[Con sentido del humor] Por qué amar u odiar a un abogado

Amados y odiados, malos y buenos, exitosos la mayoría, caros en general, los abogados son protagonistas destacados de la vida social.

Antes de pasar a la nota, debo decir que tengo algunos amigos abogados y varios conocidos con esta profesión. Y que no hay ningún tipo de animosidad en este texto, que en su momento provocó cierto enojo de algún especialista en leyes y recibió algunos retrucos. Por supuesto, no es apto para quienes no tengan sentido del humor.

Escribe: Germán Giacchero

Los abogados son los dueños del planeta.

Y sí, aunque parezca exagerado, son protagonistas omnipresentes en la vida social. Veamos por qué.

Por empezar, este es un mundo hecho por abogados a su medida: quienes se encargan de crear y sancionar las leyes que regirán nuestras vidas son abogados, que bajo la denominación de legisladores las aprueban o rechazan.

El Poder Ejecutivo, integrado básicamente por abogados, se encarga de ejecutarlas, obvio. En tanto, el Poder Judicial, reino del Derecho -no del Revés, aunque a veces lo parezca-, es quien se ocupa de velar por ellas y de juzgar los delitos penados por las leyes creadas por sus pares en el recinto del Congreso.

Así, la cúpula del poder político y judicial es una inmensa colonia de letrados.

Para ser presidente

Para llegar a presidente de la Nación, antes deberás ser abogado. Aunque, en Argentina y el resto de América Latina, esta es una verdad a medias, ya que muchos de nuestros presidentes surgieron de un liceo militar o tuvieron más balas en sus pistolas que neuronas en su cerebro, para serlo es condición sine qua non haber pasado primero por la Facultad de Derecho.

En el sillón de Rivadavia se sentaron desde un odontólogo como Cámpora y una ama de casa como Isabel Martínez de Perón, hasta un periodista como Sarmiento y un hacendado como Hipólito Yrigoyen. Pero, del total de los presidentes argentinos (50), desde Urquiza a Alberto Fernández, 23 fueron o son abogados.

Muchos estudiantes de leyes han triunfado en otras esferas del pensamiento o del conocimiento. Es el caso de Karl Marx, que se lo recuerda por su contribución teórica antes que por su labor en abogacía.

Y, además, que pertenezcan a la cofradía legal no significa que deban llevarse bien. Es así que, a pesar de que los separaba un abismo ideológico, Fidel Castro y John Kennedy compartían la misma profesión; igual que Joe Biden y Sadam Hussein, entre tantos otros personajes.

Alberto y Cristina Fernández, presidente y vice, son abogados. Como la inmensa mayoría de nuestros mandatarios.

Temidos y respetados

Son abogados, pero además actúan como fiscales, jueces, diputados, senadores, presidentes, directivos, secretarios, ministros, procuradores, notarios, gobernadores, intendentes y todo lo que ellos se propongan. Encima, tienen injerencia en los más diversos terrenos: así hay abogados laboralistas, penalistas, en lo económico, en lo civil y tanto más.

En los juicios siempre gana un abogado y todo queda en familia. Como dijera el escritor estadounidense Robert Lee Frost: “El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quién tiene el mejor abogado”.

Son los custodios de las más grandes fortunas, conocen y redactan la letra chica de todos los contratos habidos y por haber, y manejan información sumamente secreta de sus clientes. Ellos se encargan indistintamente de mandarte a la cárcel y de sacarte de detrás de las rejas. ¿Cómo no querer ser uno de ellos?

Antes encerrados en sus despachos, algunos especialistas en leyes aparecen fascinados por las luces de la televisión, se ven envueltos en los escándalos de sus clientes y muchos de ellos forman parte del jet set criollo. Lo que implica autos caros, mujeres bonitas, fiestas varias y suculentos casos en Tribunales.

Es curioso que así sea, pero la concepción social que se tiene de ellos, señala que el mejor abogado es aquél que puede ayudarte eficazmente a evadir las penas de la ley. Es vox populi que los más conocidos, temidos, amados y despreciados por igual, además de mejor cotizados, son aquellos que muestran uñas y dientes en la defensa de narcos, asesinos seriales, políticos corruptos y estafadores de gran monta.

En caso de aprietos mayúsculos, no quedará otra que desembolsar un buen fajo de billetes, que será directamente proporcional al prestigio del letrado o a la resonancia de sus casos.

Ni hablar de los «caranchos», esos aprovechadores seriales del dolor y la muerte ajenas.

Por fortuna, las universidades también están superpobladas de estudiantes de derecho que en el día de mañana serán hombres de leyes que lucharán por el bien común.

Aunque los abogados sean uno de los blancos favoritos del humor popular, ser uno de ellos ofrece, como se ve, innumerables ventajas.

Si usted declina el ofrecimiento de serlo, le quedan dos opciones: hacerse amigo del juez, como aconsejaba Martín Fierro, o conseguirse un buen abogado.

Siempre son necesarios.

Nada personal, claro. Solo para arrancar unas sonrisas.

(*) Una versión de este texto, que ahora presenta ligeras modificaciones, fue publicado con anterioridad en la edición papel de Semanario El Regional.

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