Dia de la Inmaculada Concepción

Dios hace nuevas todas las cosas con su amor y poder. Cristo es el hombre nuevo y por Él ha comenzado una nueva humanidad.

En esa nueva humanidad, la bienaventurada Virgen María es el fruto mejor, la obra maestra del Espíritu Santo.

En ella se encuentran todas las mejores cualidades de la naturaleza humana y de la gracia. Ya en su Concepción Inmaculada fue preservada de toda mancha de pecado, en previsión a la muerte salvadora y la resurrección de Cristo.

Ya entonces fue colmada de toda gracia y santidad. Podemos decir que la salvación de Cristo fue plenamente eficaz en María y por ella tenemos la esperanza de alcanzar también nosotros la salvación.

La luz de la Inmaculada Concepción ilumina mucho nuestra vida y apostolado. Porque a veces centramos la vida cristiana en lo que nosotros hacemos, nuestro protagonismo.

Eso no está bien, el auténtico centro de la vida cristiana es el don de Dios. María lo recibe en plenitud desde su Concepción.

Sin mérito suyo, recibió la gracia de su pureza y santidad inmaculada para ser digna Madre de Dios.

María corresponde perfectamente a ese don con su vida, particularmente al aceptar su maternidad divina anunciada por el Ángel y al aceptar su maternidad sobre los cristianos
anunciada por Jesús desde la cruz.

María corresponde al don de Dios con una vida de servicio a Cristo y, con Él, a la humanidad entera. Así la pureza inicial de su Inmaculada Concepción llega a ser sobreabundancia de gracia para todos nosotros en la cruz y en Pentecostés.

También nosotros participamos algo de la pureza de María por el don del bautismo y la confesión. Por los sacramentos se nos da la vida nueva de hijos de Dios y se nos perdonan los pecados limpiando nuestra alma.

Ese es el motivo de nuestra gloria.
Como María, también nosotros hemos de corresponder al don de Dios, principalmente con la oración y el trabajo bien hecho, expresiones privilegiadas del amor.

Por eso, para ser buenos hijos de María, hoy volvemos a proponernos una vida personal de oración, recibiendo con fe los sacramentos, la misa dominical, la confesión regular y el matrimonio cuando llega el anhelo de formar una familia.

Ojalá todos tengamos también la oportunidad de trabajar honestamente con generosidad, que es el camino del auténtico progreso personal y social.

Con esta mirada creyente, reconocemos también la inmensa cantidad de dones con que Dios ha bendecido nuestra patria y nos preguntamos qué hemos hecho con tanto regalo
de Dios y cómo hemos de corresponder a esa generosidad divina.

Sabemos las difíciles circunstancias que vive nuestro país: un profundo desorden social y económico, con pobreza, delincuencia, disolución de la familia, muerte de niños en el vientre de la madre, emergencia educativa y otros problemas que concluyen en el deseo de muchos jóvenes de marcharse del país para buscar en otros lugares una vida mejor, porque perdieron la esperanza de encontrarla aquí.

En ese contexto, nuestro pueblo ha elegido un nuevo gobierno que ofreció profundos cambios. A nosotros los cristianos nos corresponde el respeto y la colaboración leal con el bien común.

Nos dicen que vienen días duros, por lo que la caridad ha de estar especialmente atenta para ayudarnos entre todos. La honesta participación en la vida social no excluye tampoco la crítica a las propuestas que no veamos adecuadas, pero siempre en el marco de la pacífica convivencia y el respeto a las leyes.

Los católicos argentinos no podemos quedarnos en la crítica a los demás, tenemos una propuesta positiva. Debemos ser humildes porque nosotros no hemos sabido infundir en nuestra patria la grandeza y la generosidad que el Evangelio nos regala.

No podemos conformarnos con un básico orden social de no matar, no robar y no mentir, pero debemos comenzar por allí.

Queremos el progreso económico como todos, pero aspiramos a más. Nuestro corazón está hecho para un amor más grande y generoso, un amor que llega a dar la vida, un amor que dura por toda la eternidad en el cielo.

Por eso, al trabajo honesto no le puede faltar la oración y el perdón. El ejercicio más rico de la libertad se da en el amor y ese es el aporte principal que los creyentes hemos de hacer para que alcancemos la anhelada unión y reconciliación de los argentinos.

La religión tiene un gran aporte que hacer a la vida y la paz social de nuestra patria.

Seamos responsables y generosos, cuidemos la paz. Aportemos la oración, el trabajo y la fraternidad de los hijos de Dios, comenzando por nuestras propias familias.

La paz de la sociedad comienza en las familias y en el corazón del que se sabe querido y perdonado por Dios.

Terminamos con una mirada y palabra agradecida por el gran regalo de la vida de hijos de Dios, pero hoy especialmente por la pureza y belleza de nuestra Madre la Virgen.

Que ella nos alcance las gracias que necesitamos para tener paz y alegría en nuestros corazones y en nuestra patria.

Samuel Jofré
Obispo de Villa María

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