[La infancia de los líderes] San Martín, el niño de ojitos negros

Este miércoles 17 de agosto se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento del Padre de la Patria, el general José de San Martín. Recordamos su figura en este relato incluido en el libro “50 cuentos de pequeños… De grandes personalidades -La infancia de los líderes”, del escritor Luis Luján. Se trata de un libro aún inédito que por su gentileza El Regional presenta en distintas notas.

Escribe: Prof. Luis Luján

Con sus hermosos y gloriosos veinte años la india Rosita cobija a su hijo en su cuna de almohadas bordadas en oro y sábanas de fino lienzo.

En su marcada inocencia ella sabe bien que ha cometido el mayor de los pecados, el de haberse enamorado de un brigadier español. Lo amó en silencio sabiendo que el dolor de esas heridas no sanaría jamás. El niño duerme.

El aire del río le dice a Rosita que pronto amanecerá. La mujer no quiere que esa noche termine porque con ella se irían todos los sueños, los que una vez tuvo y aquéllos que nunca tendrá. Siente el dolor en sus venas por la sangre aborigen maldecidas desde sus raíces.

El niño duerme en su cuna de almohadas bordadas en oro, pero el lecho de Rosita está del otro lado de los alambrados en donde los esclavos descansan después de un atareado día, aunque ella no puede dormir.

La sábana de fino lienzo está ya bañada con sus lágrimas, las mismas que resbalan en las mejillas de su niño. Acaricia sus cabellos oscuros y eleva una plegaria hacia cualquier dios que la quisiera escuchar, los suyos, o al dios de los españoles, porque ambas sangres se mezclaban en el corazón de su hijo.

Pronto sus amos partirían hacia el puerto de Buenos Aires para embarcarse rumbo a España y, junto al matrimonio y sus hijos, partiría también el niño de ojitos negros

El gallo cantó y ese sonido se estremeció en ella. Pronto sus amos partirían hacia el puerto de Buenos Aires para embarcarse rumbo a España y, junto al matrimonio y sus hijos, partiría también el niño de ojitos negros, cuyas manos de su madre mecen aún su cuna. Ella no podrá acompañarlo. Ella ya no lo verá.

En su interior la joven india comprende que el futuro de su niño será mejor en manos de esa otra familia, la misma que permitiera dormir en cuna de almohadas bordadas en oro y sábana de fino lienzo.

Rosita levanta al niño de tres años y le besa la frente. Lo viste para el largo viaje y le peina su negra cabellera. Ella bien sabe que el Brigadier lo protegería en la distancia y en las adversidades. Ése era su destino, el de la joven madre, que sin comprender bien por qué su hombre la abandonó, ahora debía despedirse de su hijo.

-Querido hijito –le dice en su lengua materna- sé un niño y compórtate como ya hemos acordado. Vas a conocer el mar y a mucha gente nueva. Mamá no podrá acompañarte hoy, pero pronto regresarás y aquí te estaré esperando.

También el niño de ojitos negros sentía una terrible angustia al separarse de la india esclava que tanto lo amó

No quiso llorar delante de él en su partida. También el niño de ojitos negros sentía una terrible angustia al separarse de la india esclava que tanto lo amó. El carruaje partió y de los ojos de Rosita no salió ni una lágrima, pero no pudo disimilar el dolor en su pecho y en su alma.

Vio a lo lejos perderse en el horizonte el último arpegio de la última nota musical que se estremeció en sus raíces. Su niño mestizo había partido para siempre de su lado. Ella no claudicó. Muy dentro de sí presentía que esa familia algún nuevo día volvería a esos pagos, que otra vez vería al hombre de ojos oscuros, y nuevamente besaría su frente como cuando era un niño. Esperó en vano lo que nunca pasaría.

-¡Rosita, Rosita, huye, corre hacia el río! –le dijo una aborigen de su misma raza.

-¡No, no puedo, debo esperar a mi niño aquí!

-¡Rosita, ya ha pasado mucho tiempo, tu niño no regresará aún! Los portugueses están invadiendo toda la comarca, debemos huir ahora.

-¡Pero mi niño…!

Los portugueses invadieron la comarca e incendiaron todo a su paso. Rosita, junto a otros esclavos huyeron hacia Paraguay, apenas del otro lado del río. A pesar de las adversidades, a pesar de los sueños rotos, Rosita mantuvo intacta su fe.

Varios años más tarde cruzó el río para restablecer nuevamente en su antigua aldea con el deseo intacto de reencontrarse con su hijo, el niño aquel de ojitos negros.

Las primaveras pasaron por su piel y el otoño de su vida comenzó a desgajar cada uno de sus sueños y a curar cada una de sus heridas. Se dijo que la india Rosita vivió más de cien años, que tuvo una familia y muchos hijos más.

Tal vez, la india Rosita supo que ese niñito de ojitos negros, llamado José, ha sido el más grande patriota que la historia americana pueda recordar

Quizás haya guardado en su memoria el recuerdo más triste de su corta vida y los haya llevado hasta su última agonía.

-Abuela Rosita, -preguntó su nieta- ¿por qué siempre miras con la mirada extraviada hacia el horizonte? ¿Qué esperas encontrar allí?

-¡Querida niña, eres muy pequeña aún para conocer la verdad!

-¿Qué verdad, abuelita, qué verdad?

-¡El secreto más grande que guarda esta tierra de Yapeyú!

Tal vez, antes de su muerte, un halo de misterio le trajo la paz. Tal vez, la india Rosita supo que ese niñito de ojitos negros, llamado José, que fue llevado de su lado por su patrón, Juan de San Martín, ha sido el más grande patriota que la historia americana pueda recordar.

¡Duerma en paz, india Rosita, duerma en paz!

Fotos: El Ciudadano Web y Medium.com

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