Elogio a la lentitud en tiempos de exceso de velocidad

¿Qué es aquello con lo que realmente contamos, algo que le es otorgado a cada uno de los seres de este mundo, lo más valioso e intransferible? El tiempo.

Escribe: Omar Álvez

Tiempo, lo único verdaderamente nuestro es el tiempo. Una porción a veces mayor o menor que nos pertenece para usar a criterio y voluntad; para malgastar, desperdiciar, “tirar” o construir; disfrutar y aprovechar hasta la última gota.

¿Qué nos compra la empresa para la que trabajamos? ¿Qué nos quita la soja, el negocio, las ambiciones, el “bienestar”, la abulia, la ociosa inmovilidad? Tiempo, el tiempo es esa posibilidad que desperdicia los seres humanos para vivir a la velocidad equivocada.

Ritmos

La musaraña, un pequeño mamífero que mide solo unos pocos centímetros, posee un metabolismo asombroso: vive a una velocidad increíble, todo lo hace rápido; se alimenta y reproduce a un ritmo frenético, pero… solo vive unos pocos meses.

En las antípodas, la tortuga es dueña de una parsimonia, de una lentitud exasperante. Vive décadas, y hasta más de un siglo en algunos casos. Mucho tiempo para un animal de ese tamaño. Y no porque le falte pasión e intensidad. Quien haya tenido una tortuga, sabe que a la hora de enamorarse puede mostrarse muy fogosa y demostrativa.

Hay insectos que se mueven a un ritmo enloquecedor; mamíferos y aves que pueden alcanzar la velocidad de un automóvil. Su “programación” natural, su genética, los ha dotado de esa capacidad y funcionan sin problemas.

Sociedad disociada

Cada ciudad, cada sociedad tiene características propias y un ritmo, una velocidad. Una velocidad con sus pros y sus contras. Las comunidades pequeñas son más lentas y apacibles. Favorecen las relaciones interpersonales y familiares. Los grandes centros urbanos se mueven de otra manera, una que afecta no solamente el tránsito, sino también la vida social, las relaciones afectivas, la calidad de vida (en el buen sentido) y, por supuesto, el equilibrio psicofísico de sus habitantes. En las ciudades de estas características, “nunca alcanza el tiempo”. Si a esto nos atenemos, estamos en condiciones de decir que en la villa se “vive a mil”.

Velocidad equivocada

Para no perder de vista el hecho periodístico, vayan aquí algunos ejemplos de la vida real, todos ellos sometidos a los avatares del tiempo y de la velocidad equivocada.

• Héctor, un hombre joven, debe ser internado y sometido a una terapia de psicofármacos. Su trabajo y la “exigencia social” a la que se sometió, lo ha llevado a las 110 pulsaciones por minuto ¡en reposo! Se le rompieron los frenos. Imposible llevar una vida si esa es la “mínima”.

• Pablo, recién salido de la adolescencia, se prendió de la historia aquella de que para disfrutar hay que estar “al palo” y con aditivos varios. Alcohol, cigarrillos, bebidas energizantes y otras cositas. Se aceleró y la consecuencias no se hicieron esperar: desmayos, taquicardias, descomposturas en su trabajo, angustia, miedo. Otro tratamiento con los mismos métodos.

• Daniel, un joven empresario, está cada vez más “enchufado” en su pujante empresa. Y ahora tiene muchísimo más dinero del que soñó. Comenzó a tener malestares y problemas de salud crónicos, típicos de una persona mayor. Resultado: otro tratamiento y controles estrictos de por vida. Se le “fundió” la máquina.

• H. perdió su libido antes de los treinta. Su empresa y el ritmo que le dio a su vida le comió la sexualidad y su matrimonio. Sigue conviviendo en un infierno personal (por los bienes gananciales, ¿vio?). A. es su contrapartida femenina. A ella solo le interesa “hacer carrera” como docente. M. y S. no consiguen bajar la velocidad para que algún hombre se les acerque sin pensar que están rayadas. Todos huyen ni bien abren la boca.

Podríamos seguir enumerando casos y víctimas de la vivir a la velocidad equivocada.

Elogio a la lentitud

En el libro que lleva ese título, Carl Honore sostiene: “La velocidad es una adicción, que pasa a ser un mecanismo para negar las cosas posibles de la vida”.

En el arte, la lentitud es imprescindible. Los mejores vinos, las mejores comidas, se disfrutan lentamente, por no hablar del más viejo, hermoso y nunca suficientemente elogiado placer, para el cual es necesario tomarse todo, todo el tiempo que haga falta.

Son épocas de grandes contrastes: la inmovilidad perniciosa, con adicciones electrónicas, alimenticias y otras tantas. Igual que el que cree que debe conducir su vehículo, su persona, a una velocidad en la que el paisaje es un borrón.

En esta autopista es necesario conducir a la velocidad personal adecuada y ante determinados hechos (siempre afectivos), enfrentarlos y poner en ellos toda la máquina, aunque sea a paso de tortuga, pero lúcidos y enteros. Ni dormidos ni enloquecidos, solo conscientes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *