lorenzo de Las Playas, el primero al que decide ir, luego de la insistencia de quienes compartían el trabajo, donde conoce a una atractiva y treintañera morocha que llegó a la ciudad luego de criarse en el campo, Juana Lucrecia Rivera, oriunda de Ordoñez. Señas, sonrisas y una milonga, un empujón de los cumpas y enfila el polaco hacia la pista. Poco importó el desarticulado ritmo que intentó imprimirle. No acertaba un compás. Apretó fuerte la contorneada cintura. Salida, despedida y cita. Lo demás se tornó previsible en el contexto de soledades encontradas”.

Un año después regularizaban en papeles con sello del Registro Civil aquella relación. Una casita pequeña –sin terminar- casi sobre la ruta 9 sirvió de morada. Entre ambos adelantaban los fines de semana. Mezcla, baldes, azada, palas y cuchara. Mate y pan casero. Así, ladrillo a ladrillo le fueron dando forma al inmueble.

Con anterioridad al casorio, un compañero de máquina – concierto cuidado- alertó al “Polaco”, en relación a la muchacha, sobre comentarios insidiosos que se deslizaban. Le comentó que ‘decían’ que la dama había tenido una larga historia de amor con un casado de su pueblo. Obviamente aquella acotación le molestó, aunque prefirió guardar silencio.

La carencia de amor lo había golpeado fuerte. Tres años después y luego de varias advertencias de sus compañeros, que valoraban  afectivamente al hombre que cruzó los mares, que abriera los ojos en cuanto a su pareja. Se hablaba que en horario de trabajos, otra piel humedecía sus sábanas…

No respondió, pero se le nublaron los ojos

Ese jueves, llegó hasta Las Playas de maniobras y excusa mediante, regresó inmediatamente. Detiene el motor de la Puma primera serie–cambio en el tanque-, una cuadra antes. Sigilosamente ingresa por el pasillo que daba al patio y escucha a través de la ventana… No quedaban dudas, confirmaba por sí mismo el acto de infidelidad. Se le aflojaron las piernas. Un nudo se estranguló en su estómago. Del bolso extrajo el Colt 38 largo, abrió despacio e ingresó a la pieza. Perilla de luz y dos cuerpos desnudos, jadeantes, quedaron expuestos, estáticos, perplejos.

El amante se paraliza. Tiembla cuando el cañón del arma se pega a su nariz. Las lágrimas casi mágicamente regaron el rostro de ella, mientras el grueso y amenazante caño pasó a apuntarle su cabeza…

-…Mire, mire, señor, le pido disculpas, nunca me dijo que era casada, le juro que no lo sabía…–supo que mentía-. Rápidamente comprendió que era el casado de Ordoñez.

-Tranquilo, cámbiese – remarcó en entreverado castellano- con usted no es la cosa.

En pocos segundos calzó a medias todas sus prendas y ya listo para partir con voz visceral la víctima lo detiene. Ahora el arma se dirigía a él.

-No, no, usted no se va así nomás. Antes tiene que dejarme algo…

– ¡¿Qué puedo dejarle yo?! ¡Lo que quiera, pida, pero no tengo nada!

-¿¡Tiene una moneda!? –Responde que sí- “Désela a la señora”. El amante buscó en el bolsillo y sacó una.

– Entréguesela en la mano… pague por el placer – ella la tomó bajando la vista- Era de 20 centavos, chiquita, dorada… Impávida la adúltera bosquejó enhebrar palabras.

-Per… perdóname, te juro que no sabía lo que hacía, por la luz que me alumbra es la primera y última… te lo juro… –imploró sin sacar la vista del arma-

-Mirá… en la vida todo tiene un precio –respondió  Oreste sin levantar la voz.

La diferencia está entre “olvidar y perdonar”. Ambas son complicadas… nunca los perdones son sinceros, y al olvido el viento lo trae cuando quiere sentenció.

Guardó el arma, echó al aventurero y regresó al trabajo.

Al regreso, se paró frente de ella y le indicó: “Mientras vivamos juntos, todos, pero todos los días cuando nos sentemos a la mesa, quiero ver sobre tu plato, esta moneda. Tu actitud como verás, se paga con monedas…” descargó su impotencia.

Pasaba el tiempo y en el ritual cotidiano de la comida, siempre aparecía la de “veinte guitas”, brillosa, perversa, hiriente, sobre el plato que esperaba boca abajo. Dolía a ambos. Jamás el Polaco hizo otro reproche de aquel traicionero accionar. En el ferrocarril nadie ignoraba el infortunio. Ni le mencionaban  el tema.

Paciente y silenciosamente observaba cómo la mujer perdía kilos y emergían indisimulables contrastes en su carácter. Votoriesky estaba seguro que aquel escarmiento era suficiente… Seguía amándola.

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El precio de la infidelidad

El expediente señalaba que… “Un 22 de diciembre – tres años después de haberla hallado con el amante, regresa a su casa –como siempre- en inalterable horario. La mesa impecablemente puesta. Olió ausencia, ella no estaba. En el aparador, clavado con un alfiler, había un papel doblado, presuroso lo alisó. Presagió el final, cabizbajo leyó… “Chau Oreste, hasta siempre, fue demasiado el precio queme hiciste pagar. Que pude soportar…”.

No prosiguió, observó el plato y la moneda no estaba. Se encaminó hacia el galponcito al fondo del patio y allí estaba ella colgando de una soga que usaba para la ropa. Morada. Orinada. La lengua horrible. Enorme. Con los puños apretados. El cuerpo aún flácido no le ofreció demasiada resistencia. Pudo abrirle las manos. Allí estaba la moneda”.

Juana destinó una carta a su familia. Explicaba las razones de su decisión. La familia de ella lo denunció. Precisamente un abogado belvillense fue quien intentó acusar al Polaco de “inducción al suicidio”.

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El Manco Villegas que vivía en la Paraguay (por entonces), cerca del aserradero Bermúdez, fue designado su defensor. No necesitó demasiado para demostrar que Votoriesky no había cometido el asesinato. Al menos demostró que no era el autor directo.

El viejito que no dejaba de golpear el suelo con el bastón, añadió ni paraba en las descripciones rememoró: “…El doctor solía contarme que para él, el responsable (no el culpable) de la muerte fue el Polaco… un hijo de puta. La mató con la moneda. Pero la Ley no prevé casos como esos. El tipo era un psicópata…”.

Hizo un marcado silencio. El hecho no encuadraba en los marcos comunes de la criminalística.

El periodista cerró la carpeta. Creyó que el caso estaba terminado… No. El hombrecito se cruzó el bastón sobre las piernas y demostró que también a él aquello lo había conmocionado. Continuó.

Inició el relato como cambiando la voz: “El Polaco abrumado por la connotación social que lo involucraba, pide traslado a Marcos Juárez. Años después se jubila como ferroviario y entabla amistad y algo más con una enfermera del lugar. Además, consolidó una profunda amistad.  A ella le contó por qué vino a Argentina. Tenía que ver con una cuestión familiar de sus padres.

“Siempre me llamó la atención que sobre el plato de mi madre hubiese una pequeña moneda. Moneda que mi madre apretaba en sus manos el día en que decidió envenenarse. Distintos nombres, distintas cifras, el final se repetía”.

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