[La infancia de los líderes] Gardel, el sueño del niño

Este 24 de junio de 2022 se cumple el aniversario número 87 de la trágica muerte de Carlos Gardel. Esta historia pertenece al libro aún sin publicar llamado “50 cuentos de pequeños… de grandes personalidades”, de Luis Luján. El recuerdo del “Zorzal Criollo” en este texto sobre su infancia.

Escribe: Prof. Luis Luján

Era muy niño cuando el barco ancló en el puerto de Buenos Aires. Tal vez jamás volvería a oír palabras afrancesadas en sus oídos, pero no fue así. Ésa fue su lengua materna, y sería ésa quien lo arrullaría cada noche de su muy humilde infancia.

Creció en una fría habitación en donde sólo había en ella una enorme cama, un espejo, dos sillas, una mesa, un aparador, un ropero y una mesa de luz, todos muebles regalados por Anaís y Fortunato, los nuevos amigos de su mamá en el nuevo mundo.

Charles crecía en el amor de su madre y en las penumbras de esa pieza vieja. Fue tal la empatía entre ambos que creyeron que jamás nadie los separaría, pero la vida siempre te presenta situaciones conflictivas, en la miseria como en la abundancia, pero cuando eres pobre no siempre la solución está a la vuelta de tu casa.

El niño fue creciendo y no en vano. Veía a su madre trabajar tantas horas de sus días planchando en el taller de la calle Montevideo para traer un peso a su humilde hogar en el que el inquieto jovencito, de apenas seis años, deseaba también hacer su aporte económico a su mesa cotidiana.

Las penurias de la infancia se convirtieron en éxito durante la adultez.

Entonces el purrete decidió salir de su casa y se fue al puerto, lugar en donde se quedaba horas mirando el horizonte como queriendo reprocharle algo al mar que lo trajo desde aquella lejanía. Tal vez los sonidos de las gaviotas lo aquietaban mientras la brisa marina besaba su sucia carita.

Fue allí donde emprendió su primer oficio a su corta edad. Charles comenzó a vender cajitas de fósforos en el puerto porque la razón así le exigía.

-¡Fósforos! ¡Cómpreme fósforos, señor!

-¿Y qué harás tú por mí si te compro fósforos? –le preguntó un marinero.

-Te canto una canción –le respondió.

Entonces una decena de hombres oyeron al niño entonar algunas estrofas de las canciones que estaban de moda. Y fue en ese acto callejero en donde las personas comenzaron a comprar sus fósforos, tan sólo para oír el timbre de su voz al cantar.

Algunos le decían que tenía el niño un futuro prominente en el canto, pero Charles el único futuro que comprendía era el de un plato de sopa caliente al caer la noche.

Algunos le decían que tenía el niño un futuro prominente en el canto, pero Charles el único futuro que comprendía era el de un plato de sopa caliente al caer la noche.

La miseria que envolvió a su madre la obligó a tomar la decisión más amarga de su vida. Ya no podía mantener a su hijo ni siquiera con la ayuda de aquél. El pequeño rápidamente comprendió que el amor de su madre no era suficiente para alimentarlo. La mujer trabajaba tantas horas al día que temía dejar solo a su hijo.

No solamente le atormentaba la seguridad de su pequeño, sino que también sus temores eran fundados, pues, la Oficina de Inmigraciones podría sancionarla y deportarla a su país de origen o, simplemente, quitarle la patria potestad sobre su único hijo. Entonces ella decidió que Charles viviera con un matrimonio amigo, cuyos hijos eran como hermanos para él.

Vivió en una casita modesta, con un pequeño arbusto de mandarina tras su reja de entrada, situada en la calle Corrientes, entre Paraná y Uruguay. Ése fue su nuevo hogar, su nueva familia, aunque el amor incondicional hacia su madre lo guardó en lo más profundo de su ser.

Periódicamente el niño era visitado por aquella mujer y, en su garganta, Charles ahogaba ese llanto para no entristecerla porque ambos sentían las mismas angustias.

Periódicamente el niño era visitado por aquella mujer y, en su garganta, Charles ahogaba ese llanto para no entristecerla porque ambos sentían las mismas angustias.

Y en su nuevo hogar el niño expresó siempre sus deseos de cantar. Constantemente antes de acostarse jugaba con un palo de escoba simulando ser una guitarra, porque ése era su sueño, pero las circunstancias de su corta vida lo llevaban hacia otros caminos.

Contaba con siete años de edad cuando se paraba en el umbral de la casa y a viva voz se ponía a cantar las canciones de época. Lo curioso de todo eso fue que algunas familias comenzaron a llevarlo a su casa para que cantase y alegrase a su grupo familiar.

Muchas veces el niño se quedaba a dormir en otros hogares, pero siempre regresaba al suyo, con la nueva familia. Si bien Charles pernoctaba en cualquier hogar, aun así, jamás faltaba a la escuela, en el viejo colegio San Carlos, en donde al cabo de sus primeros seis años obtuvo el más alto promedio, y ése fue el mayor orgullo de su madre.

Cuando terminó la escuela primaria no quiso estudiar más. Comenzó el secundario, pero lo abandonó, él quería trabajar para sacar a su madre de la pobreza en donde estaba sumergida desde que vino de Francia.

Aprendió casi todos los oficios con el fin de apoyar económicamente a su primer hogar, pero jamás abandonó su sueño de cantar.

Aprendió casi todos los oficios con el fin de apoyar económicamente a su primer hogar, pero jamás abandonó su sueño de cantar. Y fue en un puesto del Mercado de Abasto en donde algunos bondadosos señores le ofrecían alguna propina para oírlo entonar sus versos. Trabajó de sol a sol. Hombreó bolsas de papas, levantó paredes con sus manos, vendió periódicos en días lluvias y no claudicó jamás.

Algunos ya no recordaban el nombre de origen francés del pequeño Charles Romualdo, pero jamás olvidaron al niño que tenía una maravillosa voz de zorzal.

(Carlos Gardel -1890/1935- cantante franco-argentino, muerto trágicamente en un accidente aéreo en Medellín, Colombia)

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