[Miradas] El sexo no tiene lógica y la lógica no tiene sexo

Reducir la biología a la categoría de macho y hembra no solo es una simplificación, también es una forma de ejercer poder.

Escribe: Félix Vera

El Principio del Tercero Excluido constituye uno de los fundamentos de la lógica clásica. Según este planteo, toda proposición debe ser verdadera o falsa, sin espacio para una tercera posibilidad. En consecuencia, una afirmación y su negación no pueden ser ambas falsas, ya que necesariamente una de ellas resulta cierta.

«Está lloviendo” puede ser verdadero o puede ser falso, pero nunca podrá ser ambas cosas al mismo tiempo ni habrá un punto intermedio. Lo mismo sucede con expresiones tan sencillas como “la luz está encendida”: efectivamente puede estarlo o no estarlo.

Sin embargo, cuando la lámpara parpadea, la respuesta ya no encaja cómodamente en el sí o el no. La lógica clásica obligaría a forzar la decisión, aunque la experiencia muestra que existen estados intermedios.

Precisamente, otras corrientes de la lógica, como la lógica difusa, reconocen que pueden existir grados de verdad o valores adicionales más allá del binomio absoluto.

Ahora bien, también existen fenómenos que, a diferencia de los ejemplos anteriores, muestran cómo algo puede ser dos cosas al mismo tiempo. El agua tibia puede ser caliente y fría según el punto de referencia. El amanecer es día y noche a la vez, porque constituye la superposición de ambos estados.

Incluso en la física cotidiana, una persona puede estar en reposo y en movimiento simultáneamente: quieta respecto al asiento de un colectivo, pero en movimiento respecto al paisaje.

Estos ejemplos no contradicen la lógica clásica, pero evidencian que la realidad nos muestra matices que no se dejan atrapar por una dicotomía absoluta de verdadero o falso.

Por consiguiente, muestran que el tercero excluido resulta perfectamente claro en situaciones simples, donde no hay lugar para matices. Sin embargo, cuando se lo aplica a fenómenos más complejos, especialmente los vinculados a lo humano, y ni hablar de lo social, sus límites se vuelven evidentes.

Claridad binaria y distorsión

Y es justamente esa tensión la que explica por qué, aunque la claridad binaria ha sido decisiva para la matemática, la informática y gran parte de la ciencia moderna, en otros campos puede transformarse en una herramienta de distorsión.

Aquí aparece el problema, porque el principio lógico que se utiliza como argumento de autoridad para sostener visiones simplistas sobre la biología y la sociedad.

Quienes lo invocan concluyen que “solo existen dos sexos” y presentan esa afirmación con la misma seguridad con la que se resolvería una operación matemática. Ahora bien, cuando un esquema binario se aplica a fenómenos que, por definición, son complejos y diversos, lo que surge no es verdad sino reducción forzada y tendenciosa.

La biología contemporánea desmiente con claridad esa rigidez. La intersexualidad constituye una realidad documentada por la medicina y reconocida por organismos internacionales.

Además, las variaciones cromosómicas —como XXY (síndrome de Klinefelter), X0 (síndrome de Turner) o diferentes mosaicos genéticos— muestran que la naturaleza no se acomoda a un molde binario estricto de “macho” y “hembra”.

Lejos de ser excepciones, estas realidades confirman la complejidad inherente a la vida. Por eso, pretender que un principio lógico borre esta diversidad equivale a intentar reducir toda la música a solo dos notas: posible en el papel, imposible en la experiencia.

Como suele decirse, “en las estadísticas se ahogan los enanos”. La mayoría numérica (machos/hembras) describe una tendencia, es la mayoría, pero no puede borrar la existencia de quienes se apartan del promedio o de la mayoría.

Reducir la biología a la categoría de macho y hembra no solo es una simplificación, también es una forma de ejercer poder.

Esa mirada encierra un trasfondo patriarcal, porque valida un modelo binario en el que lo masculino y lo femenino se ordenan jerárquicamente y se enlazan bajo la presunción de la heterosexualidad obligatoria.

Bajo la apariencia de objetividad, lo que se impone es un dogma cultural que convierte la mayoría estadística en argumento universal y silencia la riqueza de la diferencia.

El problema se profundiza cuando se confunden deliberadamente sexo y género. Mientras el primero refiere a características biológicas, el segundo responde a construcciones sociales, culturales e históricas que organizan roles, identidades y expresiones.

En consecuencia, utilizar el Principio del Tercero Excluido para negar esta diferencia se convierte en un ejercicio de poder destinado a imponer una visión binaria sobre realidades que son, en esencia, múltiples y cambiantes.

Conviene aclarar que no es la lógica lo que está en cuestión. El principio conserva su validez y su utilidad en los campos donde se requiere exactitud formal. Lo objetable es la manipulación de esta herramienta para validar dogmas y, al mismo tiempo, ocultar la complejidad de lo humano.

Dogmas y ciencia

Bajo la apariencia de un rigor científico se esconde, en realidad, una estrategia de simplificación que apela a la falta de formación crítica y a la comodidad de las certezas absolutas.

La ciencia, en cambio, reconoce matices. Sus avances no se sostienen en verdades impuestas, sino en evidencias verificables, discusión abierta y revisión constante.

Esa humildad epistémica la distingue del dogma, que se aferra al binarismo inquebrantable y se niega a mirar más allá de sus propios límites. Mientras la ciencia busca comprender, el dogma insiste en negar.

El riesgo aparece cuando se acepta sin cuestionamiento un relato que se presenta adornado con tecnicismos o citas de autoridad. No importa si se menciona a Aristóteles o a Zenón: lo verdaderamente relevante es leer, instruirse, preguntar y mantener la capacidad crítica frente a cualquier discurso que clausure la diversidad.

El sexo no tiene lógica. Y cuando desde el dogma biologicista o religioso se lo pretende encerrar en dos casilleros fijos, lo que se está defendiendo no es la ciencia, sino una visión patriarcal del mundo que legitima jerarquías y excluye existencias.

Frente a ese poder que se disfraza de razón, la tarea política y ética es afirmar la diversidad como un derecho y como una verdad que ninguna estadística ni ninguna lógica pueden borrar.

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