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[Opinión] Argentina: El retorno a las cadenas o el grito final de la dignidad obrera
La historia argentina se escribió con sudor, pero también con conquistas. Desde las jornadas de ocho horas hasta el aguinaldo y las vacaciones pagas, cada derecho fue una trinchera ganada a la prepotencia del capital. Hoy, bajo el cielo de una Argentina que duele, esas trincheras están siendo demolidas.
Escribe: Abogado Carlos Cafure
El gobierno de Javier Milei no propone una «modernización»; propone un retorno al siglo XIX, una regresión sistémica que busca convertir al trabajador en un engranaje descartable de una maquinaria de hambre.
Bajo el eslogan de la libertad, lo que se intenta instaurar es un régimen de esclavitud laboral moderna.
La flexibilización extrema no crea empleo; crea servidumbre. Al eliminar las indemnizaciones, facilitar los despidos y pulverizar los convenios colectivos, el trabajador queda desnudo frente al abuso.
Estamos ante un plan deliberado de salarios de miseria, donde tener un empleo formal ya no garantiza salir de la pobreza. Es la institucionalización del desamparo.
En pleno siglo XXI, pretenden que aceptemos como «progreso» la pérdida absoluta de nuestra dignidad y nuestra seguridad vital.
Lo más doloroso no es solo el ataque externo, sino la parálisis interna.
La CGT, esa estructura que debería ser el escudo de los humildes, hoy parece un museo de sombras.
Sus dirigentes, aburguesados en sus sillones de cuero, se han convertido en burócratas del silencio. Mientras el jubilado elige qué comida saltarse y el obrero ve cómo su sueldo se disuelve antes de llegar a casa, la cúpula sindical negocia migajas en los pasillos oficiales.
No se puede defender al trabajador desde la comodidad del pacto político. El hambre no espera, y la entrega de derechos históricos no se negocia.

Es hora de los hechos, no de los discursos. Ya no alcanzan los comunicados de prensa, ni las declaraciones de «alerta y movilización» que nunca movilizan a nadie.
Los sindicatos independientes y no condicionados, las bases que aún sienten el pulso de la calle y cada ciudadano que vive de su esfuerzo deben entender que el tiempo de las palabras se agotó.
La respuesta debe ser contundente.
Paro nacional por tiempo indeterminado hasta que se caiga esta reforma entreguista. Recuperar las calles, el único espacio donde el poder real de la clase obrera ha logrado frenar históricamente a los traidores a la Patria siempre.
Gobernadores, intendentes y legisladores deben saber que la paciencia tiene un límite. No hay «pacto» ni «ley» que sea legítima, si nace del sacrificio del pueblo para el beneficio de unos pocos.
La clase obrera no es el enemigo; es el motor del país. Y si ese motor decide detenerse, el país se detiene.
Es momento de decir basta. Basta de gobiernos que rifan la soberanía laboral y de burócratas que firman la entrega en nombre de los trabajadores.
La dignidad no se negocia.
Por nuestros viejos, por nuestros hijos y por el honor de ser argentinos: ni un paso atrás.