[Historias] Facundo Cabral: “Somos un pueblo cansado sin saber de qué”

Llega el cantautor a Villa María a formalizar una charla convocada por la UNVM. En aquella oportunidad, tuvimos el acceso a entrevistarlo. Aquí sus expresiones. Años después sería asesinado, solamente porque el infortunio lo había puesto sobre un automóvil en el que no debía viajar….

Escribe:  Miguel Andreis

Facundo (63), aunque su rostro cubierto por anteojos (quedó ciego en varias oportunidades) aparenta menos edad. De sutil humor, reflexivo y exageradamente extrovertido, se define. Polémico y controvertido.

Sus manos cubiertas por guantes de cuero porque su cuerpo está en una permanente hipotermia -menor temperatura-.

Cantautor que recorrió 165 países y se enorgullece de su amistad con la desaparecida Madre Teresa de Calcuta. Autista hasta los siete años. Encarcelado y torturado. La picana le llevó uno de sus testículos.

En el ‘85, por un tumor le daban tres meses de vida.

Llegó tarde al avión donde viajaban su mujer y su hija. La aeronave minutos después se estrellaba y ambas perdían la vida.

Cuatro, de sus siete hermanos, fallecieron de hambre y frío. Siendo un niño menor de 10 años se animó a hablar con Perón para pedirle un trabajo para su madre. Y en cada frase que moviliza el pensamiento, el humor está presente “el hombre no puede vivir sin humor”, asevera.

Lo más peligroso es llevar una existencia cargada de odio. Anarquista filosóficamente. No oculta su admiración por Mijail Bakunin, Ceferino di Giovanni, Malatestta o Sacco y Vanzetti. Habla de todos y de todo, entre sus múltiples conceptos sostiene que “somos un pueblo cansado sin saber de qué…”

La sala del Teatro Verdi estaba colmada. Él continuaba narrando atrapantes historias. Hacía 36 años de su último paso por Villa María, su primera visita bajo otro nombre.

«De mi primera visita a Villa María hasta ahora sólo llevo los mismos huesos«

«En esta ciudad estuve hace mucho tiempo -le ayudamos a recordar que fue en 1964, en Ronda Juvenil- creo que vine con el nombre de Indio Gasparino.

En realidad, canté con tantos nombres que hasta perdí la cuenta. En Mar del Plata, solamente, llegué a usar al mismo tiempo tres seudónimos distintos, en tres lugares diferentes y haciendo tres repertorios que nada tenían que ver uno con otro.

No creo en la cantidad sino en la calidad

Cuando se sienta frente al grabador sostiene que: «tengo la suerte de ser lo suficientemente conocido como para darme el lujo de vivir de esto que es lo que amo. Y no tan conocido como para no vivir en paz. Una cosa es ser famoso y otra tener el respeto de la gente. Prefiero el respeto de aquéllos a quienes les interesa lo mío a lo que se puede entender como la adhesión unánime porque sí. No creo en la cantidad sino en la calidad. Recién en el ’65 comencé a sospechar qué era lo que quería hacer. Pero también me confundí y terminé haciendo una cosa bastante política».

¿Y eso qué tiene de malo si es genuino?

«Es que no soy un tipo que tenga mucha confianza en la política como se lleva a cabo en el mundo. Más bien se establece e impone con una gran confusión y los países que funcionan no lo hacen por los políticos, salvo cuando hay estadistas notables. Pero, en general, son el capital, la entidad privada, las universidades o las fábricas los que dictan las reglas»

Políticamente, ¿cómo te definirías?

«En realidad soy anarquista, creo en los gobiernos en esencia de la gente por lo tanto el Estado no es una figura simpática, desde ningún lado. Amé a Bakunin, que tal vez hubiera cambiado algo su visión en estos tiempos.

Vengo influenciado por Prudón quien dice ‘que toda propiedad es robo’. Emma Goldmann, Malatestta, Ceferino de Giovanni. Me apasioné con la vida de Sacco y Vanzetti. He llegado a ser una persona muy violenta a nivel intelectual, no físico. Continúo creyendo firmemente en el individuo. Por eso de tan anarquista termino siendo un recontra liberal. No el liberal que se entiende en nuestro país. Sino el liberal de la libertad que no explota. Yo creo en el uno no en la cantidad».

¿Qué disparadores conformaron al hombre distinto?

«En el ’72 cuando arribé a Europa empecé a aclararme interiormente. Descubrí que era un animal, un bicho fundamentalmente intelectual que siempre estaba de paso. Un extranjero de la cultura. Había crecido mucho y sentía que se me había quedado muy abajo la canción. Los mensajes de estas. Eso me permitió observar que muchos de los que acudían a mis presentaciones lo hacían para escuchar lo que decía, lo que contaba, no lo que cantaba. Allí entendí que la palabra es el medio».

Sin embargó siempre contás de un aspecto esencialmente disparador.

«Así es. Recorrí 165 países del mundo. Algunos caminados más minuciosamente. De todos me llevé algo”.

Entre los aspectos que revolucionaron mi vida, fue por el ’74, cuando conocí dos puntas increíbles de la humanidad.

Hasta ese momento me había ido muy bien en Europa y en América Latina, de México para abajo. Precisamente en dicho año llego a Estados Unidos y conozco el otro rostro de esa nación, el de las universidades jóvenes, de los profesores muy idealistas. Hallé un Estados Unidos que no era el que yo sospechaba. Y lo otro fue la India, que se transformó en la bofetada más grande que hasta el momento había recibido. A partir de ese momento empieza a aflorar algo mío que hasta entonces sólo le había prestado atención en la teoría: descubrir la vida espiritual».

¿Qué se instala con más fuerza en tu interior?

«Sin ninguna duda lo de la India. La experiencia más relevante de mi existencia la establecí al conocer a un ser humano maravilloso de quien tuve la suerte de ser muy amigo, es más, ella me decía ‘colega’: la Madre Teresa de Calcuta.

Allí descubrí lo que es bañar leprosos y puede sonar a golpe bajo, no lo hice porque soy una buena persona ni mucho menos. Fue un gran ‘negocio’, en el mejor sentido de la palabra, para mi vida. Desde aquel instante ya no soy el mismo frente a mí en el espejo. Se lo agradeceré hasta el último estertor de mi existencia. Si todavía por entonces tenía algún pajarito en la cabeza me lo bajó la miseria de ese lugar y la grandeza de esa persona»

Desde la cultura occidental nos cuesta asociar sabiduría con miseria….

«Claro que nos cuesta. Sin embargo, la miseria y la sabiduría en la India están muy cerca. Es imposible llegar a los grandes maestros si no pasás por la gran miseria.

El dolor puede ser un maestro extraordinario si vos sos fuerte.

Mi madre sola con siete hijos se pasó ocho años en la intemperie. Cuatro de ellos murieron de hambre y frío. Y ella seguía caminando buscando la tierra prometida. Yo me crié en la miseria y la conozco muy bien. Teníamos tan poco que nosotros envidiábamos a los pobres. Además, yo la pagué bastante caro, fui analfabeto hasta los 14 años que me enseñó a escribir. Los jesuitas son los cristianos más abiertos intelectualmente.

Para algunos médicos yo era un autista, ya que no hablaba y me internaron a los cinco o seis años y le dijeron que no esperara mucho de mí»

¿Algo en especial que despertara a ese chico dormido?

«A los 46, conocí a mi padre que era un gran intelectual. Él se había ido antes de que yo naciera. Tengo la letra idéntica a la de él. Gustos muy similares. Un tipo muy parco y raro. Era capaz de pedir un vaso de vino por escrito para no hablar. Yo soy extrovertido»

¿Qué cosas te significó ese encuentro?

«Fue el último enemigo que me quedaba. Y me dije ‘pensar que por este pequeño hombre yo perdí tantos años de mi vida odiando’. No había más enemigos. Odiar es desgastante. Te empequeñece».

¿La niñez fue lo más duro?

«No lo creo. Siempre fue dura mi vida, lo sigue siendo. Pasa que ahora estoy tan entrenado que sé que es como es. Vos podés discutir con el Papa, un Presidente, pero no con la vida. Estoy muy entregado a ella. Una sola vez hice una pareja en serio y tuvimos una hija. Por el ’78 ambas murieron en un accidente de aviación. Lo teníamos que tomar los tres y se atrasó mi conexión por firmar una actuación. Partieron ellas, yo llegué tarde al aeropuerto. Me hablaron de que había caído un avión. No sé por qué supe que eran ellas.

Tengo 14 operaciones en los últimos 13 años. Los médicos en el ’85 me daban tres meses de vida. Quedé ciego tres veces, paralítico cinco. Aprendí que ésos no son problemas, son lecciones. Eso me lo enseñó Teresa, con quien viajé mucho. Me hice fuerte psicológica y espiritualmente. Mantengo mi físico con una gran conducta. Me cuesta mucho vivir, no me puedo dar el lujo a veces de sacarme los guantes. En no pocas ocasiones debo acostarme vestido, salvo que haya muy buena calefacción. Estoy muy débil de cuerpo y es el único que tengo. A mí no me golpea un cambio de gobierno o un tumor o una pareja que se hundió o la pérdida de un hijo. Aprendí a vivir con eso».

¿Los argentinos hemos aprendido algo destacable en los últimos 30 años?

«No. Al contrario. Lo venía pensando en el reciente viaje, pero no observo que hayamos avanzado. Sigue la misma gente en la política, la economía continúa siendo manejada por los de siempre, los periódicos conceptualmente no variaron. La cultura estancada, salvo hechos puntuales.

Veo que el argentino está como rendido. Diría que casi todo el mundo se levantó, se puso de pie y está caminando, naciones que han pasado guerras civiles increíbles y acá me encuentro con gente cansada de nada. No se puede justificar que esté cansada.

A este suelo no le pasaron las peores cosas, todo lo contrario. No tuvo 6 millones de judíos muertos por un tipo que se le piantó el balero. Nunca tuvimos nada similar a Vietnam, y mucho menos cerca del hambre de la India ni Haití. Veo un pueblo cansado y no sé de qué qué».

Tampoco se puede olvidar en el análisis que en este país desaparecieron 30 mil personas. ¿Eso no ejerce su influencia?

«Pero siempre fue igual el modo en que arrastramos el cansancio o la indiferencia. A mí me pusieron 14 veces la picana eléctrica en los testículos, me detuvieron 87 veces, mataron a tipos por ser amigos míos. Creo que lo que no se puede hacer es justificar, pero como pueblo siempre justificamos todo”.

«Veo una sociedad con una gran desesperanza y no sé de qué. La vida se hace trabajando. Mi madre solía decir que queremos vivir como los norteamericanos, pero sin trabajar como los japoneses. Siempre Boca, siempre River, nunca hay cambios. Te llevás para la mona en tu matrimonio, pero como te quedan nada más que treinta años nadie toma la determinación de vivir por su cuenta. Somos un país rico habitados por pobres. La mediocridad domina».

«Siendo muy chico me fui a pie a Buenos Aires. Demoré tres meses y medio. La meta era hablar con Juan Domingo Perón, lo logré. La intención era pedirle trabajo para mi madre. A ella que era analfabeta le dieron para que cuidara una escuela en el sur. Ahí vivimos un tiempo»

«Favaloro es una metáfora fantástica, se quedó solo. Hay una especie de suicidio instalado entre los mejores».

¿Me está diciendo que los mejores se suicidan?

«No. Todo lo contrario. Digo que Favoloro apareció como que se quedó solo en la lucha. Mi expresión es una metáfora para los de afuera. Comparto que los pueblos no se salvan desde el suicidio. Somos una nación que podemos entrar al primer mundo cuando se nos ocurra.

Un americano del norte no tiene más información que un argentino. Sin embargo, nos quedamos con la picardía, no con lo que nos sirve para crecer. Supongo que Favaloro se sintió en soledad y eso es porque somos una sociedad sin reglas donde vale todo, y donde vale todo no vale nada.

El sistema hace que los peores vayan ganando la batalla. Esta sociedad alberga al peor. Si quería vivir con lo peor lo consiguió.

La apuesta, entiendo, es siempre la vida, nada es más importante que la vida misma y las adversidades siempre son lecciones».

(Esto último fue parte de la entrevista que no se publicó). Tenía unos anteojos verdes oscuros. Describe, casi como contando un secreto, que “uno de los dolores más grandes de mi vida, fue la pérdida de mi esposa y mi hija en un accidente…”. No conozco el tema, le indiqué. Hizo silencio. Levantó los lentes. Con un pañuelo se secó los ojos. Se los veía inflamado. Algo dijo sobre una cirugía reciente. Tuve la impresión que lloró.

Solo atinó a decir: “Estábamos en EE. UU los tres, listos para volver a México. Mi representante, me pide que me quede unas horas más. Se trataba de un importante contrato de actuaciones y grabaciones. Me negué. Insistió. Llamé a ella diciéndole, vayan nomás, yo tomo otro avión. A las dos horas supe que la aeronave estaba calcinada. Ellas adentro…”.

No habló más sobre el tema. Tampoco me atreví a seguir la nota…

(Entrevista publicada con anterioridad)

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