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La gran vergüenza argentina: casi el 55% de los niños son pobres
Los niños y los jóvenes aparecen entre las principales víctimas de la pobreza y de la exclusión social. Cercados por la indiferencia generalizada, permanecen invisibles para funcionarios políticos y el resto de la sociedad. Es una vergüenza.
Escribe: Germán Giacchero
Los “carasucias” de huesos flacos que atesoran kilos de cartones y otros desechos en el centro. Los mocosos atrevidos que limosnean unas monedas con cara de “yo no fui” y los que revuelven la basura que acabás de tirar.
Los que en cada semáforo amenazan el parabrisas de tu auto con un knock out de agua y jabón y casi siempre reciben un “no”. Los muchachos insistentes de barrigas semivacías que ofertan estampitas, trapos de piso, medias, curitas o lo que tengan a mano.
Son muchos más, por cierto, los que ya forman parte del paisaje urbano villamariense. Los cientos de pibes y pibas cacheteados por la pobreza en distintos barrios de la ciudad, de la provincia, del país.
Amontonados por las estadísticas en el rubro de niños y jóvenes pobres o indigentes, constituyen un ejército de desangelados en un continente oprimido y en un planeta desigual, donde más de la mitad de los chicos viven en la hambruna o con serias deficiencias para poder alimentarse. Y vivir.

Rostro de niñez
“La pobreza sigue teniendo rostro de niñez”, decía hacia finales de 2018 un representante de Unicef. Y no era para menos. Por entonces, el 48%, casi la mitad de los niños y jóvenes de nuestro país, eran pobres según un informe del organismo para la infancia que depende de la ONU. El 10% más que la pobreza entre la población general.
Tres años después, las cosas no mejoraron. Todo lo contrario. Según el más reciente informa del Indec, que dio un, 40,6% de pobreza general para el primer semestre de 2021, este flagelo se multiplica entre los más chicos. En Córdoba, en tanto, el índice escaló al 46%.
El 54,3% de los menores de 14 años que viven en Argentina son pobres. Son 5,9 millones de niñas y niños. De ese total, el 16,6% sobreviven en la indigencia y sus familias apenas pueden alimentarse.
Hubo mejoras respecto del último semestre y del año que pasó. Pero no alcanza. En la primera mitad de 2020, el 56,3% de las personas entre 0 y 14 años eran pobres, mientras el 15,6% se calificaba como indigente. Respecto de finales del año pasado, la caída fue de solo 0,4%.
A los mayores de 15 años no les fue mucho mejor. De acuerdo con el Indec, en los grupos de entre 15 y 29 años, el nivel de pobreza alcanzó al 48,5%.
La alegría solo puede ser propia de algunos funcionarios políticos o de especialistas en estadísticas. La realidad continúa mostrando las falencias de gobiernos y cuerpos sociales.

Responsables y culpables
En definitiva, en términos generales, un argentino de cada tres no se alimenta bien, se educa a medias o no lo hace, es explotado laboralmente o está desempleado, y carece de servicios elementales y derechos vulnerados. Pero, entre los más chicos, las cantidades se agigantan: uno de cada dos pibes y pibas es sometido por la pobreza.
Lejos, muy lejos, de los edulcorados dígitos del kirchnerismo cuando hace tiempo ventilaban menos de un 5% de pobres, y mucho más de la ilusa promesa macrista de la “pobreza cero”.
Mientras tanto, las pocas acciones ejecutadas desde las esferas oficiales no alcanzan para atender una problemática en expansión y las iniciativas solidarias particulares resultan un grito en el vacío en medio de la apatía generalizada.
Ese 54% no es casualidad. No están ahí porque sí. Sigue siendo la gran deuda argentina y una de las peores tragedias que nos toca padecer. Por culpa de quienes gobiernan, que pifian con sus políticas o les importa un carajo la pobreza, sí. Pero, también por nuestra culpa. La de cada uno de nosotros que ve una cifra y se espanta solo por un rato.
Millones de niños y jóvenes desesperados esperan una mejor oportunidad. Oportunidad que será negada mientras continúen siendo invisibles y anónimos para el resto de la sociedad y para quienes deberían delinear políticas para atender esa demanda.
Lo peor de ser joven y pobre -saben- es que algún día dejarán de ser jóvenes. ¿Pobres?, si no hacemos algo, quizás nunca más.