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[Historias] La Madrileña en calle Corrientes: El recuerdo de una testigo del primer lugar donde se instaló
Mi exvecina, que vivía en el departamento 1 del edificio de calle Catamarca 1346, recientemente fallecida, la señora María Esther “Chola” Andresco, viuda de Bocco, me había manifestado que había sido testigo de la instalación de “La Madrileña” en el primer lugar que se instaló en Villa María. A continuación, el relato en primera persona.
Escribe: JULIO A. BENÍTEZ – benitezjulioalberto@gmail.com
“En 1935, siendo niña, con 5 años recién cumplidos, con mis hermanos y otros chicos del barrio vimos cuando se instaló “La Madrileña” en la vereda de enfrente, Corrientes 1413, a metros de calle Carlos Pellegrini.
Mi papá, Basilio Andresco, inmigrante rumano, llegó a Villa María hacia 1930, donde realizó trabajos varios. Se había casado con Clotilde Silva, que cumplía tareas como doméstica en el “Colegio de las Rosarinas”, donde les habían facilitado un lugar para vivir, donde yo nací.
Padre vidriero
Como resultado de la amistad que entabló con el propietario de la “Farmacia del Cóndor”, don Jacobo Repetto, que lo ayudó muchísimo, mi papá se inició en el oficio de vidriero. Compró las herramientas y los vidrios llegaban por ferrocarril desde Buenos Aires, muy bien acomodados en grandes cajas de madera.

Esto ocurría cuando yo tendría unos 2 o 3 años y que, por supuesto no recuerdo, pero es la narración realizada por mi mamá. Ya con un trabajo seguro, pues en la ciudad no había vidriería instalada, nos trasladamos a Corrientes 1470, con salón al frente y atrás la casa de familia, al lado del recién inaugurado “Mercado Colón” (1935).
En nuestra cocina, una larga mesa de cedro para diez personas (éramos 8 hermanos) estaba siempre lista para los momentos de las comidas diarias.
Muchos clientes
Mi mamá, que continuaba trabajando en el colegio, preparaba todo, ayudada por mi papá, pero la sopa era infaltable en el almuerzo y la cena, que yo, con alguno de mis hermanos iba, ollita en mano, a “La Madrileña”, que estaba, como dije anteriormente, en la vereda de enfrente, de donde volvíamos con una exquisita sopa, siempre de distintos colores, ya fuera de verdura, de gallina o caracú, riquísimas, aún me parece percibir su olor característico. Era un negocio siempre con muchos clientes, peones, comerciantes, vecinos y proveedores de los puesteros.
Los días domingos, según nuestro comportamiento durante la semana, degustábamos un riquísimo helado de dulce de leche, artesanal, único.
Otros comercios
Recuerdo que, en nuestra vereda, al lado, hacia la derecha, más o menos donde ahora está el “Bar Monta”, don Fassi (o Fassio) tenía el depósito de vino en bordelesas y damajuanas que vendía al por mayor, lugar del que emanaba un fuerte olor.
La esquina, boulevard España, era baldío, allí vivía un hombre solo, en una casilla de chapa. Hacia la izquierda de nuestra casa, por la misma vereda, ya en el mercado, estaban las despensas de Pancracio Elía y Vicente Servino, a las que seguían las verdulerías de Gagliardi y “El Calabrés”.

Al lado del colegio de las Rosarinas, ya en la vereda opuesta, estaba la panadería de don Repossi, que vendía chocolatines “Águila” con figuritas para pegar en un álbum con el premio de un fútbol, que ganó uno de mis hermanos y que el mismo día que se lo entregaron, lo perdió…
¿Cómo? Resulta que estaban jugando en la calle y pasó un camioncito, con tan mala suerte que cayó en la caja trasera del vehículo y por más que los chicos lo siguieron, a los gritos, el chofer no paró, dobló por el boulevard y… adiós fútbol… inocultable tristeza en la barra de la calle Corrientes, de vuelta a la pelota de trapo.
Al lado de Repossi estaba la peluquería del “Napolitano” y, después de otros negocios, estaba “La Madrileña”.
Durante el almuerzo, silencio absoluto, mi papá prendía la “Víctor”, para escuchar al tenor Enrique Caruso, su ídolo.
Desgracia familiar
Desde aquella época mi música preferida es la clásica. Pero también la desgracia se hizo presente en mi familia. Por consejo del señor Repetto, mi padre inició la construcción de un galpón al final del patio para instalar una fábrica de vidrios, obra dirigida por el constructor J. Cicardini, quien apagó la cal en un pozo, que no fue tapado correctamente.
Mi hermano, “El Negrito”, cayó en esa trampa, mis padres pudieron sacarlo, estaba quemado todo su cuerpito.
Recuerdo, así a la distancia, y como en un sueño, que no lo internaron; recibimos la ayuda de toda la ciudad, del hospital, de las farmacias, sus heridas eran gravísimas, a la semana dejó de existir”.
Importante relato de una testigo del primer lugar donde se emplazó la emblemática heladería “La Madrileña”.