29 de enero de 2022

[VIOLENCIA y ABUSOS] Una flor marchita: Crónica de una infancia robada

Escribe: Carolina Durand

Son las 19 y Florencia tiene una hora de retraso. Quedamos en un café, retirado del centro. Fue su decisión. La tarde parecía una postal, observé la puesta de sol por la ventana y en medio de ese ocaso, ella apareció.

Me dio frío y lentamente sobrevino la noche. Su rostro parecía cansado, sus ojos desencajados, el pelo desprolijo, ropa sugestiva, maquillaje corrido, una coraza de mujer. Suspiró al sentarse, como el sollozo de un bebé que recién termina de llorar.

Se desplomó en la silla del café y pidió agua. Atinó a prender un cigarrillo, me miró y me dijo: “Lo necesito”. Conocía las reglas, y lo dejó sobre la mesa.

No sabía por dónde empezar, pero, la lógica era empezar por el principio. Aunque su vida de lógica tenía muy poco.

El diminutivo de su nombre, es como la misma flor, se marchita en poco tiempo y su vida fue deshojada poco a poco.

Antes de empezar, me preguntó si tenía hijos y el significado del amor por un niño, para mí. No supe que responderle; su mirada fija en el vaso de agua me desconcertaba.

Hizo silencio unos minutos… y empezó a hablar.

La niña que no fue

De niña le gustaba ir a la escuela porque allí no tenía que dejarse tocar por un desconocido, allí no había olor a vino, ni a cigarrillos. Allí nadie la lastimaba, ni tocaba sus partes íntimas, ni la obligaba a dejarse desnudar. Se sentía una niña más y podía jugar, correr en el patio libremente, reír, soñar… unas horas.

Cuando regresaba a su casa, los hombres malos, sucios, eran parte de su rutina diaria. El resto del día y la noche, la calle era su escuela. Algunos vehículos eran su habitación. Decir “No quiero” era sinónimo de golpes, moretones, dolor y noches interminables.

La gomería del barrio, la bicicletería, eran lugares habituales, en los cuales entrar y dejarse hacer lo que, el sujeto que estaba adentro quería, era normal. La paga, un papel de color con un número y la cara de un viejo que daba lo mismo. Todos eran repugnantes, pero, cuando llegaba a manos de su madre, su abuela, sus tíos, algo provocaba que, ellos se mostraran satisfechos.

También había hambre, por lo que, recibir comida de cualquier vecino, era un manjar. Hacerse amigo de lo ajeno también pasó a ser moneda corriente en su vida.

Hubo caras de tipos viejos que, desde muy pequeña le fueron familiar. Aun después de una década, seguían siéndolo. ¿De dónde salían, cómo llegaban a apropiarse de su cuerpo, de sus partes íntimas, de su vida? Nunca lo entendió. Así se lo inculcaron. Así lo aprendió.

El vaso de agua permanecía intacto en la mesa, y sobre él, su mirada. Agarró el cigarrillo y lo hizo girar sobre sus dedos.

Después de un lapso de largo silencio, una afirmación. “El alquiler había que pagarlo y mi cuerpo durante un par de años fue la paga”. No movió un músculo.

Sus hermanas empezaron a crecer y con poco más de 6 años, podían “empezar a colaborar” con lo que había que hacer. Ir a la bicicleteria, a la gomería, a pasear con algún desconocido, era la práctica habitual, para todas.

Niña – madre

Al pasar los años, sobrevino una mudanza. Cambiar de barrio podría significar cambiar de vida, pero no fue así.

Su cuerpo y el de sus hermanas, seguían día tras día, noche tras noche siendo ultrajados. Era tiempo de madurar (a la fuerza). Flor había sido tía, su hermana, niña-madre.

No existieron cuentos, chocolatadas con vainilla, barrileteadas, paseos en la plaza, zapatitos de charol ni helados.

Hablar jerga de adultos obscenos, era el léxico aprendido. Los uniformados de azul, eran parte del paisaje.

Un par de horas en la casa de algún sujeto asqueroso pervertido, “servía para parar la bronca del día”.

¿Nadie lo notó?

Los vecinos, la escuela, la policía, la familia, el estado. ¿Nadie advirtió lo que sucedía? ¿Es más fácil callar, hacer oídos sordos y ojos ciegos? ¿Qué factores predominaron para ser cómplices de destruir física, psicológica y emocionalmente la vida de unas niñas? ¿El miedo, la indiferencia, la corrupción, el cinismo?

¿Fallaron las instituciones primarias, la conciencia social durante más de una década, la empatía, la humanidad de la gente? Fallaron todos.

Flor levantó su mirada hacia mí, el vaso con agua y con un solo movimiento hizo fondo blanco.  

“El agua, es lo único sano que tengo. Me limpia el cuerpo por dentro una vez al día de la toxicidad y la mugre que tiene”.

Se levantó lentamente y me susurró: “Mañana tomamos otro vaso de agua, la noche va a ser larga y lo peor, aún no te lo conté”.

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