La mucama de Hitler: secretos y obsesiones [VIDEO]

Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com

Elizabeth Kalhammer, de 19 años, vivía en una modesta aldea de Austria, cuando el pueblo recibió al ejército alemán, el 13 de marzo de 1938, con la esperanza de que todo mejoraría para el bienestar del pueblo austríaco, siguiendo ciegamente a Adolfo Hitler a quien llegaron a idolatrar.

Todo el mundo dejaba de hacer sus cosas para escuchar sus discursos o los de Joseph Goebbels, en los comercios, en su casa, en cualquier lugar donde hubiese una radio.

Impresionaba la multitudinaria compañía que recibió Hitler cuando hizo su ingreso en un coche descapotado, todos con el conocido saludo nazi… la gritería de los miles de miles de asistentes para ver su paso, era como una verdadera y endemoniada manifestación de sincero apoyo a su persona, que luego continuó con sus ansias de poder invadiendo Polonia.

Elizabeth había contestado un anuncio de un periódico de 1943, que decía “Se necesita empleada doméstica del führer”, lugar de trabajo en “Obersalzberg-La Berghof, en el Berchtesgaden bávaro”.  Una mañana llegó a su casa un militar, en auto con chofer, que le informó que ella había sido elegida para cumplir con esa tarea.

Cumplidos 92 años, en 2013, Elizabeth fue entrevistada por una periodista a quien contó la historia vivida y así comenzó su relato.


“Había cumplido 22 años. Mi mamá no quería que fuera, pero la presión era enorme… El oficial dijo:

–Señora, usted no se imagina cuantas jóvenes estarían encantadas de poder tener ese trabajo, una oportunidad de conocer al hombre más poderoso de Alemania.

Y decidí ir. Durante 70 años no dije nunca a nadie que yo había trabajado para Adolfo Hitler y su esposa Eva Braun, por temor a recibir malos tratos, ya que estuve allí casi hasta el final de la segunda guerra, de la cual los que cumplíamos tareas en ese lugar, nada sabíamos de la desgracia y del genocidio que sufría Europa.

Varios kilómetros antes de llegar, el oficial me dijo:

 –En este momento circulamos por la ruta que usa únicamente el führer y quienes están autorizados, como lo estará usted.

Cuando llegamos, otro oficial me dijo después de pasar los dos controles de seguridad que rodeaban la mansión principal:

-Lo que aquí se ve, o se escucha, es secreto de estado, por lo que deberá guardar absoluto silencio, por eso Hitler reserva a unos pocos empleados de confianza el acceso a sus “cámaras privadas”.

El primer paso fue cuando una empleada vestida de rojo me entregó para cambiarme dos equipos de uniforme igual al de ella, pero de color azul.

Mi presentación ante Adolfo Hitler y Eva Braun fue sencilla y con mucha amabilidad de ambos, momento en que me dijeron que sería su sirvienta privada.

Cuando una empleada me acompañó al dormitorio que me habían asignado, con baño privado, quedé asustada, todos muebles alemanes, de modelos antiguos y cuando vi la cama me dije “Oh, tendré que tener cuidado de no arrugar las sábanas”.

Comenzaron a llamarme Lisbeth y durante los casi dos años de contrato, pasé mis horas lavando, planchando, cosiendo, ayudando en la cocina a lavar los platos, momentos en que algunas veces había quedado comida y nosotras la juntábamos y nos hacíamos un festín.  Nunca pasé hambre en ese lugar. Eso sí, nada de ruidos, todo en el más absoluto silencio.

Era muy común que para las cenas acudieran una cantidad de invitados de 10/15 personas, a quienes atendíamos con otras compañeras, entre los que conocí, entre otros, a Rudolf Hess, Goebbels y Goring.

Además, mi tarea era limpiar y acomodar la casa de los Hitler. A mí me resultaba menos temible la presencia de Eva Braun, porque además de su elegancia era más amable y la señora de la casa, aunque ellos no estuvieran casados.

Recuerdo que para unas navidades me regaló lana para que tejiera calcetines para los soldados. Realizó varios envíos e incluso pude enviarle un par a mi hermano”.

De sus palabras se desprende que incluso el peor de los tiranos necesita su servicio personal, y que ella conoció algunas de sus debilidades, además de saber sus gustos.

Elizabeth continúa:

–Durante sus largas estancias en Berghof, el führer quería tener a mano, un refrigerio o colación y por la noche, a su pastel favorito, realizado con manzanas, pasas y nueces.

Recuerdo que él se acostaba a las 4 de la mañana y dormía hasta las 14 horas, que fue el problema  del Día D, cuando sus asistentes no se atrevieron a despertarle con la noticia del desembarco en Normandía del 6 de junio de 1944, y  que,  en parte todos, inclusive él, creían, gracias  a los datos del espía español  Juan  “Garbo” Pujol, (que después se supo que traicionó a Hitler), quien les informó que se trataba de una simulación de los aliados con fines de distracción.

Tenía una empleada que era su cocinera privada que, como yo, sabía todos sus gustos, que me comentó que acompañaba sus comidas con agua caliente. Cuando el führer salía a caminar por esos hermosos y bien cuidados jardines, estaba prohibido mirarle por la ventana totalmente abierta, sólo por los visillos, como espiando.

Ya por esa época, en los pocos momentos en que se lo podía ver, yo lo vi como angustiado, con un gesto de mucha preocupación.

Y el 14 de julio de 1944 fue la última vez que se lo vio en Berghof, seis días antes del atentado del coronel Claus Schenk Graf von Stauffenberg, el de la operación Walkiria, ataque realizado en el lugar conocido como Guarida del Lobo, en Polonia, del que el führer salió ligeramente herido.

A partir de ese momento creció el nerviosismo en toda la zona y los trabajadores recibieron la orden de llevar sus tesoros, libros, cuadros y espejos al bunker, que para llegar a él había que bajar 95 escalones.

  • Mirá el video:

Elizabeth reveló secretos de Hitler y sus personas más cercanas en la residencia.

Lo único físico que pudo guardar y conservar, que muestra como algo imposible de que esté entre sus recuerdos de 70 años atrás, es un saludo para una navidad y fin de año firmado por Adolfo Hitler.

El avance de los aliados, los bombardeos cada vez más cerca, se fue transformando en un continuo cuento de terror y para que no huyéramos, nos decían que los negros venían a cortarnos el pelo y a violarnos. Sin embargo, con una compañera desobedecimos la orden, escapamos y llegué a casa de mi madre dos días antes del final de la guerra.

Allí supe que aquel hombre para el cual trabajé durante dos años, estaba loco. No podía creer lo del genocidio de tantos millones de prisioneros judíos y de otras nacionalidades.

En esos momentos era joven, muy contenta con el trato y atención recibidos… Si usted me pregunta, a mis 92 años de edad y a 70 de aquellos acontecimientos…  ¿que si lo haría otra vez?… 

La verdad, no sabría qué contestar”.

Fuente: Página web – “ABC CULTURA- Criada-Hitler-Kalhammer”

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