[Bitácora de Viaje] Los mágicos esteros del Iberá

Escribe: Kristela Wielikosielek

Emprendimos este viaje desde Villa María, Córdoba, llegando a Corrientes tras 14 horas, y transitando los últimos 80 kilómetros por un camino bastante agreste.

Luego de realizar nuestro registro en el Parque Nacional Iberá, nos dirigimos al Camping Camba Cua, el cual se ubica en la Colonia Carlos Pellegrini, una excelente locación para hacer base.

Luego de haber instalado nuestra carpa, nos encontramos con el coordinador de excursiones quien nos comentó sobre las diversas propuestas para llevar a cabo en “los Esteros”.

Entre estas, caminatas por senderos demarcados, cabalgatas, recorridos nocturnos, y paseos en kayak y lancha, opción última que contratamos.

Un santuario en los humedales

Williams nuestro guía de excursión es un lugareño y conoce estas tierras con los ojos cerrados.

Ya embarcados, enciende el motor de la lancha y nos conduce por el cauce de la Laguna Iberá.  

Inmediatamente y sin habernos alejado demasiado comenzamos a divisar los primeros yacarés desplazándose cerca de nosotros. Con su ojo entrenado, Williams nos explica que se trata de una especie común y que también existen yacarés overos, incluso nos informa la edad de cada uno de ellos en base a su tamaño.

Nos cuenta que antes de 1983 la zona se encontraba a merced de cazadores, causantes de la disminución y casi extinción de muchas especies debido a la obtención de pieles para comercio.

La creación del Parque Nacional Iberá en 2018 permitió un trabajo de reintroducción y protección del ecosistema y de la fauna en el territorio, hecho que asegura la conservación de un entorno importantísimo a nivel mundial.

Recorrido y avistamiento

Paulatinamente, va operando un cambio en el paisaje y se hace más visible la presencia de irupés, jacintos y camalotes en la superficie brillante. En este punto el motor se detiene y podemos apreciar en medio de la quietud, el zumbido de los insectos y la presencia de las aves.

Muy cerca, los yacarés duermen la siesta acunados por el vaivén del agua, y Williams nos señala una cierva de los pantanos pastando esteros adentro.

Mientras avanzamos avistamos un martín pescador lanzándose en picada sobre su presa, y a la distancia, una bandada de jotes sobrevuela la orilla pantanosa.

Más adelante, una solitaria garza de impoluta blancura contrasta con el suelo fangoso en donde una familia de carpinchos se baña serenamente.

Gallitos de agua, garzas moras, ipacaás, cotorras, celestinos, chajás, benteveos, ciervos, corzuelas y yacarés son algunas de las especies que pudimos ver en este recorrido.

Retornando al muelle, el agua que nos salpica la cara y la brisa son un alivio ante el intenso calor de la tarde que comienza a caer, y mientras el sol ilumina el espejo de agua con incandescentes reflejos, no podemos menos que admirar la resiliencia de una naturaleza que, aunque devastada por los incendios y por la avaricia del hombre, puja por renacer constante e imponente día a día.

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