[Historias] Malditas sillas plásticas…

Asientos muy presentes en las fiestas y el verano. Un médico entre los presentes pidió no moverla. Minutos después la ataban a una camilla y se la llevaba una ambulancia. La fiesta continuó y cerca de la madrugada llegó la información. La mujer se había quebrado la cadera. Las consecuencias más severas vendrían después…

Escribe: M. A.

El Estado parece que hace años se ha desentendido de una responsabilidad indelegable, como es el control que haga a la seguridad humana en todos los órdenes. La impresión que subyace es que todo se circunscribe a “vigilar”, y no demasiado, otros aspectos que se infieren como de mayor excelencia: verificación en los pagos de impuestos, algo en la calidad de los alimentos, un poco sobre la temática medicamentos, el tránsito en ínfima medida…


Lo obvio, es que el Estado no guarda la mínima relación en sus celos en fiscalizar la calidad de los artículos que parecen “inofensivos”, pero que de hecho no lo son. Las sillas pueden ser elementos altamente dañinos. Es elocuente el número de muertes que se generan por productos como licuadoras, lavarropas, secarropas, planchas, ventiladores de techo, etcétera, que llegan desde países donde no existe vigilia alguna en lo que hace a normas de calidad en su fabricación.

Básicamente, aludimos a todos aquellos que arriban de naciones como China, Corea, Tailandia, Indonesia, Singapur… Simplemente, verdaderas porquerías.

Descartables y riesgosos

Tiempo atrás surgió un informe sobre accidentología “hogareña” en Argentina. Allí se explicaba que no todo tiene una estrecha relación con motores o mecanismos peligrosos. Están los otros artículos que a primera vista parecen inocuos, pero la realidad señala otra cosa. Mercaderías que se fueron extendiendo en el uso masivo y que se pueden observar en viviendas, clubes, confiterías… como las sillas plásticas.


En esta vertiente no podemos dejar pasar por alto la influencia de la industria china, especialistas en vendernos productos de la peor calidad, pero que a la hora de comparar precios, son marcadamente más económicos que los de producción autóctona. Así es como en los ´90 se llevaron puestos miles de industrias que teníamos en el país. A mediados de los ochenta comenzaron a ingresar las famosas sillas plásticas apilables. Tomadas en sus países de origen en el peso promedio de su población: 50 Kgs.

Las mismas, ya se fabricaban en menor escala por estas tierras. El costo de las asiáticas era sensiblemente inferior, y ni hablar de la calidad. Miles de contenedores con estas, atiborraron los puertos nacionales. Claro que no todas carecían de resistencia, también están las más reforzadas (generalmente de industria nacional) pero cuyos valores son más altos.


Conclusión, con nuestra cultura de pensamiento con prioridad de bolsillo, lo económico se sobrepuso a la seguridad. Y como apenas se trataba de una silla, no había demasiado para pensar. Ganaba el patrón dinero…

“Siéntese con cuidado”, suele escucharse

Lo cierto es que por miles son los accidentes que se dan cotidianamente como consecuencia de estos endebles asientos. La tentación de adquirir las de menores costos, es más frecuente de lo que se supone. Casi que como consumidores no tenemos conciencia de la importancia que adquiere la fortaleza de una banqueta o silla.


El citado informe de accidentología daba cuenta de que hay un promedio de 300 personas al mes, solamente en Buenos Aires, que llegan a los nosocomios con distintas lesiones; cerca de un 30% graves (quebraduras de cadera, serios golpes en la columna o luxaciones), porque las mismas no soportaron un peso mayor a los 50 Kgs.


Las más afectadas son personas con sobrepeso y por encima de setenta años. Casi no tienen capacidad de reacción. Butacas que se convierten en trampas que puede llevar a la postración definitiva cuando no a la muerte, por embolias.

Una ley del orden nacional, no demasiada publicitada, da cuenta de que existiría una normativa que exige para lugares públicos estos productos de mayor calidad. La misma no se aplica con igual rigor en el país.

Bastará que una de las frágiles patas plásticas se abra y la historia de dicho individuo cambiará inmediatamente. Lo más penoso es que no existe para el usuario la posibilidad de reclamar a nadie por los daños que estas puedan provocar.


Preguntamos: ¿No debería ser el Estado quien realice un control más exhaustivo de estos productos? Alguien dirá que solo se trata de una simple silla. Todo indica que no es así. Lejos de cualquier exageración, y a distancia de remitirnos a una caída casi cómica como observamos infinidad de veces, no podemos abstraernos que, para mayores, esas sillas ponen en riesgo su vida o calidad de la misma. Creer que las sillas no son peligrosas… es un grave error.


No viene mal, al menos, agudizar los cuidados a la hora de ofrecer una de plástico a personas entradas en años y algo excedidas en peso. Primero fue un muchacho joven. Casi todos rieron. También lo hizo él cuando logró ponerse de pie. Se le notaba la incomodidad en el rostro. La vergüenza nunca es incolora. Más tarde una persona mayor quedó estirada con todo el largo de su cuerpo. El ruido fue seco. El gesto de dolor daba cuenta que lo que es un producto de servicio suele transformarse en una peligrosa trampa.

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