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[Miradas] Maquiavelo y Nietzsche en Davos: En el país de los ciegos…
¿Qué quiso decir nuestro presidente al abrir su discurso en Davos?, iniciando su intervención con esa frase “estoy aquí para decirles, de modo categórico, que Maquiavelo ha muerto”.
Escribe: Félix Vera
¿A quién iba dirigida esa confirmación histórica?
Empecemos por lo anecdótico. El presidente anunció que Maquiavelo ha muerto, como una afirmación sin matices, utilizando una clara evocación a Nietzsche (“Dios ha muerto”), sorprendiendo a más de un burócrata de su comitiva, obligándolos a consultar en ChatGPT y Google qué había dicho realmente Maquiavelo, pero no encontraron nada de eso.
La verdad, y hay que reconocerlo, es que en esa frase el presidente fue creativo, aunque la literalidad que gobierna el dogma que lo inspira, no admita la libre asociación.
Lo que dijo, más que una frase ingeniosa, fue una operación ideológica, anunciando el fin de la política como negociación.
Detrás de esa frase también está diciendo que el Príncipe “virtuoso” ya no seduce con palabra y la espada, sino que ahora solo será con la espada. Que el relato, esa “virtú” de construir acuerdos, es viejo, inútil, incapaz de mejorar la vida de los ciudadanos.
El efecto discursivo de esa idea es legitimar la imposición como forma superior de gobierno.
Desde esa lógica, ya no habrá que negociar ni seducir a los pueblos, porque eso sería propio de la política vieja y corrupta. Lo mejor es liberar a los ciudadanos de eso de andar decidiendo y que se limiten a obedecer al nuevo orden, porque todo lo demás se presenta como impuro, falso, engañoso.
Así, en sus palabras, quedan desplazados la participación, el consenso y la representación, y el error y se naturaliza el sometimiento como nuevo orden.

En ese escenario, Milei no se presenta como el nuevo líder, sino como un pastor. No es él a quien hay que prestarle atención, sino a otro que hablará después. Su rol es preparar el terreno, dar contexto y legitimidad a lo que vendrá.
Todos conocemos, aunque sea de oído, El Príncipe. Y también la frase “el fin justifica los medios”, que Maquiavelo nunca escribió así. Pero lo interesante no es el error, sino cómo una idea se vuelve verdad por simple repetición.
Con esa misma liviandad y método, el presidente se dirigió a la élite global para anunciar algo que contradice la realidad. Su líder espiritual, el que hablará después, Donald Trump, llegó al poder con un relato nacionalista, emocional, identitario. Es decir, exactamente con aquello que Milei anunció que ha muerto.
A lo mejor lo que quiso decir, fue otra frase: El rey ha muerto. Viva el rey.
El rey muerto sería el comunismo, el progresismo, el wokismo y cualquier proyecto de bienestar colectivo. El nuevo Príncipe, en cambio, es quien detenta la mayor fuerza militar del planeta. No hay cambio, solo apropiación de poder, o sea, lo que dice el manual de Maquiavelo.
Lo más extraño es que nadie en Occidente discute la hegemonía de Estados Unidos desde 1945. Ni en lo militar ni en lo económico. Entonces, ¿cuál es realmente el cambio?
¿O será que algo empieza a resquebrajarse?
Y con respecto a la frase que evoca a Nietzsche, conviene recordar que en Así habló Zaratustra dice que Dios ha muerto, pero no como celebración sino como diagnóstico. No es el triunfo de una sociedad, de un sistema perfecto, sino la constatación de un vacío, de un fracaso. Que las viejas certezas ya no ordenan nada, y lo que queda es un mundo sin centro, obligado a inventar sus propios valores o a naufragar en su propia libertad.

Digamos que no estamos ante un gesto original y creativo, sino ante una vieja operación de poder revestida de novedad y en cierta forma, desprolija.
Después de escuchar el discurso completo, me pregunté si se trató de otro furcio, basado en esa fe admirable en el efecto de las frases —aunque digan cualquier cosa—, o si simplemente confió en que nadie había leído El Príncipe y que la apropiación de la frase de Nietzsche sería recibida con la misma naturalidad con la que se repiten los eslóganes de campaña.
Y sí, admito que hay algo de soberbia en lo que voy a decir, pero al terminar de escucharlo, recordé el dicho: en el país de los ciegos, el tuerto es rey.
No se trata de exigirle a usted que haya leído a Nietzsche o a Maquiavelo, sino de asumir una verdad bastante más simple y verdadera. Que ciertos discursos de poder se dicen así, como si nada, como si del otro lado no hubiera lectores, ni pensamiento, ni memoria, ni cultura. Como si la ciudadanía fuera una hoja en blanco y la cultura, un lujo prescindible.
Y también pensé, que después de todo, gobernar debe ser más cómodo cuando se supone que nadie va a notar las citas mal usadas.