Un vuelo desde Cuba: ¡Probaaá con comer meeentitas!

Escribe: Miguel Andreis

Las vacaciones suelen ser esos espacios de tiempo donde se viven situaciones fenomenales y otras dolorosamente increíbles. Algunas inolvidables. En estas líneas no hay la mínima pisca de ficción, sí mucho de vergüenza…

Habíamos viajado a Cuba, lo que significaba en lo personal todo un anhelo esperado por años. Desde mi adolescencia esa isla era todo un estigma. No era el mar lo que me seducía. Menos aún darme un baño de pobreza esperando morbosamente que los habitantes del lugar se convirtieran en “solicitadores” de jabones, pasta dental, champú…

De lo que tanto se habla sin entender la postergación de un pueblo. La colorida Habana merece ser recorrida. Husmeada. Talentosos en todos los órdenes.  Recorrer el Palacio de la Revolución fue maravilloso. Allí se puede tener una mínima noción de los que fue aquella gesta revolucionaria. Las morochas bellísimas físicamente pero tanto o más en su calidez. Tienen don de gente.

Lo mejor de Cuba, por lejos, es su pueblo. No así su clase dominante que está absolutamente alejada de la pobreza.  Casas derruidas y comidas por el tiempo. Hay pobreza. Se la ve. Lo que no encontrará es miseria ni analfabetos.

Extraño elixir

El viajero tiene a su alcance diversidad de gastronomía. Especialmente ricas en frutas, unas más apetecibles que otras y ajenas a nuestra instrucción alimenticia. Promueve algo de culpa si se te ocurre espiar por las ventanas. Debo decir que volvería a Cuba, a caminar las calles de La Habana, a quedarme absorto frente a trompetistas de ambos sexos y su música mágica.

Desandar la noche calurosa y las jovencitas que te murmuran propuestas que aquí jamás nos llegarían. Hay como una mimetización de la sonrisa. Paradójicamente no se observa gente triste. Bailan en la vereda y hablan fuerte. Cálidos y sometidos.  Hasta se podría decir que están felices. Nuestra concepción de la existencia y el vivir cabalgando sobre responsabilidades no es el elixir de ellos.

Recorrimos de punta a punta la isla

El hotelería, formidable, es básicamente de capitales canadienses y españoles. Tienen como socios privilegiados al gobierno cubano. En esas moles exuberantes de lujos, los originarios de esas tierras no tienen permitido ingresar. Los empleados se moverán solo en pequeños espacios. Salir del sitio determinado será motivo de la pérdida de empleo. Se cuidan porque las propinas significan dos o tres veces el sueldo.

Llegó la hora del regreso…

Comenzaría a vivir una de las vivencias de mayores vergüenzas que me tocó en suerte.  Era el último día por lo que aproveché solamente a paladear frutas como Guayaba, Papaya, Mamoncillo, Guanábana, Chirimoya, ananá…

Viajamos por una empresa de línea brasileña. Un avión con capacidad para 200 personas. Incómodo y donde la atención deja mucho que desear. El costo del boleto está acorde a lo que brindan.  

Mi cuerpo comenzó a enviarme señales sobre el exceso de frutas, el mamoncillo, guayaba. La partida era a las 20 horas.  Todavía con sol. Nos tocó en la tercera fila. Pegado al pasillo una peruana, en el otro asiento, mi señora, en la siguiente un robusto morocho bañado con caipiriña.  Allí en el medio mi anatomía soplada.

Acepté el café de la aeromoza. Letal error. Oscureció y mi incomodidad se fue incrementando. Mis intestinos parecían a punto de estallar. Eso se fue agudizando. Le comento a Susana, mi señora, y me responde: “Aguantá hasta Lima…”.

No menos de cuatro horas nos separaban de Perú. Ni tomándome tres cucharadas de portland postergaría lo inevitable.  Estando a 10 mil metros de altura, apagaron la mitad de las luces. Salir de esos pasillos entre asiento y asiento es complicado en contextos normarles. Mejor ni referenciar en tales condiciones. A lo lejos. Excesivamente distante, el ansiado baño. 

Ya desesperado mal. Paso el brazo y logró despertar a la peruana que, además roncaba al mismo tenor que la turbina. Luego de una lucha entre piernas y piernas, moviéndome con mucho cuidado accedo al pasillo. Para entonces la nave atravesaba una inquietante turbulencia. Se movía temerosamente. Pozos de aire donde la máquina perdía cientos de metros en segundos. Todo eso rebotaba en mi estómago.

Ni reparé si el pájaro de acero se venía a pique. Me encamino hacia al lejano retrete.  Las azafatas sentadas bien pegadas a la puerta del closet me hacían señas, bajando las manos como orando por Alá. Seguí avanzando.  No escuchaba lo que me decían. Al acercarme le digo que necesito pasar porque me estaba dando un cólico renal.

Todo sea por el cólico

Quedaron allí. No era mi culpa.  El fluido de las frutas debió ser fuerte, diría inocultable. Algo se dijeron en portugués que no comprendí ni me importó. Mi estadía debió ser de 15 o más minutos. Abrí la puerta para regresar a mi butaca y los ojos de las azafatas desorbitados me vomitaban odio. No las juzgo.  Caminé aliviado.

Observo a Susana y otra amiga, Silvia Della Vedova, que sin darse vuelta me hacían señas con las manos que me alejara. Trémulas de vergüenza. Retorno recordando haber visto dos asientos desocupados. Aliviado, la butaca fue mágica. Me prendo el cinturón y amago con cerrar los ojos cuando de pronto se encienden todas las luces. Todas. Una voz gruesa, con los parlantes a un volumen alto y en un castellano bastante claro comenzó: “Señoras, señores pasajeros les habla el comandante de a bordo, para informarles que debido a una situación especial se va a desodorizar y desinfectar todo el avión. Esto no tiene ningún riesgo para la salud humana…”.  

Las azafatas y un flaco de impecable uniforme salieron con aerosoles del tamaño de un matafuego, tirando un humo- gas medio amarillento. Los tres se frenaron en mi asiento y comenzaron desde los pies hasta la altura de la cabeza a rociar el espacio. La gente miraba. La vergüenza, la consternación se aferró a mis cachetes.

La estocada final provino de la cabina de mando… el comandante, flor de boludo, sin darse cuenta dejó abierto el micrófono, o lo hizo adrede… fue cuando emerge una voz con tonada cordobesa, aún más fuerte que la primera agregando… “Decile que pruebe con comerse unas mentitas…”.  Ya no había dudas para quién era el mensaje.Una carcajada al unísono retumbó en la nave.

Recién en Lima mi señora y las otras amigas me volvieron a dirigir la palabra…

Facebooktwitterlinkedinmail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat