[Opinión] Los chicos de la guerra

Escribe: Cristina Pablos

Cuando éramos chicos, nuestros padres, la mayoría, vinieron huyendo de la guerra civil española o de las guerras mundiales.

Imaginábamos imágenes, a través de sus relatos, del horror de la muerte y de los campos de concentración y todo nos parecía ¡tan lejano!

Debido al gran desarrollo tecnológico del último siglo estamos asistiendo, en el living de nuestras casas, frente al televisor, en vivo y en directo, a un espectáculo siniestro, cruel, estremecedor e imperdonable como es la guerra en Ucrania.

Gracias a un asesino y criminal llamado Putin, con ansias de sojuzgar, estamos todos angustiados de ver a un pueblo pacífico y con una gran cultura queriendo ser aniquilado por el solo hecho de querer vivir en democracia y ser una república independiente.

El patriarca de la iglesia ortodoxa rusa, Kyril, apoya a Putin y la considera un regalo de Dios; él mismo bendijo las armas para la invasión al país vecino.

Hace ya más de un mes que estamos siendo testigos de imágenes extremadamente tristes.

La peor cara de la guerra es la de los niños huyendo con sus madres, portando sus peluches o sus mascotas, sin entender por qué se despiden de su padre que se queda a defender la Patria, sin miedo.

No hay tiempo para el miedo en Ucrania. Uno de cada 3 de los niños refugiados son menores de 11 años. Hay más de 3,5 millones de refugiados, la mayoría en Polonia y hay, también, más de 1.300 civiles y más de 700 niños muertos.

Hay 100 mil personas atrapadas en las ruinas de Mariúpol y 1,5 millones de niños refugiados.

La situación alimentaria es catastrófica. Hay niños con enfermedades terminales que son desplazados porque un tirano sin escrúpulos destruyó hospitales, escuelas, maternidades.

Viendo los escombros de una ciudad que fue tan bella como Kiev, uno se pregunta: ¿Cómo sigue la vida después? Sobre todo, la de los niños, porque el trauma que están viviendo barre con las débiles defensas que puedan tener; las heridas del alma son para siempre.

Depende de la fortaleza de los padres para que las cicatrices no sean tan profundas. Como en la película “La vida es bella”, las madres inventarán estrategias para hacerles creer que todo es un juego: misión imposible. 

La imagen de la desolación absoluta es la de ese niño caminando por la ruta, solo, acompañado por su mochila y un chocolate, la carita bañada por lágrimas inocentes.

Y en medio de semejante tragedia, así como vimos la solidaridad de todos los pueblos del mundo (salvo algunas excepciones) y, especialmente, la del pueblo polaco, también estamos asistiendo a lo peor que tiene el ser humano: miserabilidad, crueldad y degeneración.

Hay ¿personas? que captan a mujeres desprevenidas o niños y niñas solos cruzando la frontera, para la trata. Algo repudiable, inentendible hasta dónde llega la maldad del ser humano: uno, por provocar la invasión y la guerra, y otros, por querer sacar provecho de la desgracia ajena.

Ambos, son ¡repugnantes!

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