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La fugaz y agitada vida de Remedios, la mujer del Santo de la Espada
Las familias más distinguidas de la ciudad realizaban tertulias, reuniones de un círculo limitado de invitados. Para el nuevo militar recién llegado de Europa era fundamental establecer un nexo fuerte dentro de la sociedad porteña. Esta idea era impulsada por su amigo Alvear, que deseaba incorporarlo a la ciudad.
En las tertulias se mezclaban los dueños de casa, don Antonio, doña Tomasa de la Quintana, sus dos hijos varones y sus hijas Remedios y Nieves, con los jóvenes patricios y algunos extranjeros, en su mayoría ingleses. Se disfrutaba de conversaciones, bailes y buena música.
Las tertulias en lo de don Antonio tenían la particularidad de ser poco protocolares y más inclinadas a la diversión. Aquella tarde el comandante de caballería, no bien ingresó a la gran casona, se dirigió al lujoso salón. Allí se detuvo frente a una de las hijas de don Antonio, la joven María de los Remedios.
Una muchacha de 14 años
Conversó y bailó con la jovencita de tan sólo catorce años, de grandes ojos oscuros y largo pelo negro rizado. Los encuentros entre el coronel San Martín y la hija menor de los Escalada se repitieron, y al poco tiempo fijaron fecha de casamiento.
La boda tuvo como testigos al sargento mayor de Granaderos a Caballo Carlos de Alvear y a su esposa, María del Carmen Quintanilla, que permitió el lazo formal de San Martín con la cautelosa sociedad porteña.
Años más tarde, Remedios cuestionaría la actitud de su padre, por haberla entregado por ambición de poder y de dinero, siendo aún una niña, a un hombre que no la había hecho feliz.
El casamiento con José, el 12 de septiembre de 1812, cuando ella tenía sólo catorce y él treinta y cuatro, no había sido más que un arreglo político, un gran acontecimiento social cargado de misterios no confesos.

Una vida agitada
Al año siguiente de casados, Remedios lo vio partir por tres meses y regresar cubierto de gloria por la acción de San Lorenzo. Viajaron juntos a Mendoza, ciudad en la que ella se convirtió en eficaz anfitriona. El 24 de febrero de 1816 vino al mundo Mercedes Tomasa, la infanta mendocina, hija ejemplar e inseparable del noble guerrero a quien daría dos nietas.
Enferma de los bronquios, Remedios regresó a Buenos Aires, con su hija, en enero de 1817. En julio de 1818 viajaron los tres nuevamente a Mendoza, pero al agravarse el mal Remedios debió volver por última vez a Buenos Aires, en marzo de 1819, con la pena de no poder acompañar a San Martín al Perú.
El general le dio su adiós a Remedios. Fue la última vez que se vieron. Los que la vieron partir supieron que en esa despedida no sólo estaba el pretexto de la tisis que la venía carcomiendo lentamente desde hacía años, sino también algunas desavenencias amorosas que el futuro más tarde se encargaría de disfrazar.
Los jóvenes militares implicados en esos rumores también habían conocido la orden de destierro de la que Remedios era ahora víctima.
El adiós definitivo
El espíritu solapado y callado de la aldea cuyana despidió a su generala aquella mañana. Algunos comentarios, muchos de ellos salidos del mismo Ejército, dejaron deslizar la idea de que esa partida era una locura.
También se dijo que el general y los montoneros estaban en inteligencia, ya que de lo contrario no podían creer que mandara a la esposa y a su hijita a recorrer un camino tan erizado de peligros.
Un grupo de veinticinco soldados, temerosos y desconfiados por la misión, acompañaron la procesión. A una legua de distancia de la comitiva, como respetando un tiempo que todavía no era el suyo, un carromato desvencijado y oscuro los persiguió. Llevaba un ataúd de madera fresca al descubierto. El general había previsto un féretro por si ella moría antes de llegar a destino.

“Esposa y amiga”
Los años en Buenos Aires se fueron sucediendo lentos y pesados. La correspondencia con su esposo primero fue esporádica, luego inexistente. Las gacetas que el general O’Higgins le hizo llegar, y las noticias que los amigos y ayudantes de San Martín le arrimaron, la tuvieron informada.
No festejó los triunfos de su esposo. No lo hizo por venganza, por haberse enterado de sus relaciones furtivas con una aristócrata chilena, o de sus amoríos con la peruana Rosa Campusano.
Abatida por su enfermedad fue llevada a una quinta en las afueras de la ciudad, donde falleció en 1823, aún sin cumplir veintiséis años de edad. Demorado por su salud, calumniado y acosado por sus enemigos, San Martín llegó a Buenos Aires en noviembre de 1823.
En el Cementerio del Norte, hizo colocar una lápida de mármol en la que grabó su frase imperecedera. «Aquí descansa Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín».
Fuente: «Mujeres Argentinas» El lado femenino de nuestra historia, de Marta Cichero