Justicia por Báez Sosa, sí: Pero, ¿qué hacemos con los otros Fernandos?

A un año del brutal crimen de Fernando Báez Sosa, a la salida de un boliche en Villa Gesell, el interrogante sigue siendo el mismo. ¿Qué pasa con los otros Fernandos? Los que tienen menos visibilidad mediática y social. Los miles o cientos de miles que permanecen ajenos a nosotros, por nuestra indiferencia, nuestra ignorancia o por nuestros propios miedos, aversión u odio al otro, al desconocido, al distinto.

Escribe: Germán Giacchero

“Justicia es perpetua para todos” fue el reclamo de familiares y amigos a un año del crimen de Fernando Báez Sosa. Tras 10 meses de investigaciones, los ocho acusados podrían enfrentar este año el juicio oral por el delito de homicidio agravado por alevosía. Y podrían ser condenados a prisión perpetua.

A pocos días de su cruel muerte, escribíamos en este espacio que la Justicia debía llegar, más allá de la explosión mediática del caso, el aturdimiento inicial que produce la sobreinformación y la indignación generalizada que desencadenan en la sociedad sucesos como el asesinato de un joven de esa manera tan brutal y cobarde.

Pero que, lamentablemente, también de manera inevitable llegaría el olvido en las noticias y el recuerdo solo para los aniversarios. Lo que se puede palpar por estos días.

También decíamos que mientras el crimen de la temporada pasaría de moda, aún quedaban sumidos en la oscuridad muchos hechos impunes y miles de Fernandos sin visibilidad social ni mediática.

Indignación selectiva

Detrás de la utilidad mediática que implicó el caso de Fernando como mercancía informativa, también estuvo en juego cierto hastío por la impunidad. Selectiva si se quiere, porque no reaccionamos de igual manera ante otros delitos iguales de graves o al menos semejantes en su magnitud social.

La alta trascendencia del crimen se debe en parte a un cansancio con las sensaciones de impunidad, abuso, privilegios y “zonas liberadas” de los que gozan en general los ricos y poderosos y sus descendientes.

Los mismos que pueden burlar los vericuetos de las leyes y la Justicia con mucha mayor facilidad y flexibilidad que la mayor parte de los hijos de vecinos, que cualquiera de nosotros.

Pero esa indignación que nos brota a borbollones, que nos hace disparar sin filtros un “hijos de puta”; ese dolor colateral que sentimos pensando que podría ser nuestro hijo, o un hermano o un sobrino o un nieto; esa solidaridad bienpensante que nos hace tomar empatía por las causas nobles y justas, no se manifiesta de igual manera, ni de forma frecuente con los otros Fernandos.

Los miles o cientos de miles que permanecen ajenos a nosotros, por nuestra indiferencia, nuestra ignorancia o por nuestros propios miedos, aversión u odio al otro, al desconocido, al distinto.

Esos chicos y esas chicas que mueren rápido o de manera lenta, víctimas de todas las formas posibles de violencia, a la vuelta de casa, en el barrio, en Villa María, en Villa Nueva, en la región, en la provincia, en todo el país.

Pero que no ocupan porciones catastróficas en las portadas o pantallas multicolores de la vida virtual que llevamos acoplada a una existencia más fracturada, menos copada, más sufrida, más negada, peor vivida.

Esos Fernandos molidos a piñas por la pobreza, la miseria y el hambre.

Cagados a patadas por las drogas, las carencias, las ausencias y las decisiones políticas.

Golpeados por el odio, el racismo y la indiferencia social.

Atormentados por la marginación, los prejuicios, los corazones rotos y todas las fobias habidas y por haber.

Arrojados al piso por quienes deberían cuidarlos, amarlos, sostenerlos, alimentarlos, convertirlos en ciudadanos, hacerlos libres.

A Fernando Báez Sosa no pudimos ayudarlo ni salvarlo.

¿Qué hacemos con los otros Fernandos?

¿Qué estamos esperando para hacer algo?

No hablo de salvarlos siquiera. Sino, para ayudarlos, para abrazarlos o, al menos, para no dejarlos solos.

Quizás sea el primer paso para que nos salvemos todos.

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