Dos jóvenes más muertos por la “Merca”, ¿¡Y van!?

La droga, peor que el peor virus…

Escribe: Miguel Andreis

La última semana de junio fue extremadamente nefasta para Villa María.  Dos jóvenes muertos por una violencia que desde hace tiempo se escapó de las manos de los distintos poderes. Dos jóvenes con pocas horas de diferencia perdieron sus vidas. En el medio la droga. Es ella la que aprieta al gatillo o asesta un mortal golpe en la nuca de alguien que ya no responderá. Podría decirse que aquí, en estos dos casos, los actores fueron de diferentes clases sociales, la intermediaria en la locura, el mismo y blanco componente. El mismo disparador. La cocaína. Polvo maldito. La que rasguña las vísceras por dentro.  La que destruye familias.  Las que condena a una enfermedad de incierto regreso. En el medio, una sociedad absolutamente extraviada. Familiares exhaustos de golpear puertas sin encontrar respuestas.  No hay vacunas ni aislamiento obligatorio.  Casi no se habla de la letalidad de la misma, que mata por lejos, más que el peor de los virus.

Por la misma causa, en esas horas hubo heridos en otros barrios, armas blancas, piedras y algún que otro caño humeante. Nos acongoja la noticia. ¿Por cuánto tiempo? Quizás hasta que otra vida se apague definitivamente.  Hablarán nuestros prejuicios. La palabra adicto se multiplicará. Pocos, muy pocos asumirán a la misma como una enfermedad. La padece el que mata y el que muere también. “Es rica, te dicen, es efectiva…” Tan efectiva que te lleva la vida.  No se observan, apenas unos pocos, amagando con el llamar a la ciudadanía toda, para llevar adelante una lucha. Con lo que existe, sincerémonos, no es suficiente. Ya no es un problema de voluntad. No es necesario el plantear nada que pase por encima las fuerzas de la Ley; ni creer que esto se puede solucionar por manos propias. Menos aún, quedarse solamente en la crítica. Tal vez sea hora que no pocos se atrevan a conformar, alguna organización que represente a los padres o familiares que padecen cotidianamente los desvaríos de un enfermo de su ADN; tal vez sea necesario que algunos comiencen a juntarse. A dar el primer paso. A exigir mayores resultados.  Convengamos que hace tiempo no se sabe, de que fueron detenidos quienes mueven los cargamentos más importantes. Posiblemente esto también les venga bien a la Justicia, que quieran reconocerlo o no, están en la mira de la ciudadanía. Con razón o sin ella. Señores de uniformes de diferentes colores, sobre ustedes también existe suspicacia. Ayuden a que esa observancia desaparezca de la faz social. Lamentablemente no se escuchan voces de los que están en el poder de turno. Se vuelve llamativo el silencio. La inacción. No alcanza con lo que hacen. Es absolutamente insuficiente.  Posiblemente volvamos a reflexionar y a conmovernos cuando un hecho más de estas características nos vuelva a convocar. Cada quien, sabe que los plazos serán más cortos.  Los enfermos se multiplican y el negocio sigue siendo redituable para quienes no piensan en las consecuencias. Tal vez, sea hora de pensar que al final de la cuarentena, con sus consecuencias de inexorables pérdidas económicas y de trabajos, eso de repartir muerte en cuotas, sea una “salida laboral” para no pocos jóvenes. Los muertos, en su irracionalidad y desvarío, vendrán solos. Y, continuaremos esperando que los otros, siempre los otros, frenen ese tren descarrilado que transita sobre rieles de carne humana, que nos enferma a los hijos, se frene por sus propios medios… Ese tren no tiene frenos ni límites de velocidad. Para ellos no existen las barreras.

]]>
Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *