La “Noche de los Lápices” que yo viví…

A 44 años del trágico suceso

Roxana Giamello es especialista y consultora en comunicación y educación. Fue alumna del Bachillerato de Bellas Artes, de la Universidad Nacional de La Plata, entre 1974 y1978. Padeció los años de terror de la última dictadura militar y fue compañera de muchos jóvenes que serían secuestrados y desaparecidos en la llamada “Noche de los Lápices”, entre ellos, Claudia Falcone. Esta docente universitaria, con familiares en Villa María, hace cuatro años accedió a contar por primera vez –y no sin dolor- sus vivencias en esos años oscuros. Aquella noche quedó grabada en la galería de tragedias nacionales.

En este 16 de septiembre, recordamos su testimonio publicado entonces en el semanario El Regional.

Escribe: Roxana Giamello (Desde La Plata, especial para EL REGIONAL)

“Una espina en el alma y un puñal en el corazón…”

El 16 de setiembre de 1976 fueron secuestrados 300 estudiantes secundarios. Solo cuatro sobrevivieron. Muchos de ellos fueron mis compañeros y amigos. El delito cometido desde la “historia oficial”: ser integrantes de Centros de Estudiantes y movilizarse a favor del derecho al Boleto Estudiantil.

Ser estudiante en la Universidad Nacional de La Plata en la década de los ´70 era sinónimo de “ser peligroso”. Una marca, un estigma institucional y que caló hondo en muchos sectores de la sociedad, naturalizado a punto tal que me costó mi primer trabajo mientras estudiaba en los primeros años de Facultad, a principios de la recuperación democrática.

Mi relación con la Facultad de Bellas Artes ha sido muy particular. En 1971 comencé el Ciclo Básico, en paralelo con la escuela primaria. Tenía 10 años, era independiente, viajaba en colectivo sola y circulaba por la calle.

Roxana nos brindó su testimonio de aquellos años oscuros del país.

Terminé y quise seguir.

En 1974 ingresé al Bachillerato de Bellas Artes. Empezaba mi escuela secundaria. El primer día, con toda la ansiedad del inicio, llegué a la puerta y me encontré con un cartel: “Facultad tomada”. Año de cambios de ciclo, de hábitos. Convivíamos en las mismas aulas que los alumnos de la Facultad. Eran los tiempos de las Asambleas en el aula 70 en las que participábamos o al menos escuchábamos, y clases suspendidas sin previo aviso. Se me hizo natural vivir esas situaciones, caminar por la calle y encontrarme de repente con una manifestación y en riesgo de vida. Siempre volví a casa tomando un atajo.

Los debates se hicieron cada vez más intensos, las calles cada vez más violentas por distintos sectores. La “confusión” se estaba haciendo generalizada, adentro y afuera.

Hasta que en octubre cerraron las Universidades.

La sorpresa, la incertidumbre, las dudas, el temor, empezaron a ganar terreno: ¿perderíamos el año?, ¿se cerraba el Bachillerato? Supimos que no, que todo seguiría pero los rumores entre adultos conservadores se hacían sentir: “¿vas a dejar a tu hija en esa escuela?, “es peligroso… la van a matar los guerrilleros”, y más. Hasta que convencieron a mi madre. Un día me dijo, con dolor y angustia: “Roxana, tomé la decisión de cambiarte de escuela. Me están volviendo loca y tengo miedo”. La miré a los ojos, seria y con firmeza, con mi perfil bajo pero con convicciones fuertes. Mi respuesta fue breve: “Si me sacás, no estudio más”. Fue suficiente.

Los estudiantes secuestrados, torturados y asesinados tenían entre 16 y 18 años.

Perdí amigas de la infancia por esto, pero seguí adelante.

En 1975 sabía que volvía al Bachillerato, pero no sabía lo que nos esperaba. Nos “exiliaron” en lo que llamábamos el cuarto piso de la Facultad. En realidad, era el segundo piso del edificio. Se cerró con candado la puerta de vidrio que nos comunicaba con la Facultad y ahí fuimos a parar: un galpón con techos de chapa, convertido en aulas y pasillos en pocos meses.

Las prohibiciones y restricciones contundentes se hicieron sentir. Desde la vestimenta hasta el modo de circular y juntarnos por los pasillos, dentro y fuera de la Escuela a 10 cuadras a la redonda, mientras mirábamos izar nuestra bandera desde los vidrios de las ventanas, a la distancia. La consigna era clara: disciplinar, vigilar y castigar…

El cambio fue duro.

Me arrancaron, nos arrancaron las raíces. Pero la adolescencia es una eterna primavera y su ejercicio una eterna rebeldía. Silencios, miradas cómplices y de enojo a su vez, conversaciones en susurros hasta que cada uno fue encontrando el modo de aprovechar las incoherencias y poner en contradicción el sistema impuesto, en ese periodo de “adaptación”.

Así llegó el 24 de marzo de 1976. Jamás olvidaré la pantalla del televisor en blanco y negro con su “Comunicadooooo Nº 1”…. Proceso de Reorganización Nacional…. La pesadilla recién empezaba formalmente. Y yo comenzando el tercer año del Bachillerato de Bellas Artes. Me di cuenta que éramos menos los que iniciamos esta “nueva etapa”. A algunos los habían cambiado de escuela, años más tarde supe que muchos se fueron del país.

Mientras tanto los Centros de Estudiantes Secundarios seguían activos. Seguramente, quienes militaban sabían a qué se exponían, pero también éramos muchos quienes acompañábamos las actividades. En unos meses surgió la idea de solicitar ante las autoridades la implementación del Boleto Estudiantil. Yo, como muchos, estábamos de acuerdo.

Claudia Falcone era mi referente.

Ella era compañera de año, no de curso, pero estábamos al lado y éramos pocos. Nos conocíamos todos. Los recreos eran compartidos en los estrechos pasillos.

Los reclamos venían siendo cada vez más fuertes, hasta que se organizó una movilización importante frente al Ministerio de Obras Públicas. Estaba a punto de lograrse el objetivo. El día previsto para la movilización, ya todos en el aula, Claudia abre la puerta apurada porque llegaba tarde y escucho su voz: “Chicos, ¡no se olviden!, hoy a las 18, frente al Ministerio nos juntamos todos, ¡es importante! ¡Lo conseguimos si somos muchos!”. Sí voy, pensé. “Sí, ¡vamos!”, contestamos. Claudia cerró la puerta y se fue a su aula, al lado. Esa es la última imagen que tengo de Claudia Falcone con vida. Imborrable.

Volví a casa. A la tarde, con previo aviso, me estaba cambiando para ir a la movilización. Imprevistamente, mi madre abrió la puerta y me dijo muy seria, sé que con dolor: “Disculpame, Roxana. Vas a insultarme. Yo nunca hice esto. Pero hoy lo tengo que hacer por vos”. Y cerró con llave mi habitación por afuera. Me sorprendió tanto que cuando corrí a frenar la puerta ya estaba cerrada. Y sí, grité, insulté, pateé la puerta, quise romperla, estrellé cosas contra las paredes, pero no pude. Quise intentar escaparme por la ventana, pero estaba en planta alta y daba a un patio interno en el medio de una manzana. Imposible salir por allí.

El reencuentro con los que pudieron estar, luego de 40 años de aquella noche. Roxana es la primera de la izquierda, en la fila del medio.

Lloré. Lloré durante horas.

Sentía que estaba faltando a mi compromiso, un compromiso colectivo.

Al día siguiente, sin cenar, los comentarios sobre la marcha, lo que pasó, cuántos eran… Se habían comprometido a sacar el Boleto Estudiantil…. Pero Claudia no estaba. Pasaron los días y Claudia seguía sin aparecer en la Escuela. No entendíamos la ausencia y nadie decía nada. Empezamos a preocuparnos por ella porque ya se había quedado libre por inasistencias según el reglamento. Le preguntamos a Mónica, su prima. Ella sí estaba conmigo, en mi curso. Balbuceando y con rodeos, nos dijo que estaba enferma y que le iba a llevar un tiempo volver….

Seguía pasando el tiempo, casi que se terminaba el año. No conseguíamos saber qué pasaba con Claudia. Seguíamos preguntando. Mónica se escapaba para no dar respuesta, no quería, no podía hablar. Hasta que un día, ante la insistencia con Mónica, nos llevó al pasillo una preceptora y nos dijo: “Chicas, no pregunten más. Claudia no va a volver…. Se la llevaron los Montoneros”. Silencio de radio ante semejante frase. Un huracán pasó por dentro de mí. Incredulidad, impotencia, dolor, interrogantes, miedo, siempre el miedo. Hoy todavía me pregunto si esta versión dada es posible desde la ingenuidad. Obviamente, hubo complicidad civil.

El nuevo edificio del Bachillerato de Bellas Artes lleva el nombre “Noche de Los Lápices”.

Me mintieron, nos mintieron humillantemente.

De ahí en adelante, era cosa de todos los días ver compañeras en llanto porque se habían llevado a un novio o a un familiar; tiros en las calles; ruidos en los techos de gente caminando, casas ametralladas con descaro y saña homicida. También llegó el día en que militares armados en la puerta me revisaban bolso, libros y cuadernos, o cuando un Falcon verde con las armas fuera de la ventanilla se paró delante de mí, me abrieron la puerta y me dijeron “subí”. Antes había visto cómo en cuatro autos similares habían levantado gente de la “Matería” frente a Plaza Rocha. Todavía recuerdo la cara de quien conducía el auto.

Estoy aquí para contarlo, pero estos y muchos hechos más dejan marcas invisibles en la memoria, que dan cuenta de cada atrocidad cotidiana a la que me vi, nos vimos sometidos.

Y así comenzó el tiempo de la resistencia para sobrevivir, porque si de algo no se dieron cuenta los genocidas siniestros es que el arte no solo expresa, sino que también libera y transforma. Finalmente egresamos, en medio de travesuras y maldades contra el sistema represivo. De los 160 alumnos iniciales, terminamos poco más de 30. La cifra explica por sí sola demasiadas cosas.

Mi reencuentro con Claudia

Podría relatar cómo fue mi reencuentro con Claudia, a través de una exposición de alumnos de Bellas Artes desaparecidos. Ella, ellos no estaban. Pero, sus trabajos eran los míos. Cuando vi su nombre, un frío recorrió cada uno de mis huesos. Podría relatar nuestro reencuentro después de 25 años de quienes egresamos en el 78, acompañados por la madre de Claudia. Ese día, por primera vez volví a subir esas escaleras, en silencio y tomada de la mano con dos compañeras. Podría relatar cómo fue el acto de reparación de legajos, hace cuatro años en el nuevo edificio del Bachillerato. En los originales figuraban como “abandono de estudios”, en realidad eran alumnos desaparecidos. Ese día nos reencontramos muchos, algunos no nos conocíamos, sin embargo nos reconocimos en la mirada y en el dolor. Cada uno era una historia de vida.

Las sobrinas de Claudia Falcone, un símbolo de “La Noche de Los Lápices”, en el acto de reparación de legajos en el nuevo edificio del Bachillerato.

Como dice la leyenda del hilo rojo, a los “sobrevivientes” de este holocausto argentino algo muy internamente nos unió y de hecho hoy seguimos en contacto. Amamos a nuestro Bachillerato de Bellas Artes y al mismo tiempo nos une la tristeza, el respeto por nuestros compañeros desaparecidos y el dolor de lo vivido en plena adolescencia. No es casual, que cada uno de los que vivimos esta negra historia tenga algún vínculo con el arte, la expresión, la imagen, o un sentido social en su profesión actual.

Hoy, el boleto estudiantil está naturalmente incorporado. Pero no muchos saben o recuerdan cuando lo usan que ese logro se llevó la vida, la sangre de casi 300 estudiantes que lucharon para conseguirlo en el peor de los momentos históricos de nuestro país.

Soy el producto de mi historia de vida. No soy peligrosa, pero pienso, dudo, me hago preguntas, me cuestiono, me permito pensar diferente, pienso en el otro. No soy la única. Creo que algo se les escapó en aquel plan maquiavélico del 76. Vivo sin rencores violentos, pero con memoria y todavía con necesidad de verdad y justicia.

Por eso cada 24 de marzo sigue siendo una espina en el alma y cada 16 de setiembre un puñal en el corazón.

  • Mirá el video que refleja un breve instante del reencuentro a 40 años del lamentable suceso:

Foto de portada: Un grupo de estudiantes del Bachillerato en una postal de la semana de la primavera de 1976. Por esos días, la dictadura secuestraba y hacía desaparecer a cientos de sus compañeros. Varios de los retratados se exiliaron y algunos nunca más volvieron. Roxana es la que se encuentra en el centro, en la parte de abajo de la imagen.

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1 comentario en “La “Noche de los Lápices” que yo viví…”

  1. Mi profundo agradecimiento por esta nota. Escrita hace 4 años y editada maravillosamente hoy.
    Un día que se siente triste en La Plata, una ciudad llena de ausencias.
    Un abrazo para mi Córdoba natal.

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