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[Historias] El legendario Bar Monta, “subsede de Alumni”
Hoy recordaremos la nota que, con la firma del periodista Miguel Andreis, publicó “El Diario” el domingo 4 de noviembre de 1990, titulada “Entre personajes, duendes y olvidos – BAR MONTA – Sub Sede de Alumni”.
Escribe: JULIO A. BENÍTEZ – benitezjulioalberto@gmail.com
El lugar había sido propiedad de don Carlos “Bimbo” Boero, quien tenía allí un pensionado para los trabajadores del antiguo Mercado Colón. El bar fue inaugurado por la familia Monta en el año 1947, quienes habían llegado desde la localidad de Cintra, quedando al poco tiempo, como único dueño, Osvaldo Monta.
No hubo jugador de Alumni que no lo haya frecuentado, ya que más allá de la calidez y amistad que lo identificaba, eran las pizzas de masa alta, bien condimentadas y las milanesas con mostaza, cortadas finas o gruesas, de cuyo exquisito e incomparable gusto se lo daba el “Lechuza” Damiani, quien junto a Andrés Córdoba fueron los primeros empleados, con una capacidad de trabajo increíble, unas doce horas por día, nunca querían sus francos.

En 1948 comenzó a trabajar y vivir en el mismo lugar “El Uruguayo”, un personaje con innumerables e incontables anécdotas. Fue Antonio Achiprette quien durante casi 40 años atendió el mostrador y las mesas. En buenas épocas el bar de la calle Mendoza llegó a vender 15 cajones de vino y 215 milanesas por día.
Mesas y cuadros
Adelante, la infaltable mesa de pool y en la trastienda el consabido refugio de los habitúes y en las paredes cuadros colgados, como haciendo equilibrio, entre los que fueron y ya no son, el Alumni del flaco González, de Zayas, del “Ratón” y el “Campana” Martínez, del “Pelusa” Guyón y de Gustavo Ballas campeón del mundo.
Otros cuadros, infaltables, los de los caballos de trote, la otra pasión de Osvaldo, y allí, en una repisa el cuadro de fútbol del mismo bar, integrado en su mayoría por jugadores del “Fortín”.

Ese lugar, para muchos el segundo hogar (para otros el primero), transformaba la realidad en sueños y a los sueños en realidad, siempre con la lealtad como principio básico, donde dicen que el fuego del asador estuvo prendido durante años, siempre había una tirita de costillas o falda. Monta jamás anotaba lo que del patio llevaban, después preguntaba ¿Cuánto me deben, muchachos? Ese era el nivel de confianza que existía.
Velatorio en el bar
Si de anécdotas se trata, entre muchas, rescatamos dos; aquella ocurrida una calurosa noche de verano, cuando, a eso de la una de la madrugada estacionó frente a la “lechería” (nombre con que era conocido el bar) una ambulancia de una conocida casa funeraria cordobesa, cuyo chofer, gordito, venía con mucha sed, pues no dejó posar el vaso con vino que, a su pedido, le habían servido, se lo tomó de un solo trago, al que le siguieron otros blancos seco; unos muchachos, curiosos e intrigados, que estaban en una mesa cercana, comenzaron a interrogarlo, el hombre no le escabulló a la charla, contestando a una pregunta ¿Qué llevás en el furgón? – Fiambres, contestó el chofer. ¡Qué bien, traé uno así hacemos una picada! – No, fiambres para comer no… llevo muertos y arriba tengo uno en viaje a Rosario…
A todo esto, una multitud rodeaba al cordobés, que ya había tomado confianza…y varios vinos, momento en que a alguien se le ocurrió decirle “Bajalo, así lo velamos un ratito en el privado” – No, ustedes están locos – Dale, media hora nomás…
Siguió la conversación, entre milanesas picadas con savora, mayonesa y, por supuesto, bien regado… – Gordo, no te hagas el duro, bajalo…- Está bien, pero un ratito nomás…
Y se armó un velatorio, nomás…

Billetes en la guitarra
La otra anécdota cuenta que en otro momento, con asado, pizzas, pool y truco llegó un porteño con su guitarra, que se posesionó de su papel de buen guitarrero y no paraba de tocar, ya que a cada rato el “Doctor López” hacía unos bollitos con billetes de diez pesos y los introducía en la guitarra (hagamos cuentas, el vaso de vino costaba $1,oo). ¡Qué iba a dejar de tocar!
Los compañeros de todas las noches no podían creer lo que estaban viendo, la cantidad de plata que estaba recibiendo el cantor, salían los billetes por el hueco del instrumento. Decidieron comer un asadito, el guitarrero se sentó con la guitarra en su falda, por las dudas, tenía miedo al “afano”.
Terminaron y el musiquero se percató del peso de su instrumento, no era el mismo que cuando había llegado; como quien no quiere la cosa, pidió disculpas, buscó una excusa y emprendió la retirada, no sin antes agradecerle al “doctor” su generosidad, a quien le preguntaron sus amigos porque había gastado tanto dinero que seguro le había costado mucho ganarlo…
– A mí no me costó nada, son bonos de “Casa Los Vascos” que de un lado parece un billete y en el otro tiene la publicidad. El cantor defraudado lo buscó por más de quince días, no lo pudo encontrar, se comentó que no cantó nunca más, ni en fiestas familiares.
Desfile de personajes
Son muchos los personajes que por allí pasaron, entre otros, algunos que ya no están: Carlos Ludueña, los Villar (uno, el “Correntino”, el otro el “Gallego”), Montoya, Pepito, Cota Cane, Cabral, Trejo, Venturi, “Pupi” Mir, Juárez, Figueroa, Esper, Luján, Benítez, Gastaldi, Bassi, Catena, Vay, Argüello, Naino, los hermanos Martínez, Ardobino, Cortéz, Melano, Sansinanea, “Tatú”, Gardiol, Rutiz, Carella, Torra, los hermanos Oyera, Tisera, Guyón, Amicci, París, Botigliero, “doctor” López, Andino, Peralta, Palacios, Jiménez, Fornarese, “Chelo”, Piovano, Contreras, Fernández, Zárate, Trento, Scarpone, Abacca, Villegas, Navata, Gómez, Monges, Pacheco y Jara.