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[Miradas] El Rey de las Cenizas…
En su reino, la realidad se desdibuja bajo un velo de misterio, donde las sombras de lo esotérico gobiernan los corazones. Las brujas, con sus cánticos que rasgan el silencio de la noche, tejen destinos en los hilos del tiempo. Las cartas del tarot, dispuestas en altares de piedra, murmuran profecías que prometen gloria y ruina en igual medida.
Escribe: Félix Vera (*)
En ese mundo, las ambiciones arden como fuego descontrolado, y las pasiones, desatadas, convierten a los hombres en títeres de un deseo insaciable de poder. Los cortesanos, con sus máscaras de seda y sus lenguas afiladas, se mueven en una danza de traiciones, donde cada paso es un cálculo, cada sonrisa un veneno.
Los que llegan desde las sombras, escalando muros y ventanas, reclaman su lugar en la corte, pero todos, naturales o intrusos, se encogen bajo el peso de los gritos, los insultos y la desconfianza siembra el terror en sus almas. La muerte aún no ha cruzado el umbral, pero su sombra se cierne, expectante.
En el centro de este torbellino está él, un ser minúsculo atrapado en una guerra consigo mismo. Su alma, dividida entre la pureza de un niño y la crueldad de un rey en un mundo virtual, se tambalea entre la moralidad y la obscenidad.
El poder, como un ídolo voraz, lo seduce con promesas de reconocimiento y eternidad, mientras la avaricia corroe su corazón, transformando sus sueños en pesadillas.

A veces se ve como un mártir, sacrificado en el altar de su propia ambición; otras, como un esclavo encadenado a una corona que aún no comprende, pero que lo reclama con una fuerza inexorable.
A veces intenta aferrarse a los vestigios de su ética, pero cada intento es sofocado por las brujas, guardianas de un destino que no perdona a ningún rey. Ellas, con sus ojos que ven más allá del tiempo, lo guían hacia el abismo, susurrando que la lucha contra sí mismo es vana.
Bajo su reinado, la crueldad se desborda como un río envenenado, inundando el reino con hambre y desamparo
Bajo su reinado, la crueldad se desborda como un río envenenado, inundando el reino con hambre y desamparo. Los campos, antaño dorados, se convierten en desiertos de polvo; los aldeanos, con sueños devastados y hundidos en la frustración, vagan sin rumbo, con sus expectativas marchitas. Incluso aquellos que aún alzan la mirada hacia él, aferrados a la fe en un salvador, encuentran solo promesas vacías.
Sus súbditos, tanto los leales como los traidores, se pierden en un laberinto de desconcierto, pues sus plegarias se ven ahogadas por el rugido del viento estéril que emana de sus preceptos crueles y sus lujurias más obscenas.
Él, desde su trono de bits, no ve sus rostros, no escucha sus lamentos. Cegado por la corona, su corazón, ante el dolor ajeno, se vigoriza, y cada decreto, cada decisión, siembra más desdicha, como si el reino mismo fuera un lienzo para su tormento interior.
Los cortesanos, como buitres que olfatean la carroña, giran a su alrededor, tejiendo redes de intrigas. Las profecías, garabateadas en pergaminos que no se deshacen con el tiempo, resuenan en los pasillos del palacio: “El trono es tuyo, pero el precio también lo es”.

Las cartas del tarot, dispuestas en un círculo parecen burlarse de su alma, mostrando espadas y copas derramadas, sangre y lágrimas entrelazadas. Él, en la intimidad de su cuarto, se enfrenta a la bruja suprema, una figura envuelta en sombras que parece encarnar el destino mismo.
“¿Por qué yo?”, pregunta, con la voz rota por la desesperación. Ella, con una sonrisa que corta como el filo de una guillotina, responde: “Porque el vacío en tu alma llamó al poder, y el poder respondió. No hay inocentes en este juego.”
En un momento de claridad, él comprende la verdad: no es víctima, ni esclavo, ni mártir, sino que es el arquitecto de su propia condena
En un momento de claridad, él comprende la verdad: no es víctima, ni esclavo, ni mártir, sino que es el arquitecto de su propia condena, el tejedor de un tapiz donde cada hilo es una elección, cada nudo de su propia traición. Las brujas no son más que ecos de su oscura y patética soledad; las profecías, reflejos de sus deseos más profundos y perversos.
Pero el reino no puede soportar el peso de su tragedia. Los súbditos, exhaustos, se empiezan a alzar en un clamor silencioso y sus ojos vacíos reflejan un cielo que se resquebraja. El palacio, testigo de tantas intrigas y traiciones, comienza a temblar, sus muros agrietados por la furia de un destino que se cumple.
Y entonces, en la hora final, el cielo se parte en dos. Un trueno sacude la tierra, y el eco de una voz antigua resuena, como un juicio irrevocable: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más” (Apocalipsis 21:1).
No hay redención para él. El trono se desmorona, el palacio se convierte en cenizas, y él, atrapado en el vórtice de su propia creación, cae al vacío de la intrascendencia. Los súbditos, liberados de su yugo, contemplan el amanecer, pero el precio de su libertad es un reino reducido a escombros.
Él, el rey de las cenizas, desaparece en el olvido, su nombre borrado por el viento, mientras el mundo, destruido y herido pero vivo, comienza a sanar bajo un cielo que ya no recuerda, ni siquiera su rostro.
(*) Especial para EL REGIONAL