La fantástica vida del inventor de la “Birome”: un húngaro bien argentino

Escribe Julio A. Benítez (benitezjulioalberto@gmail.com)

Este personaje europeo fue luchador, boxeador, pendenciero juvenil, mal alumno y soldado rebelde que participó en 1918 de la Revolución de Las Rosas de Otoño en Hungría.

También fue vagabundo, pintor, escultor, autodidacta todo terreno, testigo y protagonista de dos guerras mundiales, agente secreto del gobierno francés, naturalista estudioso de las hormigas y las abejas e hipnotizador de personas con terribles dolores producidos por enfermedades terminales.

Y no solo eso. Además, se lo conoció como lector masivo y tenaz, casanova irrenunciable, corredor de automóviles, amante del café, fumador empedernido, motivo por el cual inventó la boquilla con filtro de carbón activado, agnóstico compasivo, agente de seguros, crítico de arte, efímero estudiante de medicina, fugitivo de los nazis, empresario, pero por, sobre todo, y, a pesar de todo, un inventor de tiempo completo.

Pero, para continuar, pensemos: ¿Cómo es la mente de un creador? ¿Qué hipótesis barajan esas neuronas que luego darán inventos esenciales? La respuesta, es, sin lugar a dudas, “La Lógica” ya que “¿Si hay un problema, seguro debe haber una solución?

El principio

Como buen creador, jugando con niños de su edad en su Budapest natal, observó que cuando las bolitas pasaban por un charco de agua y continuaban rodando, dejaban la marca del líquido elemento en la parte seca, eso le llamó la atención y se decidió a investigar. Así, estudiando a fondo, consiguió lo que estaba buscando, que una pequeña bolita mojada en tinta registrara la palabra escrita.

Y con esta premisa fue creando, a lo largo de su vida, entre otras genialidades, la lapicera fuente, la máquina automática de lavar ropa, la caja de cambio automática para autos, el dispositivo térmico, el termógrafo clínico, la cerradura inviolable, cuya patente la vendió a Scotland Yard, el eslabón para las cortinas, el proceso para mejorar la resistencia de las varillas de acero y el desodorante a bolilla.

Es la historia de Lászlo József Biró o Ladislao José Biró, hijo de un odontólogo, que nació el 29 de setiembre de 1899 en Budapest con tan sólo 1.000 gramos de peso, motivo por el cual el médico le dijo a Juana Ullmann, su mamá:

-¡El niño morirá en pocos días, su cuerpito no está bien desarrollado!

Juana, tal vez presintiendo que su pequeño podría llegar a ser alguien importante, lo puso en su cuna, le arrimó una lámpara eléctrica que le diera calor, y de tal forma, a manera de una incubadora muy rústica el recién nacido tomó fuerzas y creció… toda una paradoja del destino, de tal forma que su vida, desde el primer momento, fue un invento.

Ladislao José Biró fue el más húngaro de los argentinos, o el más argentino de los húngaros, como él se sabía definir.

La lapicera

Y la prueba más irrevocable de esta afirmación es la “Birome” (palabra formada por el acróstico Biro + Me, primera sílaba del apellido de su amigo Meine) su invento más revolucionario, que fabricó en serie en Buenos Aires, la capital en la que se afincó con ciudadanía argentina, de la que estaba orgulloso, y donde creo la “Compañía Sudamericana Biro-Meine-Biro”.

  • Mirá el video de la publicidad de la birome:

Su apellido fue un emblema nacional que concentró en sí la virtud de crear, fundar, idear y concretar, por lo que el “Día del Inventor” fue establecido el 29 de setiembre, fecha de su nacimiento.

Lazlo, como le gustaba que lo llamaran, patentó 32 inventos en Europa y vino a nuestro país invitado por el presidente don Agustín P. Justo, con quien se encontró en un hotel de Yugoslavia. El presidente argentino quedó tan impresionado al verlo escribir sus crónicas con una rara lapicera, que le dijo:

-Venga a mi país y desarrolle su idea, nosotros lo ayudaremos.

No vino en ese momento, pero guardó muy bien la tarjeta que Justo le había dado, y, años después, cuando la GM de Berlín le compró su invento de la caja de cambios automática, se desilusionó porque descubrió que la empresa no pensaba usarla en sus vehículos, sino que lo hizo a fin de patentarlo, para dejar fuera de acción a la competencia.

Corría el año 1932 y el húngaro volvió a su primer amor: el bolígrafo, que aún no podía perfeccionar. Estaba en París, escribiendo para algunos diarios y, además, pintaba cuadros y se contactó con el gobierno francés y empezó a trabajar en los laboratorios secretos, donde desarrolló productos químicos, hasta que Francia cayó en poder de Alemania.

En Argentina

Fue el momento de desempolvar la tarjeta de Agustín P. Justo y, junto a su esposa, una hija y su íntimo amigo y financista Juan Jorge Meine, llegaron al país a mediados de 1940, adoptando, todos, la nacionalidad argentina.

En Buenos Aires generó más de 300 inventos a nivel mundial, entre los que podemos citar la tinta especial para bolígrafos, el cierre retráctil para las mismas, el principio de sustentación magnética para trenes y un sistema para el enriquecimiento del uranio.

Luego apareció la empresa Sylvapen, momento en que le vendió la patente de la birome a la compañía norteamericana Eversharp Faber en la fabulosa cifra de U$S. 2.000.000 (Dos millones de dólares)

El húngaro más argentino o el argentino más húngaro, falleció en Buenos Aires el 24 de noviembre de 1985, a la edad de 86 años.

  • Mirá el video sobre la vida de Biró:

Docudrama del año 2010 sobre la vida e historia oficial de Ladislao Biro, el inventor del bolígrafo.

Fuente: “Revista 140 años de Historia del Diario La Nación” del 17 de diciembre de 2009.

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