Murió el Gol: falleció Diego Armando Maradona

Escribe: Germán Giacchero

Que tapicen las canchas del mundo con los goles del mejor jugador de fútbol del universo conocido. O, al menos, uno de los pocos que alcanzaron ese celebrado estatus.

Aprovechen ahora, porque el gol acaba de morir. No habrá garganta poderosa que lo regrese al campo de juego, ni valijas repletas de dólares o euros que puedan comprarlo en cualquier góndola del mercado de pases, ni plegarias encendidas que lo resuciten, ni siquiera en la Iglesia Maradoniana.

Se fue el Diego. Dios, el Diez, Maradó, el Gordo, el Ídolo de todos, la pesadilla de muchos, el consuelo de tantos.

Este miércoles 25 de noviembre sufrió un paro cardíaco en la casa donde residía luego de ser operado en una clínica de Buenos Aires.

Hace pocos días había cumplido las seis década de vida. Pero, llevaba vividos más de 100 años del calendario maradoniano.

Diego estaba mal. Vivía mal. Desde hace tiempo. Y murió. Una tristeza infinita recorre cada hueco del globo terráqueo y se replica en cada rincón conocido de nuestro cosmos.

No es para menos. Acaba de morir el Gol. Y la destreza. Y la Habilidad. Es que acaba de fallecer su máximo representante.

Por eso, en este momento de dolor y conmoción por su muerte, compartimos la nota que realizáramos en ocasión de su cumpleaños número 60. Hace poquito nomás. Su partida no pudo ser menos que inesperada, al borde de la tragedia y con muchas repercusiones y muestras de pesar en todo el planeta.

60 pirulos y un reinado trágico

Ídolo de barro con pies de oro y neuronas de plomo, Maradona volvió de la gordura extrema, de la locura y la muerte. Hartó a muchos y enloqueció a otros tantos, pero demostró que pudo. A su manera, claro.

Objeto de culto del espectáculo autóctono, es una divinidad a quien millones de argentinos y foráneos rinden tributo pagano.

Él, como pocos, sabe que el show debe continuar.

Con 60 pirulos encima, apenas puede caminar y coordinar una oración completa sin trastabillar en el intento. Pero sigue siendo el rey.

Un rey bien argentino, con un trono acondicionado para él en un costado de la cancha y otro más que será eterno en el imaginario colectivo. Del planeta entero y galaxias vecinas.

A imagen y semejanza

Maradona no se inventó a sí mismo. La magia de sus botines y su arrebato neuronal aportaron lo suyo, pero él es producto de una planificada creación de la sociedad argentina.

Construido a imagen y semejanza de un pueblo que necesita abrazarse a un manto protector, Maradona simboliza lo que los tótems representaban para las tribus aborígenes de América del Norte y lo que los dioses de barro y oro encarnaban para los pueblos del antiguo Oriente.

¿Dios pagano, mito, objeto de culto? Tal vez. “Barrilete cósmico” fue uno de los tantos apodos que recibió en la tarde que contra los ingleses cada rincón del planeta conoció “la mano de Dios”.

Desde ese momento, si Pelé, el gran ícono del fútbol brasileño, era “El Rey”, el 10 argentino, no podía ser menos que “Dios”.

Diego hace rato que dejó de ser el pibe de Villa Fiorito y el hijo de Doña Tota, y el papá de Dalma y Giannina, que son lo que más quiere. Y ya casi nadie se acuerda cuando destilaba el barro de los potreros.

Desde que se convirtió en uno de los ídolos más sobresalientes del Olimpo Argentino, eso resulta apenas anecdótico o poco importa.

Cerca del cielo

Los argentinos, al igual que los griegos de la Antigüedad, dotamos a nuestras deidades terrenales con los atributos que jamás hallaremos en nosotros y con nuestros más terribles defectos.

Por eso, no resulta casual el endiosamiento de Maradona. Elevado al nivel de divinidad, en su figura se condensan nuestras miserias y nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestras contradicciones. Y en este juego de paradojas, es venerado, pero también odiado.

Los integrantes del Olimpo no sólo se parecían a los hombres, sino que estaban en contacto con ellos. Divinidades caprichosas, impredecibles, a veces crueles y vengativas, distaban mucho de ser perfectas, pero eran adoradas por su gente. Después de todo, no eran otra cosa que una proyección del pueblo que también parió a Platón y a Aristóteles.

Hace rato que el ex jugador ingresó al Olimpo criollo, pero el aura celestial con que se lo ha dotado puede tener fecha de vencimiento. Como demanda la tradicional necroficilia rioplatense, Maradona no podrá morir pobre, como el resto de los mortales si quiere pasar a la posteridad. Menos aun, abrumado por su exceso de kilos.

Porque el gran pueblo argentino -¡Salud!- se espantó de su gordura, pero no de su adicción a la cocaína.

Ya es un mito viviente, una leyenda de carne y hueso, un patrimonio de la humanidad con sello de exportación argentino. Un dios plagado de varios vicios y algunas virtudes, amado, venerado, pero también odiado y ninguneado casi en la misma proporción.

Así las cosas, quizás el fin de sus días no pueda ser menos que trágico. De esa forma ingresará para siempre en la selecta -y atormentada- galería de los eternos mitos argentinos.

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