Un disparo al corazón: Vidas y muertes trazadas por la ironía y la tragedia

El disparo al corazón de Favaloro, la sordera de Beethoven, la ceguera de Borges… Son solo algunos de los casos de vidas y muertes delineadas por el trazo cruel de la ironía y el signo de la tragedia.

 Escribe: Germán Giacchero

 La vida puede ser más desfachatada que la misma muerte. Y la muerte, tan sarcástica como la vida misma.

Calcas, aseguran, fue un poderoso profeta de la mitología griega. Víctima de una muerte paradójica, si las hay. Contaba el escritor Abelardo Castillo que este adivino vaticinó el día en que iba a morir y cuando pasaron las 12 de la noche de esa jornada y se vio con vida, le agarró un ataque de risa tan grande que se murió de eso… de risa.

La historia, la mitología y la religión ofrecen otros tantos casos de vidas célebres plagadas de paradojas e infectadas por el aliento de una parca bromista que parece hacer gala de su sarcasmo, que nos deja a mitad de camino entre el asombro, la risotada y la tristeza.

 Música y física

Ludwig van Beethoven, el genial compositor alemán de música clásica, vivió atormentado por los contrasentidos de la vida. A los 26 años, comenzó a notar los síntomas de una sordera que más adelante sería total. Por eso se entregó a una febril actividad creadora y algunas de sus grandes obras, entre ellas las últimas sonatas para piano, los últimos cuartetos y la famosa Novena Sinfonía fueron concluidos cuando ya se había quedado completamente sordo.

Lejos de la música y más cerca de la ciencia, la vida del más célebre físico de los últimos años presentó algunos ribetes particulares. El inglés Stephen Hawking realizó los aportes más trascendentales en materia de leyes que gobiernan el universo después de Einstein. Reconocido a nivel mundial, esta mente brillante, sin embargo, padeció durante casi toda su existencia esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad que lo dejó inmovilizado casi por completo. Mientras las neuronas del gran físico permanecían lúcidas, su cuerpo le jugaba una mala pasada.

Trazo fino

Roberto Fontanarrosa, dibujante y escritor rosarino, veía amenazados desde hace tiempo el ingenio de sus trazos y su prosa desenfadada por una variedad de esclerosis que le impedía mover el brazo izquierdo y le ocasionaba dificultades en la mano y el brazo derecho. Justamente él, uno de los más creativos dibujantes argentinos, que con su lápiz podía delinear las formas a su antojo, se veía privado de moverse en libertad.

Su colega Quino (Joaquín Lavado), fallecido recientemente, no tuvo una muerte trágica. Pero el creativo papá de su más célebre criatura, Mafalda, una niña inteligente y contestataria, nos dejó tras padecer un accidente cerebrovascular en Buenos Aires. Casi otra ironía de la vida. Y de la muerte.

Ciegos iluminados

Igual que con la muerte, Jorge Luis Borges no se espantaba de la ceguera, a la que aceptaba como inevitable en su vida, casi como una herencia familiar maldita.  Ese mundo a oscuras en el que vivió una buena porción de su vida planteó una terrible ironía. Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, luego de que la llamada Revolución Libertadora derrocara a Perón. Estaba rodeado de casi un millón de volúmenes, pero no podía leer ninguno de ellos. Él, que se jactaba de los libros que había leído.

En un diálogo sobre la vida y la muerte, el escritor citó la muerte de un gramático francés que le habían contado. “Él murió en su ley; él era gramático y dijo algo así como: ‘Yo muero puede decirse también: yo me muero’. Murió en su ley, ¿no?, murió siendo un gramático. Eso también es una muerte propia”.

Uno de sus contemporáneos, Ernesto Sábato, también parecía marcado por la oscuridad orgánica, en claro contraste con la luminosidad intelectual. El autor de “Sobre héroes y tumbas”, obra donde se incluye el famoso “Informe sobre ciegos”, también fue víctima de una ceguera. Durante algún tiempo no hizo caso a las recomendaciones de sus médicos, pero en el final de sus días sólo se dedicaba a la pintura en su casa de Santos Lugares, ya que no le permitían leer ni escribir.

Muertes paradójicas

La muerte de un bebé al nacer o la de un médico incapaz de salvar su propia vida aparecen como singulares paradojas. Juan José Castelli, uno de los más brillantes oradores de la Revolución de Mayo de 1810, falleció a causa de un cáncer de lengua. Más acá en el tiempo, René Favaloro, el más sobresaliente cardiólogo argentino murió de un disparo al corazón. Las ironías de la vida.

Son paradójicas también aquellas muertes cuya forma es totalmente fiel al estilo de la vida, eso que, curiosamente algunos llaman “morir en su ley”. Algo así como dijo alguna vez el filósofo Séneca, “morir su muerte”, una muerte propia, ajustada a su trayecto en la vida.

Sobran los ejemplos: la muerte de un artista arriba del escenario, pilotos estrellados, magos ahogados o sofocados, deportistas extremos mutilados o inmovilizados para siempre, entre tantos otros.

El fundador de la aeronáutica rioplatense, Jorge Newbery, era un excelente aviador y eximio deportista. Había alcanzado los 6.225 metros en un vuelo preparativo de su gran proyecto, el viaje a través de la Cordillera de los Andes. Pero no pudo lograr su objetivo: moriría pocos días antes de realizar su proeza, cuando su nave se estrelló en Mendoza. Era un simple viaje de práctica.

Algo similar ocurrió con el soviético Yuri Gagarin, el primer ser humano que visitó el espacio extraterrestre. Convertido en héroe nacional, no pudo disfrutar mucho de su consagración. El 27 de marzo de 1968, a los 34 años, en un simple vuelo de entrenamiento su avión se estrelló y terminó con su vida.

Muerte innecesaria

Este 2020, se cumplió 20 años de una muerte emblemática e innecesaria. Fue la del doctor René Favaloro, un médico de intachable honestidad moral e intelectual.  Jaqueado y hastiado de la falta de respuestas a sus reclamos por millonarias deudas impagas que entidades públicas y privadas mantenían con su fundación, la tarde del 29 de julio de 2000 fue testigo de su fatal determinación.

Singular hasta el final, eligió un camino distinto a la mayoría de los suicidas. Fue un disparo certero al corazón el que acabó con su vida y el que hirió el ego exacerbado de miles de argentinos. Estaba solo cuando eso ocurrió. Lo habíamos dejado solo.

La ironía de su muerte, no había sido más que un fin en sí mismo.

Y aún espera respuestas.

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