[El Deschave] Milei, las provincias y el recuerdo de Salomón Deiver: “Manden azúcar, enviamos las vacas”

Todo parecido con Chubut es pura historia olvidada…

Escribe: Miguel Andreis

Un muerto heredado en el país del “No hay plata”

Si algo no puede discutirse, es precisamente que todo se ha vuelto cuestionable con las medidas que adopta el reciente gobierno de Javier Milei.

Lo cierto es que hay razones de un lado y otro, por lo tanto, se vuelve casi una utopía definir el cómo podrá seguir avanzando el auto referido libertario.

La razón y el sentido común son apenas charquitos de equilibrios emocionales del pensamiento de quien gobierna, pero también de la sociedad toda.

Razones de uno y razones de otro…

Recientemente el gobernador de Chubut, Ignacio “Nacho” Torres, apelando a sus “razones”, que pueden ser muy válidas, pero al parecer, no son las únicas, salió a confrontar con el Ejecutivo flamantemente electo, documentación en mano, sobre lo que le debe la Nación.

Desde Balcarce 50, Casa Rosada, también mostraron lo suyo bajo el caballito de batalla “No hay plata”.

En el medio quedaron los fondos de Participación Federal y el Fondo Fiduciario para el Desarrollo Provincial. Fuente de ingreso de enorme dimensión para Chubut y todas las otras provincias.

Nacho fue terminante para lanzarse al ruedo de contienda: “o me envían lo que nos corresponde -según su entender- o no le mandamos una gota de petróleo”.

Cuánto tiene que ver una cosa con otra es difícil de determinar, lo sí queda claro y el gobierno de la LLA lo tiene bien definido, que según lo que dicta la Constitución Nacional, dicha provincia lleva todas las de perder jurídicamente.

También es cierto que esa deuda que adquirió Chubut, venía del gobierno anterior al actual. Un muerto pesado, pero al fin heredado del gobernador saliente Mariano Arcioni… Todo y algo más, se centra en las denominadas Regalías Hidrocarburíferas

Una jugada de impensadas derivaciones

Vale acotar que la extracción del petróleo, con la que Torres presiona, está, mayoritariamente, en manos de empresas extranjeras. Milei o en todo caso el ministro Francos, saben que, si ese movimiento se consuma se puede hasta llegar a intervenir federalmente la jurisdicción en cuestión, pero que además serían porotos para el actual mandatario Milei, haciendo valer el valor jurídico de las empresas, uno de los factores que, aseguran, corren a cualquier empresario que pretenda invertir en Argentina.

Si bien no estamos ante una situación inédita, sino que se fueron dando por años contextos similares entre provincias y gobierno central, que no pasaban a mayor conflictividad.

Tal vez muchos no lo sepan y otros lo olvidaron, Córdoba se encontró en un escenario con acciones más directas. Claro que los hechos se sucedieron precisamente en nuestra ciudad bajo la intendencia del inefable Salomón “Turco” Deiver.

El mismo que había llegado a Villa María siendo un jovenzuelo que ofició de canillita, lustrabotas, fotógrafo ambulante, periodista, chofer de Amadeo Sabattini y más tarde político fue dos veces electo como jefe comunal.

Cómo se dieron los hechos entre el azúcar y la carne…

12 de junio de 1958, ese día Villa María cobró notoriedad en el ámbito nacional. Para el poder central, un mal ejemplo. En realidad, la noticia traspasó las fronteras del país.

Todo se originó con el conflicto azucarero que ya llevaba varias semanas en la provincia de Tucumán, y cuyo gobernador se puso a la cabeza del mismo. Decía defender los derechos de su pueblo.

La realidad indica que él era uno de los propietarios de esos grandes ingenios que elaboraban dicho producto. Sin embargo, jamás se le habría ocurrido que a más de 700 kilómetros de distancia un intendente también adoptó una medida sorprendente, aduciendo iguales argumentos, defender los derechos de los ciudadanos que representaba.

El telegrama que fue tapa de los grandes medios indicaba: «Si mandan azúcar los tucumanos, Villa María remitirá carne». Lo firmaba Salomón Deiver. Sin dilaciones tomó otras medidas.

Lo primero que hizo fue decretar que (textual): «Visto que en la ciudad de Tucumán se encuentran detenidos quince camiones cargados de azúcar consignada  a firmas comerciales de esta ciudad; demora que según es de conocimiento de este Departamento Ejecutivo, obedece a una orden emanada del Superior Gobierno de Tucumán, lo que constituye una medida drástica, que afecta y llena de angustia a nuestra ciudad y a todo el país, medida inhumana que clama venganza, ya que el derecho de justicia y sacrificio debe ser solidario en el momento más precario de la vida nacional, y atento a ello; el intendente municipal, en uso de sus atribuciones y en defensa de las madres que claman por un terrón de azúcar, decreta:

Art. 1º- Prohíbase embarcar en las jaulas del ferrocarril Mitre, seiscientos animales vacunos con destino a la provincia de Tucumán.

Art 2º- Inspección General prohibirá el tránsito de hacienda hacia cualquiera de los bretes de los ferrocarriles y transportes en camiones u otros medios, que se dirijan con destino a la precitada provincia. Comuníquese…»(*)

Al conocerse el hecho, el episodio se comentó en todos los tonos, cabe aclarar que tal actitud llevó a que el nombre de Deiver adquiriera simpatía y admiración a lo largo y ancho de la geografía nacional.

Naturalmente que tal decreto adolecía, según los leguleyos, de gruesas falencias jurídicas. El mandatario estaba al tanto de eso, pero no le importó. Personalmente se puso al frente de un piquete de empleados municipales y de ciudadanos que se identificaban con la actitud asumida, y se encargaron de hacer bajar los seiscientos vacunos de los vagones.

La operación se realizó, según escritos de la época, a pocos metros de unos corrales, ya desaparecidos, ubicados sobre la ruta 9 (al frente de Servicentro Baudino) donde operaba una feria ganadera.

Un asesor letrado le explicó, Constitución en mano, que, al ser el ferrocarril de jurisdicción nacional, tal determinación le podría traer serias dificultades, hasta la propia intervención de su administración.

No hizo caso al posible conflicto institucional. No conforme solamente con lo actuado, y frente a periodistas que llegaban de la capital provincial, avanzaba con sus argumentos sosteniendo: «Si el cañero tucumano, para poder vivir necesita cultivar setecientos surcos y sólo cultiva doscientos o trescientos, no es justo que el resto de los habitantes del país los tengan que mantener». 

Más revuelo aún, desafiaba a quienes manejaban una porción importante de la economía nacional. Y agregaba que «el minifundio es un cáncer en esa provincia; que las tierras están empobrecidas por falta de rotación de los cultivos; que esa minúscula provincia, con su nefasta industria para la economía nacional, que obliga al resto del país a pagarle cuatro veces o más el precio internacional del azúcar, tiene además absorbido en préstamos de vidriosa recuperación, más de la cuarta parte de la cartera del Banco Nación, etcétera». (*)

Hasta Frondizi debió intervenir

Desde varios ministerios del gobierno nacional, presidido por Arturo Frondizi, llamaban insistentemente al intendente villamariense en busca de un desenlace formal que destrabara el contexto. Temían que esto pudiera desembocar en una sucesión de reclamos similares. Aseguran que Deiver se comunicó telefónicamente con el presidente, y le expuso que no cejaría en su posición.

Vittolo, que era el ministro del Interior, llamaba varias veces por día, con “ofertas tentadoras” para que el Turco accediera a levantar la medida.  La respuesta nunca dejó de ser: “NO… manden azúcar y va la carne”. El gobernador Celestino Gelsi, intentó una y mil veces convencerlo. Tampoco tuvo éxito.

A la distancia del tiempo podría decirse que se trató de un acto «piquetero». Solo cuando desde Tucumán se dio vía libre para que los quince camiones se encaminaran para Córdoba y Villa María, dejó partir el tren con los seiscientos animales.

Deiver, tal vez uno de los intendentes con menor formación intelectual del pasado siglo, demostró poseer una sensibilidad y sentido de la oportunidad realmente notorios. Eso explicaba por qué llegó a ser dos veces intendente, y sin contar con ninguna estructura de los dos grandes partidos. Más aún, dos veces derrotó en internas al máximo caudillo radical, Amadeo Sabattini.

Tal acto de «si quieren carne manden azúcar», quedará en los anales de la política argentina, sin embargo, existió un ocultamiento sistemático de la aludida determinación.

Para el poder, para los dueños del poder económico, aquel mal ejemplo de sublevación «populista» no merecía ser tenido en cuenta.

Difícilmente se animen a imitarlo… claro que como decía Borges «la esperanza nunca es vana…».

* (Párrafos extraídos del libro Salomón Deiver, de Pedro V. Capdevila)

Fotografía de Villa María de Antaño.

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