¡Nunca cuentes a un amigo que le están siendo infiel…!

Crónica de infidelidades y  olvidos en aquel boliche llamado “Z”

La réplica de Romero fue directa: “Nunca te metas en problemas de cuernos  ajenos. A la corta o la larga el que habla sale perdiendo”. Y agregó “dejá que se arreglen solos. Pensá en la cantidad de parejas ya viejos que él o ella alguna vez tuvieron su historia con flores de despelotes  y los años le cepillan esos momentos… Mirá, en el amor se perdona más de lo que uno supone. A quien nunca le perdonan, te guste o no, es a quien deschava. Al que cuenta”…

Juanjo se quedó en silencio. Pensativo. Al fin era la mujer de su íntimo amigo la que estaba recorriendo un camino de trampas. No ignoraba que si abría la boca el tema podía pasar a mayores. Y salvo muy pocas excepciones “el culpable siempre  es el que ‘bate’”. Romero tenía razón

“¿Vos te acordás de aquella petisa que el grandote la encontró en la confitería Z…?” inquirió  el Negro Romero.

Difícilmente los maduros de hoy, por el setenta, no hayan concurrido a aquel boliche bailable que estaba detrás del Sport. Una linda casa que daba contra el río, acondicionada para un lugar bailable  de circunstancia. Parejas fugadas y amores de oscuridad encontraban allí el punto donde pasar un buen momento, escuchar buena música, intimidad a pleno y  la bebida preferida. Todo el condimento para alcanzar algunos placeres en esos reservados con bancos de cemento cubiertos de almohadones y una pequeña pared que no permitía ver a quien estaba a pocos metros.

Tenía razón en citar aquel ejemplo. La mujer petisa y el hombre enorme, casi sin cuello y de espalda cuadrada, no dejaban de ser un ejemplo de que el amor tiene cosas inesperadas… lo que aparece como una tragedia en ese momento,  en meses o años pasa a la  “factura nebulosa de cuentas con tinta difusa”…

Mediados de diciembre del ’73

La temperatura se volvía insoportable. Romero, negro pintón y encarador como pocos  había conocido a la mujer de un cana de la Federal que estaba de paso por Villa María. La Delegación por entonces funcionaba en una pequeña oficina del ferrocarril. Este suboficial se había juntado con una dama oriunda de un país vecino. Morocha de ojos verdes y un cuerpo que abría el apetito hormonal de cualquiera. Ella, sin quererlo comenzó a sentir cosquilleos ante el discurso del negro. Hábil vendedor de sueños. Dos, tres charlas y le lanzó la invitación a compartir un whisky en un lugar tranqui. Debió esperar que el uniformado fuera comisionado a un viaje a la Capital -de donde era-. La joven le contaba que tenía bastante temor porque su “marido” además de celoso tenía la violencia incorporada. La fajaba seguido.

Romero  comprendió que se estaba comprando un despelote nada pequeño, motivo que no le permitía disfrutar a pleno la situación que se prestaba para un momento inolvidable. Pero era imposible ganarle al exceso de testoterona. Igualmente de lanzó a las aguas de las pirañas hambrientas.

Estacionó su vehículo en una pequeña callejuela que daba al río. El ingreso a “Z” tenía un escalón de no menos de treinta centímetros por lo que frecuentemente más de uno entraba trastrabillando. Se comían el escalón. Juanjo había ido con su novia de Etruria que estudiaba en la Villa. Ellos se acomodaron en el apartado contiguo. Domenico Modugno, algunos de Leonardo Favio y toda la pasión desatada en ese pequeño rincón. Ella comenzó a hacer burbujas también. Romero comenzó a alivianarse de ropas sin sacar los ojos de la ventana abierta que le permitía una pequeña visión de los que llegaban. Sintió el freno de un auto que venía con algo de apuro. Algo frío le envolvió la espalda y el pecho a la vez.  Segundos después la puerta de la confitería se abrió de par en par con desmedida violencia, casi instantáneamente todas las luces se encendieron. Los gritos parecían rebotar en sus oídos. Se le paralizó el flujo sanguíneo, atinó a acomodarse los pantalones, y ella esconder su carnosidad en el portasenos.

El hombre enorme, de gigantes manos y pies del 47  iba abriendo cada uno de las cortinas de los apartados. Justo antes de llegar al de negro, que ya sentía como un plomo de la 9 mm lo mandaría a otro mundo, el gigantón encontró lo que buscaba. Allí estaba acurrucada la pequeña mujer de rasgos armoniosos.  Chica bella dirían después.  Una cachetada mano abierta que se sintió a varias cuadras  se estrelló en el rostro del tipo que a nada atinó. A ella la tomó de los cabellos, y la pierna derecha de él fue directa al trasero de la desesperada dama. No tocó ni el desnivel del escalón de ingreso. Lo que se llama un boleo exacto. Los llantos de la tramposa desaparecieron cuando él cerró la puerta del Rastrojero.

El olvido del después…

Por años se los vio pasear juntos por la ciudad al hombre enorme y a la mujer pequeña. Primero solos, de la mano. Luego con los hijos. Ahora el hombre ya no está tan grande, es un anciano curco y empequeñecido. Ella, continúa siendo baja, con la belleza de la ancianidad. Se los ve felices. Hasta el pasado año solían andar tomando helados y charlando animosamente con los nietos. Seguramente jamás aludirían sobre aquella noche en “Z” y el desliz de la dama.

Romero  tenía razón, por más amigo que fuera no debía meterse. Posiblemente a aquel hombretón algún allegado le avisó que su novia -por entonces- estaba metiéndole los cuernos en “Z”. y lo más posible es que a ese tipo nunca más le dirigiera la palabra al avisador

“No te metás Juanjo… el hombre vive más feliz mientras más ignora”… Afortunadamente existe el olvido.

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