[OPINIÓN] Ya es suficiente: No al acceso irrestricto de menores a las redes sociales

Escribe: Félix Vera

Australia se convirtió en el primer país plenamente conectado que decide no permitir el acceso irrestricto de menores a las redes sociales. Y lo hace con una medida contundente: el anonimato, ese escudo invisible detrás del cual se ocultan millones de decisiones que moldean conductas ajenas, ya no será una opción para nadie en su territorio.

En su presentación, el primer ministro Anthony Albanese repitió tres veces una frase breve, firme y cargada de intención. “Ya es suficiente”.

Con esas palabras no solo expresaba una posición gubernamental, sino que lanzaba un mensaje directo a los gigantes tecnológicos, diciéndole que los juegos con las mentes de los niños ya no tienen cabida aquí en esa democracia. Cualquiera que decida desafiar la nueva norma sabrá que el precio será tan alto que no valdrá la pena intentarlo.

Detrás de esta decisión no hay ideología dogmática, sino una preocupación creciente por la salud mental de las nuevas generaciones. Lo que a primera vista parece un logro de la modernidad —pantallas al alcance de la mano, entretenimiento ilimitado, acceso instantáneo al conocimiento— esconde una transformación silenciosa pero profunda.

La creatividad infantil, ese caos creativo donde nacen las ideas originales, se va aplanando.

Las rugosidades del pensamiento individual, esas imperfecciones necesarias para construir juicios propios, se vuelven una superficie lisa, pulida por algoritmos que ofrecen respuestas prediseñadas.

El resultado es una lógica reduccionista, binaria, incapaz de abarcar la complejidad de la vida en sociedad.

En ese terreno fértil, la dependencia tecnológica se convierte en una puerta abierta para imponer visiones ajenas, desvinculadas de las raíces culturales locales.

La despolitización de la realidad no es un efecto secundario, sino una consecuencia directa.

Y eso, lejos de ser inocuo, socava las bases mismas de las democracias. Porque una democracia no vive del consenso, sino de la disidencia. Necesita el roce de las ideas distintas, el desacuerdo, el cuestionamiento permanente. Sin eso, se convierte en un páramo donde toda voz diferente es percibida como una amenaza.

Hoy nos toca vivir en una época donde la intolerancia al cuestionamiento, tan común entre quienes detentan el poder, suele manifestarse con violencia simbólica o abierta contra quienes osan desafiarlos.

En ese contexto, las redes sociales no son un espacio neutral. Por el contrario, operan como fábricas de sentido, donde el significante —la imagen, el meme, el trending topic— se erige como verdad, mientras el significado, el contexto, la historia, quedan relegados al absurdo, el culpable o el enemigo, como si fueran el pecado original del pensamiento crítico.

Australia no actúa sola. Europa observa con atención, dando un debate que avanza entre tensiones y dudas. Mientras tanto, en otros rincones del mundo, el enfoque es más rígido. China no admite matices. Rusia, excluida por miles de sanciones, que la excluyeron hasta de los circuitos financieros occidentales, ha buscado rutas alternativas y hoy cuestiona abiertamente la hegemonía del sistema SWIFT, impulsada por alianzas que transforman el mapa energético global.

La grieta ya no es solo política, sino que es geoeconómica, y se amplía con cada barril de petróleo que deja de cruzar el Atlántico para alimentar el crecimiento de nuevas potencias, como son China e India.

Detrás de todo esto, los tecno-capitalistas siguen diseñando mundos.

Nada en sus plataformas es inocente. Cada contenido, cada sugerencia, cada notificación responde a una lógica de captura de atención que ya no se limita al Big-Data.

Hoy, las inteligencias artificiales generativas interactúan con humanos como si fueran consejeros personales, dictaminando qué alimento es saludable, qué país es peligroso, qué idea es válida. Y aunque en letra chica advierten que “esto puede dar respuestas equivocadas”, casi nadie lee esa advertencia fundamental. Casi nadie lo entiende. Casi nadie lo cuestiona.

Australia ha decidido no esperar a que sea demasiado tarde. Lo hace con racionalidad, no con pánico.

Lo hace porque comprende que colonizar el pensamiento desde la infancia es una estrategia de largo plazo, cuyo objetivo no es solo el mercado, sino la ausencia de resistencia futura.

Tal vez, en el fondo, terminen logrando lo que quieren. Pero al menos, esta vez, alguien dijo basta.

Y lo repitió tres veces.

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